Por Pablo Espinosa

La historia de la cultura de Occidente se mueve en oleadas. Hay veces que la marea deja, en playas desiertas, caracolas bonitas, y ocasiones las hay de sargazo y restos del olvido, por ejemplo, pedazos de embarcaciones impregnadas de tiempo muerto, es decir, de historias mudas que están por descubrirse. Sal y sol. Océano.

Hay también botellas con manuscritos resguardados por el tapón de corcho y las aves marinas que guiaron su destino.

Así de cambiante, pero no azaroso, porque las condiciones propician mareas como cosechas y es cuando tenemos ocasiones de júbilo, como el que hoy nos ocupa: luego de años de olvido y ninguneo, sucede frente a nuestros ojos y en nuestros oídos el reconocimiento a una compositora que la cultura e ideologías dominantes ningunearon: Florence Beatrice Price (1887-1953).

Orquestas sinfónicas muy importantes, grupos de cámara distinguidos, pianistas sobresalientes, cantantes fulgurantes, en distintas partes del mundo, parecen haberse puesto de acuerdo en grabar, cada quien en su momento y lugar, las obras de esta gran compositora. La discografía disponible es impresionante.

Como acostumbraba mi querido amigo Ludwik Margules en sus montajes escénicos, por ejemplo De la vida de las marionetas: Pongo por delante las escenas cruentas, climáticas, cruciales, para que el espectador y yo nos quedemos a solas durante todo el transcurso de la obra, a pensar.

Siguiendo el ejemplo de Ludwik, pongo por delante los elementos que explican el ninguneo del que fue objeto nuestra compositora: era negra, era mujer.

Escribió más de 300 partituras, entre ellas cuatro sinfonías, cuatro conciertos para piano, obras para coro, mucha música de cámara, cultivó ese género exquisito conocido como Art Song y música para instrumentos solistas, entre ellos el órgano.

El reconocimiento generalizado que impera hoy día es apabullante. Por supuesto que hay voces indignadas, una minoría: hay entre los críticos de música estadunidenses voces discordantes; como que no le perdonan que, siendo mujer y negra, destaque, y mucho menos les agrada que haya escrito cuatro sinfonías cuatro, como lo hizo Brahms, que era todo lo contrario a ella: piel blanca, varón.

De hecho, en la historia de la música predomina lo que el aparato del patriarcado ha hecho como que, ni modo, tiene que aceptar: que haya mujeres compositoras, pero de géneros menores, es decir, que escriban música para piano, música de cámara, pero ¡sinfonías!, ¡el género mayor!, ¡superior a la complejidad de la ópera!, les parece inadmisible.

En el Disquero hemos documentado ejemplos notables de las grandes compositoras. En el caso de Clara Wieck, que el mundo identifica como Clara Schumann porque se casó con el compositor Robert Schumann, nos quedamos con su nombre de soltera como una forma de resistencia y reconocimiento a su valor artístico. Ella misma era consciente de la dificultad de superar el entramado machista del mundo de la música y hacía ejercicios de humildad y pundonor. El mundo perdió con eso una oportunidad de oro.

También hemos mencionado los ejemplos de Fanny Mendelssohn, la esposa del compositor Felix Mendelssohn y de Nannerl Mozart, hermana de Volfi, y hemos celebrado muchas veces la victoria de una de sus antecesoras: Hildegard von Bingen, gloria del siglo XII y de todas las eras.

El caso de la compositora Florence Beatrice Smith, quien luego adoptó el nombre del primero de sus maridos, Price, es ejemplar. Podemos adelantar la trama así: fue víctima de segregación y discriminación racial, que burlaba con ingenio y mucho humor; por ejemplo, para ser aceptada en el Conservatorio de Boston, dijo que era mexicana y su domicilio lo ubicó en Pueblo México; formó parte del gran movimiento de liberación negro, como integrante del grupo de intelectuales, escritores y artistas denominado Chicago Black Renaissance, al lado de los escritores Richard Wright, Margaret Walker, Gwendolyn Brooks, Arna Bontemps y Lorraine Hansberry, entre otros.

