Por Pablo Espinosa

Amy Marcy Cheney (Henniker, New Hampshire, 1867-Nueva York, 1944) nació con una serie de dones que la convirtieron en una de las grandes compositoras de la historia, aunque la historia, dominada por el sistema patriarcal, no se quiera dar por enterada. Autodidacta, visionaria, de memoria increíble, inteligencia coronada por la ironía, practicó en especial una de sus muchas virtudes directamente en su trabajo al escribir música: la sinestesia.

Escuchaba colores. Cuando sonaba un Do mayor, ella veía un color blanco; si Mi mayor, amarillo; Sol mayor, rojo; La mayor, verde; La bemol, azul; Re bemol, violeta; Mi bemol, rosa; Sol sostenido menor, negro; Fa sostenido menor, negro.

¿Por qué negro?

En su fabuloso ensayo titulado Amy Beach, la sinestésica: Naturaleza, color e identidad compositiva, la doctora Sabrina Clarke explica: al ser la música una vía de comunicar emociones, la compositora asoció desde su más tierna infancia las tonalidades menores como signo de oprobio, negación, violencia, desamor. Encontró en las tonalidades menores un halo negativo.

Ya dijimos que Amy Marcy Cheney nació en pañales de talento natural. Aún no cumplía un año de edad cuando entonaba, en su vocabulario bebé, todo lo que escuchaba: su madre era pianista y tocaba el piano todo el tiempo en la casa familiar, en una granja; su abuela cantaba en el coro de la iglesia. No había día sin música en casa.

Amy Marcy pidió a mamá que le enseñara a tocar el piano. Recibió la primera negativa rotunda de su vida. Su madre abrigaba el temor de que la niña tuviera rechazos dolorosos más adelante debido a su talento. No quería tener una niña prodigio como hija. Amy Marcy siempre encontró la solución: cantaba y bailaba sola, acompañada de un teclado invisible, que hacía sonar con sus pequeños dedos color de rosa.

Tenía cuatro años de edad Amy Marcy cuando por fin logró convencer a una tía que le enseñara a tocar el piano de a de veras. La primera vez que se sentó frente al teclado de marfil, hizo sonar un vals de Strauss que memorizó cuando su madre lo tocaba por las tardes, mientras el sol comenzaba a declinar. Su madre seguía con sus miedos respecto del futuro de su hija. Se inventó una manera de castigo: le prohibía subirse al banquillo del piano, algunas veces y, las peores, le tocaba piezas en tonos menores, lo cual hacía llorar de tristeza a la bebita. He ahí el porqué el color negro que escuchó toda su vida la compositora cuando sonaban tonalidades menores (Do menor, re menor…)

Es todo un tema eso de las tonalidades menores, en musicología.

La creadora estadunidense Amy Beach forma parte de ese grupo selecto de compositores sinestésicos, cuyo ejemplo mayor es el húngaro Gyorgy Ligeti, quien basó en sus capacidades sinestésicas su mayor forma de inspiración. Desarrolló en sus obras un sistema de percepción donde imágenes y sonidos son interdependientes.

Incorporó una tendencia instintiva de investir ideas con densidad corpórea.

Y todo eso implica una nueva manera de sensualidad.

Decía Ligeti: Color, forma y sustancia casi siempre me evocan sonidos, justo como en el caso inverso: toda sensación acústica me evoca formas, colores. Incluso conceptos abstractos como cantidad, relación, cohesión, me aparecen en formas sensuales y tienen un lugar en un espacio imaginario.

Exactamente como en el caso que hoy nos ocupa, el de la compositora Amy Beach.

Ha habido en la historia grandes compositores sinestésicos. Scriabin, por ejemplo, asociaba el mi bemol con el color púrpura, mientras Rimsky-Kórsakov lo hacía con el azul.

Entre los grandes compositores con capacidades sinestésicas están Franz Liszt, Jean Sibelius y Olivier Messiaen, muy identificado con las tonalidades naranja, lila, rojo y amarillo.

