Por Isidoro Yescas

El reparto de candidaturas sigue causando bajas y altas, pero también inconformidades.

Es el caso de las recientes renuncias al PRD y PRI por parte de legisladores, exlegisladores y exdirigentes de ambos partidos políticos. En el PRD la enésima deserción en sus filas la protagonizaron la semana pasada tres diputados federales encabezados por el coordinador de la fracción parlamentaria, Luis Espinoza Cházaro, pero se anticipa que también podrían seguir esa ruta el exgobernador de Michoacán, Silvano Aureoles y el senador Miguel Angel Mancera.

Y en Oaxaca, a las renuncias del exgobernador Alejandro Murat, Eviel Pérez Magaña y Mariana Benítez ahora ya se estarían apuntando también el diputado local y excandidato del PRI a la gubernatura, Alejandro Avilés, y su banda del bronx: Freddy Gil Pineda, María Matus y Eduardo Rojas. Los primeros para sumarse al PRIMOR y, por vía del PVEM ( el aliado incómodo de Morena ) negociar una curul. De los segundos, solo se sabe que se declararán “independientes”, pero eso en el Congreso local porque, de cara a los comicios de este 2024, todavía no deciden el color y nombre del partido al que podrían migrar o, en su caso, si se quedan sin partido.

Aunque existen matices en los motivos de las renuncias, el centro de las discordias es el reparto de candidaturas federales tanto en el PRD como en el PRI, pero también en el PAN, cuyos presidentes se autoasignaron los primeros lugares en las listas plurinominales para las candidaturas al Senado y la Cámara de Diputados.

El riesgo de estos desprendimientos que se han presentado en forma intermitente del 2023 a la fecha es que en las próximas elecciones la votación del PRD y PRI disminuya sensiblemente, sobre todo en el caso del PRD que, con los fuertes descalabros que ha observado en las preferencias electorales desde que se fundó Morena, para este año podría perder su registro.

No es el caso del PRI que todavía se mantiene como tercera fuerza electoral. Sin embargo es muy visible que también ha perdido fuerza en los estados y municipios al punto que hoy solo conserva dos gubernaturas ( Durango y Coahuila).

Así, entre desbandadas y desbandados en estos dos partidos políticos, y en menor medida en el PAN, el partido que crece y se fortalece es Morena, cuya dirigencias, nacional y estatales,se han esmerado en cooptar y/o “cachar” a los liderazgos más visibles de estas disidencias, aún contra la inconformidad de la militancia morenista y obradorista. Una estrategia que para las elecciones de este año se podría traducir en mas votos para Morena en la ruta de constituirse en mayoría calificada en las cámaras de diputados y senadores, sin advertir (o ya con el riesgo calculado)

sobre su desdibujamiento ideológico y la incubación de una corriente de centro-derecha en la estructura morenista con todos los riesgos que esto significa para su permanencia como partido de centro izquierda.

En estricto sentido, ya desde el momento que Morena adoptó como aliado al PVEM quedó claro que lo importante era ganar a toda costa elecciones federales y locales evidenciando asi un pragmatismo ya ensayado en los tiempos gloriosos del PRD, partido de donde se nutrió en buena medida lo que hoy es el eje articulador del nuevo partido dominante.

Convertido en partido satélite de Morena, como ayer lo fue del PRI, el PVEM es una franquicia muy cara que lo mismo está sirviendo para darle cobertura electoral a tránsfugas del PRI, PAN y PRD, que para ubicar o reubicar a algunos(as) aspirantes morenistas que no tendrán cabida en las listas de Morena, como ya ocurre en Oaxaca y como ocurrirá en otras entidades del país.

Sin embargo, no será lo mismo ponerse la camiseta verde en Chiapas o San Luis Potosí, en donde el PVEM es altamente competitivo, que en Oaxaca en donde es meramente testimonial:en las elecciones del 2021 se ubicó en quinto lugar con 67 mil votos de un total de nueve partidos que participaron en la elecciones de gobernador, diputados locales y presidentes municipales.

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