También militó en ese movimiento junto a los músicos Thomas A. Dorsey, Louis Armstrong, Earl Hines, Mahalia Jackson. Su cómplice, su compañera de ruta, su camarada revolucionaria fue la también compositora negra Margaret Bonds, quien la conectó con Langston Hughes, poeta de dimensiones colosales y líder del Harlem Black Renaissance, y fue así como unieron fuerzas esos dos grandes bloques de lucha social y artística.

Otra compañera de ruta de nuestra compositora, Florence Price, fue la extraordinaria contralto Marian Anderson. Ambas, Florence y Marian, pasaron a la historia como “las primeras negras” en componer sinfonías, Florence, y en presentarse en la Metropolitan Opera House, Marian.

Combatieron así juntas: Florence profesó desde su infancia fervor hacia los spirituals negros. Marian fue la cantante de spirituals por antonomasia, de manera que Florence compuso e hizo arreglos para Marian y así triunfaron juntas.

Precisamente, los spirituals y la música tradicional negra es la sustancia de toda la música de Florence Price. Su estilo es elegante, sobrio, pleno de asombros. Escuchar sus sinfonías y el resto de su producción, es una sucesión de descubrimientos, y observamos con claridad cómo influyó en muchos autores de maneras insospechadas.

Un ejemplo: las danzas juba, antecedente del cake walk que retomó Debussy y también es matriz de movimientos musicales relevantes como el ragtime, están presentes en sus sinfonías y en buena parte de su música para piano.

El acontecimiento discográfico más relevante hasta el momento y que ha despertado curiosidad entre el público, es la grabación de sus sinfonías 1 y 3 a cargo del notable y joven compositor Yannick Nézet-Séguin, con la orquesta de la que es titular, la Philadelphia Orchestra. La cereza en el pastel: la disquera Deutsche Grammophon, considerada como la más importante en el ámbito clásico, es la responsable de este éxito discográfico.

Y así proliferan las grabaciones por el mundo, por ejemplo el Carr-Petrova Duo, integrado por Molly Carr en la viola y Ana Petrova al piano, lanzan la fascinante pieza de Florence Price titulada Elfetanz, como adelanto de su próximo disco, que saldrá el 3 de marzo, titulado Hers, que reúne composiciones de ocho compositoras en un recorrido desde el siglo XII, con Hildegard von Bingen, hasta la fecha, con Beyoncé. Las otras compositoras celebradas por este par de notables instrumentistas caracterizadas por la lucha social (dedican buena parte de su tiempo a la atención de refugiados), son Rebecca Clark, Amy Beach, Clara Schumann, Vivian Fung y Andrea Casarrubias.

Entre los discos deliciosos de Florence Price, destaquemos otro de ellos: Wander-Thirst: The Coral Music of Florence Price, a cargo del University of Arkansas Schola Cantorum y que reúne cantos a la vida, a la naturaleza, tomando como eje el poema de Gerald Gould (1885-1936) que habla de la urgencia de viajar y de explorar cada rincón del orbe (beyond the sea in the East, there is sunrise and beyond the West there is the sea).

También figura el álbum Florence Price: Virtuoso and poet, con el organista Alan Morrison; el imprescindible Nearly Lost: Art Songs by Florence Price, con la soprano jamaiquina Christine Jobson, fundadora de Black Girls Sing Opera; también recomiendo el álbum Mississippi River, The Oak, Symphony No. 3, con la Women’s Philharmonic, y el disco Uncovered, Vol. 2, con el Catalyst Quartet, que reúne precisamente los cuartetos de Price, las Negro Folksongs in Counterpoint, y el fabuloso álbum Florence Price / Piano Music, con la pianista Kirsten Johnson.

Todo un mundo por recorrer, todo un universo sonoro por descubrir, toda una manera de mirar el mundo por mirar.

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