En el caso de Amy Beach, su capacidad sinestésica se sumerge en el amor que profesó toda su vida por la naturaleza, su gran fuente de inspiración. La imaginería que despierta la naturaleza, ya sea, nos advierte la doctora Sabrina Clarke, a través de evocaciones en los títulos de sus obras, la naturaleza poética de sus partituras, la transcripción del canto de aves (igual como hacía Olivier Messiaen todos los amaneceres) son parte esencial de toda su obra.

Amaba escribir música sentada en una silla, en el campo, o en su jardín, rodeada de aves, aromas, mariposas, nubes…

Partituras de Amy Beach particularmente sinestésicas son las que toman por tema el paisaje, las aves, las estaciones, el cielo.

Lo visual, lo auditivo, la consideración notoria del escucha, la narración musical, las armonías y los elementos melódicos convergen e interactúan como una carga simbólica de estímulos, nos hace notar la doctora Clarke.

La sonata para piano a cuatro manos titulada Summer Dreams es un ejemplo claro de partitura sinestésica. Contiene escenas e ideas específicamente sinestésicas. Podemos escuchar el canto de las aves y ver sus plumajes coloridos. Amy Beach transcribe cantos de esas aves en ritmos de vals y otros recursos narrativos y muestra, en palabras de la compositora, cómo en perfecto ritmo de vals, las aves cantan con acentos pronunciados y una bellísima voz. Lo que ella llamaba las campanas del corazón.

Ella escribía, incluso, poemas que forman parte de sus composiciones, que completan la narrativa musical. Por ejemplo, los siguientes versos de ella:

The birds have hushed themselves
to rest
And night comes fast, to drop her pall
Till morning brings life to all

La producción artística de Amy Beach es impresionante. Más de 300 partituras que incluyen una sinfonía portentosa, un extraordinario concierto para piano y orquesta, mucha música para piano, canciones, obras corales…

A la calidad elevada de la música de Amy Beach se añade el contexto en el que fue escrita: contra viento y marea, cuando la sociedad rechazaba toda actividad de las mujeres en la música.

El título de la mejor de las biografías existentes, es revelador:Amy Beach, Passionate Victorian,escrita por la compositora y musicóloga Adrienne Fried Block.

El tiempo de producción de Amy Beach es su periodo vital: 1867-1944, plagado de represión, hostigamiento, acotaciones e impedimentos para el desarrollo artístico de las mujeres.

Amy venció uno a uno todos esos obstáculos. Desde bebé desarrolló habilidades artísticas notables, de manera que cuando por fin le concedieron estudiar piano, al cumplir cuatro años, ya tenía todo un camino recorrido y comenzó a escribir música a esa edad. En cuanto los productores de concierto notaron la brillantez como pianista de la pequeña, la mamá puso un alto de inmediato a su carrera pública.

Su mejor arma de resistencia fue hacerse autodidacta, pues las escuelas de música y los conservatorios eran territorio hostil para mujeres.

A regañadientes, su familia le permitía ofrecer alguno que otro concierto en público, hasta que se casó con un médico 24 años mayor que ella, quien le prohibió cobrar por ofrecer conciertos; de hecho, le impidió presentarse en público. Ella negoció así: está bien, pocos conciertos, pero me dedicaré, luego de cumplir con mis labores domésticas, a escribir música.

Igual que le sucedió a Clara Wiek, la esposa de Robert Schumann, cuando el marido falleció, ambas en su respectivo momento, Clara y Amy, recuperaron sus carreras como las más brillantes concertistas del momento.

Amy Beach es autora de música muy hermosa, variada, siempre apasionante. Por ejemplo su obra titulada By the Still Waters es de una belleza arrobadora.

Cada vez que escucho el Concierto para piano y orquesta de Amy Beach me pregunto: ¿pero cómo es que habiendo esta obra tan portentosa, pianistas y programadores ponen siempre los mismos conciertos en las salas públicas? Y lo mismo me sucede cuando escucho nuevamente su Sinfonía Gaélica: una maravilla monumental.

Por fortuna, las cosas están cambiando y como sucede con Florence Price y Rebecca Clarke, compositoras de quienes destacamos sus maravillosas obras en las dos entregas anteriores del Disquero, cada día son más los grupos musicales, solistas y orquestas que presentan en público y en disco la música de Amy Beach, un tesoro cultural de la humanidad.

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