Por Pablo Espinosa

La cámara capta su rostro en gran acercamiento: él pone ambas manos a la altura de sus ojos, frota la yema de sus pulgares contra las de los otros dedos, como hacen los magos cuando activan prodigios. Suena un redoble apenas perceptible. Ha comenzado la magia. Es Klaus Mäkelä captado por la cámara de Bruno Monsaingeon en el filme Towards the Flame, que puede verse en distintas plataformas digitales, entre ellas Medici.tv.

Klaus Mäkelä es considerado el director de orquesta más importante en la actualidad. El Disquero lo dio a conocer hace dos años, cuando se publicó la serie completa con las sinfonías de Sibelius, paisano de quien el año pasado reseñamos su versión espectacular de La consagración de la primavera y El pájaro de fuego, de Stravinski.

Este joven prodigio fue nombrado a los 22 años director de la Oslo Philharmonic y a los 25 de la Orchestre de París. Ya ha sido anunciado como próximo director de la Royal Concertgebouw Orchestra y de la Sinfónica de Chicago, orquestas superiores que han sido dirigidas por grandes leyendas, como Bernard Haitink y Georg Solti.

Bruno Monsaingeon (París, 1943), escritor, cineasta, violinista, cobró celebridad por tres filmes donde narró vida y hazañas de Glenn Gould (1932-1982) y otro dedicado a Yehudi Menuhim (1916-1999), además de escribir libros sobre otras personalidades de la historia de la música, entre ellas Nadia Boulanger (1887-1979).

La versión del filme Towards the Flame se inicia con una intervención de Bruno Monsaingeon, quien explica frente a la cámara que para realizar algún filme necesita estar convencido, por ejemplo, de que Glenn Gould es un pianista incomparable en la historia y de que Yehudi Menuhim es el mejor violinista, así como a Klaus Mäkelä, explica Monsaingeon, lo considero el más grande director de orquesta del siglo XXI y por eso quise hacer esta película, como una descripción leal de quién es él.

Al comienzo del filme, vemos a Mäkelä prepararse para dirigir un concierto. Frente al espejo, en su camerino, se coloca su atuendo, revisa la partitura por última vez, memoriza, dibuja unos compases en el aire, saca del estuche de cuero su batuta, cierra la página, cierra la puerta, entra en escena, frente al público. Es cuando pone las manos a la altura de sus ojos cerrados y comienza a dirigir el Bolero de Ravel.

Sin abrir los ojos, levanta ligeramente el entrecejo y da entrada así al primero de los instrumentos que se repartirán partes solistas a lo largo de la obra. Su cabeza se mueve imperceptiblemente, en un balanceo idéntico a como se mueve el sonido, y va creciendo en intensidad.

Mäkelä sonríe. La cámara se aleja un poco y lo vemos suspendido en el aire, como flotando, los brazos sueltos hacia adelante, la mano izquierda abierta como si sostuviera la rienda de un corcel mientras las venas acusan latidos cordiales.

Ojos cerrados, con un ligero movimiento de párpados da entrada al siguiente instrumento solista y ahora el balanceo de su cuerpo asemeja un árbol movido suavemente por el viento. La música crece en intensidad.

El espectáculo es insólito. Muy pocos directores en el mundo tienen esta capacidad de cerrar los ojos, quedar inmóviles y con milímetros de músculos del rostro hacer sonar la orquesta.

Hemos reseñado en este espacio cuando ha hecho ese prodigio de cerrar los ojos, quedarse quieta, sonreír y hacer sonar a Mozart, la directora lituana Mirga Grazinyte-Tyla, titular de la Sinfónica de Birmingham. También lo han hecho Simon Rattle, Sergiu Celibidache, Seiji Ozawa y Zubin Mehta, a quien vimos una vez en Bellas Artes de plano bajar los brazos, bajar del podio, caminar por el proscenio y recargarse sonriente en el mármol del Palacio de Bellas Artes, donde dejó tocando sola a la Filarmónica de Israel.

