Por Pablo Espinosa

Campos de colores, campos de sonidos: los óleos de Mark Rothko (1903-1970) despiertan en quien los observa emociones muy profundas, mediante un mecanismo muy semejante al de la música.

El objetivo vital de este maestro letón fue sencillo pero contundente: dotar al mundo de belleza. Creó el concepto color fieldcampo de color, consistente en una técnica que involucra capas delgadas de pintura para crear un efecto de manchas sobre el lienzo, mientras el espectador puede percibir un color a través de otro, muchos colores entreverados con otros. Se forman así zonas de alta intensidad, compleja sencillez.

No. 1 (Untitled) 1948; No. 21, Multiform, 1949, Mark Rothko, Nueva York, MoMA.

Mark Rothko se fijó un objetivo muy claro: crear emociones muy intensas y profundas, al igual que hace un músico. Sus notas musicales: blanco, rojo, amarillo, son sus ejes, y de ahí asciende a los tonos naranja, oscuros, inquietantes granas, azules y verdes.

Cuando el compositor Harold Budd (1936-2020) miró un cuadro de Mark Rothko, su vida dio un vuelco.

Desde entonces, Harold Budd creó su propio campo de colores con sonidos y siguió el mismo camino de Mark Rothko: crear belleza. El campo de sonidos y colores se extendió cuando Harold Budd escuchó una composición de John Cage (1912-1992): el hombre que amaba las plantas.

El universo se expandió cuando Harold Budd conoció el prodigio de la música de otro gigante, compañero de ruta de John Cage, el maestro inconmensurable Morton Feldman (1926-1987), creador de sonidos aislados cuya duración parece eterna pero en realidad se trata de campos de sonidos, campos de color, exactamente proporcionales a los que inventó Mark Rothko.

Tenemos ya el contexto para el homenaje que rendimos hoy a Harold Budd, uno de los grandes genios de la historia, olvidado como suele suceder con los maestros hacedores de revoluciones culturales.

Harold Budd murió en la indiferencia de los medios obstinados en la espectacularidad y rendimiento monetario de la industria de la música y entre las tinieblas del primer golpe de pandemia: fue una de las primeras víctimas del covid, el 8 de diciembre de 2020.

Celebramos hoy su obra, inmensa, fascinante, plena de gozo y alegría y además, algunas de sus obras maestras cumplen efemérides redondas, como el álbum The Pearl, concebido hace 60 años.

La siguiente aseveración de Morton Feldman confirma nuestro aserto: estamos frente a un grupo de autores con objetivos comunes y cuyo campo de acción se extiende con poetas, dramaturgos, coreógrafos y otros pintores definitivos, como Jackson Pollock, fundamental en la obra de Morton Feldman, quien de la siguiente manera documenta su filiación con la obra de Mark Rothko, música y pintura:

Me interesa la dimensión global de Rothko, que anula el concepto de las relaciones entre proporciones. No es la forma lo que permite a la pintura de emerger; el descubrimiento de Rothko ha sido el de definir una dimensión global que sostiene los elementos en equilibrio… Soy el único que compone de esta manera, como Rothko: en el fondo se trata solamente de mantener esta tensión, o este estado, a la vez helado y en vibración.

A la vez helado y en vibración. He ahí la música de Harold Budd. He ahí su magia: la naturaleza vibrátil de la música de Budd crea un estado de tensión necesario y suficiente para que su carácter helado cobre tibieza, tersura, confort. Observar un cuadro de Rothko es una experiencia semejante a la de escuchar un disco de Harold Budd.

Entre la majestuosa discografía de Harold Budd, destaquemos algunos ejemplos en botón:

En orden cronológico descendente, primero el maravilloso álbum titulado Another Flower, publicado el 4 de diciembre de 2020, cuatro días antes del fallecimiento de su autor, Harold Budd, quien había grabado este disco en 2013, en el estudio de Robin Guthrie, el fundador del grupo de culto Cocteau Twins. Ambos firman nueve composiciones donde la guitarra inconfundible de Robin Guthrie hace alianza con el piano de Harold Budd. Es un disco paradisíaco.

