Por Gubidxa Guerrero Luis

Eran las últimas horas de la tarde del jueves 15 de octubre de 2026 cuando, en Santo Domingo Tehuantepec, se dio por concluida la reunión y se levantó la minuta de acuerdo. Había comenzado a las 12:30. Cuatro horas de mesa para cerrar cuatro días de plantón y años de espera.

Los cronistas, como John Reed, aprendieron que una jornada breve puede contener todo un tiempo. Cuatro días no son una revolución, pero estos cuatro mantuvieron en vilo al Istmo y a buena parte de Oaxaca, y dejaron lecciones que conviene escribir antes de que se las lleven los vientos de octubre.

Recordemos lo ocurrido. El lunes 12, comunidades mixes y zapotecas de la sierra istmeña instalaron el bloqueo en El Caracol. El martes hubo una primera mesa de diálogo, y los voceros denunciaron amenazas y emplazamientos, además de sobrevuelos de helicópteros sobre el plantón. El miércoles el gobierno difundió una respuesta por escrito y la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca llamó al diálogo; esa noche se temió un desalojo con fuerzas antimotines que no se realizó, y que la versión oficial atribuyó a un malentendido. El jueves se firmó la minuta, y esa noche hubo cohetes en los pueblos. En unos se reunieron asambleas extraordinarias el mismo jueves; en otros, el viernes, porque cada asamblea saca sus propias conclusiones de esta jornada.

Ahí está la primera lección: la fuerza de esta movilización no estuvo en el tamaño del bloqueo, sino en el modo de decidir. Portavoces acreditados por las asambleas, pueblos que consultan antes de comprometerse y una firma que más de treinta autoridades pusieron en la misma hoja. Cabe preguntarse si no es por esa fuerza que, durante décadas, la política partidista buscó erosionar esos sistemas de organización en las cabeceras de la planicie, como Tehuantepec, Juchitán o Ixtepec. Lo que los pueblos serranos demostraron es que una comunidad que se gobierna con sus propias normas tiene algo que ningún programa puede fabricar: la confianza de que quien habla lo hace por todos.

La segunda lección tiene que ver con el modo de protestar. Los manifestantes no solo cerraron un camino: buscaron la comprensión de quienes resultaron afectados, les explicaron sus razones y compartieron con ellos los alimentos y las penurias. Es una manera de movilizarse que convierte el costo de un bloqueo en un diálogo con la gente, y de la que todos, incluso quienes vivimos en la planicie, podemos aprender. Quizá por eso se rompió, aunque sea un poco, un prejuicio de mucho tiempo: el de mirar con desdén a los hermanos serranos. Demostraron una dignidad que jamás han pedido, y lo hicieron con nobleza.

Hay otra señal, menos visible pero quizá más duradera. En apenas unos días circulan ya más de diez corridos, compuestos en distintas comunidades de la sierra mixe-zapoteca. No es un detalle menor. Cuando un pueblo canta lo que acaba de vivir, está diciendo que el episodio no fue solo una movilización: se volvió memoria. Y la memoria se cuida con la misma seriedad con que se cuida el pueblo.

También hubo pronunciamientos y apoyos de organizaciones civiles, académicas y religiosas. El Instituto Superior Intercultural Ayuuk, la Diócesis de Tehuantepec, CEPIADET y el Comité Melendre, entre otros, se sumaron con comunicados o gestos de solidaridad. Esa red de respaldos amplió el eco de la demanda y mostró que lo que ocurría en El Caracol no era un asunto solo de la sierra.

¿Y los gobiernos? Se les juzga mejor por lo que hicieron que por lo que se dijo de ellos. El secretario general de Gobierno, Jesús Romero, preguntó “¿qué bloqueo?”. Dos días después, la mesa se instaló en Santo Domingo Tehuantepec, mucho más cerca de los pueblos, y se firmó una minuta con funcionarios federales, estatales y de la Comisión Federal de Electricidad. Entre una cosa y otra hubo dilación, amenazas denunciadas y un despliegue que puso en vilo a todos. Es justo reconocer que los gobiernos acabaron sentándose y firmando. Pero también lo es decir que llegaron a la mesa tarde, y que la distancia entre el discurso indigenista y la práctica se evidenció ante todos.

Queda la idea de la victoria moral. Sin duda la hubo: de unidad, de organización, de legitimidad ante la sociedad. Pero conviene entenderla bien. La victoria moral no vale más que el asfalto; es lo que hace posible exigir el asfalto. Es el capital con el que las comunidades podrán pedir cuentas el 20 y el 30 de octubre, cuando se haga el recorrido del camino; hacia el 14 de noviembre, en la primera evaluación a treinta días, y el 15 de noviembre, cuando deberían iniciar las obras de rehabilitación y/o pavimentación.

Los pueblos necesitan caminos y luz, no solo razón; y la razón, para que sirva, debe volverse obra. Por eso este recuento no es un cierre. Los pueblos ya dieron la lección de cómo se exige. Falta que los gobiernos den la de cómo se cumple.