El principio es muy sencillo, explica Klaus Mäkelä ante la cámara: Mi maestro, Jorma Panula, me enseñó que debemos partir del principio de que una orquesta sabe tocar sola, de manera que no necesitamos dirigir todas y cada una de las notas, y a partir de ese principio de respeto, podemos lograr hacer música más bella.

De manera que Klaus danza en el podio y sus movimientos tienen una correspondencia en el sonido de la orquesta. Sin abrir los ojos, reparte indicaciones y sonrisas. El resultado es una fiesta donde los músicos son protagonistas y mensajeros del conocimiento y la pasión que el compositor imprimió en su partitura.

En este caso, el Bolero de Ravel, tenemos una sesión donde el placer impera pues se trata de una obra cuya esencia es el erotismo, la delicadeza. Vemos a una violinista, por ejemplo, ejecutar en éxtasis y esa energía se manifiesta en el sonido de toda la orquesta, mientras Klaus Mäkelä desde el podio sonríe.

Lo vemos enseguida dirigir la Sinfonía Júpiter de Mozart y entonces todos los músicos sonríen. Porque basta con decir Mozart para que uno irremediablemente sonría.

Mozart is my musical lovedice Klaus ante la cámara y narra la historia de su vida: Mis padres son músicos; recuerdo el día en que mi padre llevó a casa un violonchelo para mí, pero nadie me presionaba para ser músico. Hay otras cosas, me decían siempre, y es así que lo vemos en el filme en escenas subsecuentes, en traje de hockey, practicando ese deporte, y luego como integrante de un grupo de rock, con otros niños.

Formó parte del coro infantil de la Ópera de Helsinki y veía al director de orquesta en el foso dirigir y exclamaba: ¡WOW!

“Me gusta interpretar música, pero lo que más me gusta es la música. Por eso cuando veía dirigir a alguien pensaba: ‘esa es la mejor manera de tocar toda la música’.”

Tenía siete años cuando pidió a sus padres partituras de director de orquesta y lo vemos en una foto dirigiendo una agrupación imaginaria, la voluminosa partitura en un atril mientras a su izquierda la orquesta suena en una grabadora casera, de ésas con radio AM y FM.

Hasta que sus papás lo llevaron a la Academia Sibelius, donde se hizo alumno de Jorma Panula, quien ha formado a varias generaciones de directores de orquesta finlandesas, muchos de ellos muy famosos, como Esa-Pekka Salonen, Jukka-Pekka Saraste, Sakari Oramo, Dalia Stasevska y Susana Mälkki.

Vemos en el filme a Klaus y a su maestro: ambos leen una partitura; Klaus marca el ritmo y las entradas con la cabeza, como si estuviera escuchando heavy metal. La cabeza es para pensar, no para dirigir, bromea Panula. Dice Klaus frente a la cámara: El mantra de mi maestro es: menos, menos, menos, en referencia al estilo de dirigir que imparte Panula: la manera más sencilla de dirigir es no abarcar todas las notas, sólo las esenciales.

Es de esa manera como Klaus Mäkelä grabó la Sinfonía 39 de Mozart a los 13 años; las Sinfonías 1 y 7 de Beethoven, a los 14, y la Primera Sinfonía de Sibelius, a los 15.

Recomiendo la escucha de las sinfonías de Sibelius con Mäkelä y también sus versiones electrizantes de La consagración de la primavera El pájaro de fuegode Stravinski.

El filme de Monsaingeon posee un ritmo hipnótico; pasamos de un ensayo a un concierto en vivo de manera mágica. El relato fílmico es magistral. Vemos a Mäkelä hacer de la música de Stravinski un ritual sagrado, un encantamiento.

Tenemos en Klaus Mäkelä, ciertamente, al futuro de la dirección de orquesta. Un futuro que es presente y un acontecimiento cada vez que este joven finlandés se para sobre un podio, o cada vez que comienza a sonar alguno de sus maravillosos discos.

Su manera de dirigir recuerda el espíritu de los haikú: contienen el mundo en unas cuantas palabras, las suficientes. Como en el poema de Konishi Raizan:

Mil pequeños peces blancos
Como si hirviera
El color del agua

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