Es momento de decir que los términos ambientminimal, el insultante new age y otros intentos por definirlo, fueron rebatidos por el propio Harold Budd, quien negó toda su vida ser un compositor ambient, mucho menos minimalista. Él se limitó, y en eso consiste su grandeza, en crear una música que hiciera felices a todos.

También es momento de decir que Harold Budd hizo dream teams a lo largo de toda su carrera. En primer lugar con Brian Eno, a quien por cierto se le atribuye la invención del término ambient, pero ni tantito.

Las colaboraciones con Brian Eno fructificaron en álbumes de ensueño, al igual que grabó discos prodigiosos con los Cocteau Twins.

Es momento también de decir que la música de Harold Budd es mística, inteligentérrima, muy variada y monumental. Es apolínea y dionisíaca. Y se expresa con distintos instrumentos, de los cuales el piano brinda intimidad semejante a la de las máquinas que utiliza en la mayoría de sus discos: sintetizadores (Casio, Yamaha, Roland), reverberadores, procesadores, y en combinación con instrumentos acústicos.

Así como Mark Rothko creó el concepto color fieldHarold Budd inventó el término soft pedal para describir su recurso mayor: notas lentas, sostenidas, con las cuales crea atmósferas ingrávidas, ensueños, paraísos.

Desde sus piezas iniciales e iniciáticas, como los Madrigals Of The Rose Angel, con voces femeninas, arpas y percusiones, Harold Budd construyó un imperio de los sentidos donde los efluvios no cesan, los vapores se condensan, los fluidos yacen calmos y nos invade una sensación de bienestar inenarrable.

Hay discos invaluables, como The Serpent (In Quick Silver), de 1981, cuya reseña corre a cargo del autor: Me siento muy orgulloso de este álbum. Es una de las cosas más inteligentes que he realizado. El resultado me sorprendió porque yo me limité a llevar a cabo un pensamiento. Con este disco encontré mi lenguaje.

También se reconoce en el álbum Abandoned Cities, de 1984, con su dejo de melancolía, y en el bellísimo White Arcades, que le llevó seis meses terminar entre sesiones en el estudio de Brian Eno y en el de los Cocteau Twins, pero en realidad se trata de un álbum solista.

Hay belleza infinita en su disco By Dawn’s Early Light, de 1991. Así se expresa su autor: “¿Poesía? Sí. Es mi primer trabajo de poesía. La recito en el álbum. No había tenido el valor de escribir poesía ni mucho menos darla a conocer. Antes de grabar este disco, apenas había comenzado a escribir poesía, pero lo hice sin pensar en publicarla siquiera. La puse en música simplemente como producto de una corazonada, una forma de intuición. Lo hice en el formato spoken word y luego me pregunté: ¿por qué los platico y no los canto, en el disco? Simplemente porque fue otra corazonada”.

El poeta Harold Budd agrupó sus textos en varios poemarios, el más celebrado de los cuales fue el conjunto de 59 poemas reunido en el libro Aurora Teardrops, de 2016, pintado a mano por su amiga Jane Maru y encuadernados todos los ejemplares también a mano.

A partir de esa experiencia, escribió Jane 1-11 Jane 12-21, dos álbumes de música de belleza extrema dedicados a Jane Maru y que ella fundió en filmes cortos abstractos de su autoría.

Hay otros muchos discos hermosos de Harold Budd. Me encanta el titulado Music for Three Pianos, de 1992, que grabó con dos de sus amigos entrañables: Daniel Lentz y Rubin García. Es sencillamente fabuloso.

Escuchar la música de Harold Budd es una forma de meditación, una manera de viajar sin movernos de nuestro sitio, un estar en nosotros mismos y estar en paz, en calma, en un estado de fresca serenidad.

Hay en su música aromas, visiones, pensamientos, ensoñaciones. Es una música donde el tiempo se detiene, el viento se convierte en sonidos de campanas a lo lejos, vaho que sale de nuestra boca y platica con la ventana, caminamos entre neblina y brizna dorada, sobre yerbas olorosas, bajo cielos protectores, en los confines de nosotros mismos.

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