Por Ernesto Reyes

¿Qué es lo que queda cuando una amorosa madre fallece que no sean los recuerdos? Un dolor agudo por lo inevitable; pero también sus enseñanzas de vida. Su conducta. No es fácil acostumbrase a las ausencias, como se verá en esta breve historia.

Se fue doña María Martínez Cabrera (13 de junio de 1931-9 de febrero de 2024) sin grandes apuros, porque siempre gozó de buena salud, beneficiada por haber regresado a la calurosa Cuenca del Papaloapan, de donde era originaria. Solo problemas crónicos en un pulmón debido a que, en su temprana juventud, cocinó con leña.

Huérfana de padre y madre, en su natal San Lucas Ojitlán, María fue recogida por su abuela, pero adolescente se mudó con su tía Magdalena al ejido Camelia Roja, municipio de San juan Bautista Tuxtepec. Creció hablando chinanteco, pero esto no fue impedimento para que aprendiera las primeras letras del español. La pobreza la expulsó a trabajar en diferentes lugares como el propio Tuxtepec, Córdoba, Veracruz, y la ciudad de México.

En tierras veracruzanas conoció a mi padre, Manuel Reyes Solís, pero antes que a nosotros tuvo dos hijas, Ana María y Esther, así que finalmente fuimos ocho: Minerva, Guadalupe, Paula (+), Silvina, Manolo y el que esto cuenta. Nos alojamos en el ejido Sebastopol, en los tiempos de bonanza de la fábrica de papel.

Fue una de las sobrevivientes de la gran inundación de Tuxtepec, en septiembre de 1944, hecho que le marcó porque con su abuelita pasó hambre y sed durante muchos días. Los salvó la circunstancia de albergarse en El Castillo, única zona que no cubrieron las aguas del Papaloapan. Cuando regresó a Camelia, ya las habían dado por muertas.

Luchona para sacar adelante a la familia, doña María hizo de todo: se alquiló en la casa de los ricos, lavó y planchó ropa ajena, vendió frutas, aguas frescas y atendió la casa. Habíamos llegado a Oaxaca de Juárez en 1969. Después de ver que sus hijos e hijas iban tomando su rumbo, decidió volverse al calor del trópico, en parte porque el clima de esta capital le afectaba.

Cuidando a su tía Magdalena, quien la trataba como hija, en los años 80 mi madre tuvo también participación en el reparto de tierras que la organización de Margarito Montes Parra recuperó de una familia latifundista. Esto le permitió ver cristalizados los frutos de la labor agrícola, auxiliada por su sobrino Andrés Isidoro y su generosa familia que siempre la apoyaron, cuidando no le faltara compañía. En 1988, apoyó a Rosario Ibarra de Piedra, candidata presidencial del PRT; en las siguientes a Cuauhtémoc Cárdenas, y en las tres últimas a Andrés Manuel, así que aportó a la democratización del país.

Hace cinco años, ya muy cansada, nos vimos en la necesidad de traerla hacia la capital oaxaqueña; acá pasó la pandemia sin contagiarse, pero siempre soñó con regresar a casa, al calor, a disfrutar el río Santo Domingo, su hamaca y su sillón; dar una vista a las tierras, y saludar a vecinos y familiares. Una lesión le impidió caminar y la inmovilidad trajo consecuencias, aunque hasta sus últimos momentos, pudo comunicarse con nosotros en el difícil mundo de recordar, por momentos, y olvidar de nuevo. Estaremos siempre agradecidos por el cuidado profesional del doctor Gabriel Agustín y la enfermera Xóchitl Chávez, más las jóvenes que la asistieron durante cuatro años.

Con dificultades de la memoria, María Antonia o Toñita como la conocían en Camelia, pedía música de Agustín Lara, danzones y Los Panchos para cantar. Comía muy bien, y como en sueños recordaba a la tía, a Blanquita, Irene, sus pollos, sus plantas y un caballo. Inolvidables nuestras reuniones de fin de año, con su pollo enchilado y nuestros viajes a Córdoba, Tlacotalpan y Veracruz. Y, por supuesto, su estancia en Oaxaca.

No obstante, un gran dolor se llevó a la tumba. La ausencia de Ana María, quien en 1968 decidió hacer su vida en Veracruz, producto de lo cual nació mi sobrina Olimpia. Cuando mi hermana se fue, me hizo jurar que nunca revelaría a dónde y con quién se iba. Sin embargo, finalmente mi madre se enteró, pero nunca fue posible hallarla. Hace una década, conoció a su nieta veracruzana, quien tampoco sabía de su origen y que tenía familia oaxaqueña. Pero esta es otra historia, como el cambio de los apellidos de mi madre.

En sus momentos finales, pronunciaba una palabra corta. Concluí que era el nombre de Ana, por la que esperó 56 largos años a que algún día volviera, sin ver cumplido este deseo. Desaparición que le sacó lágrimas, pero quizás le permitió cerrar su ciclo, con esta esperanza abierta, hasta los 92 años. Gracias por la vida doña María.

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