Por Pablo Espinosa

Cuando Joanna Connor hace sonar su guitarra Gibson Les Paul, los elefantes en África barritan, los osos polares se desperezan, la hienas sonríen, los leopardos rugen. El mundo se estremece.

Hay algo de misterio y magia en el crepitar de las cuerdas de ese instrumento que despiertan las fuerzas más potentes, una aurora boreal hace su danza y todos los géiseres se alegran.

El poderío del sonido de Joanna Connor es descomunal. Descargas megatónicas, estruendos telúricos. La suma de las potencias.

Notas a profusión y a toda velocidad, elocuencia, inspiración, vocabulario muy amplio, imaginación. Joanna Connor en escena y en disco es un acto poético de lo más salvaje, atronador.

Tenemos en ella a una de las máximas exponentes de la cultura blues contemporánea.

Joanna Connor es una mujer sencilla, madre de dos hijos, apasionada del blues. Su autoridad artística es monumental, como su persona. Sus gestos, movimientos, su manera de pulsar la guitarra: un éxtasis sonriente.

Y nos transporta. Escucharla es entrar en éxtasis con ella.

Nació en Brooklyn el 31 de agosto de 1962 y reside en Chicago, la ciudad del blues, desde 1984. Tres años después de su llegada a esa urbe, fundó su banda propia. Con leves variantes, sus músicos la han acompañado en su larga travesía.

Grabó su primer disco en 1989 y ya desde entonces es evidente su enorme cultura blusística, su carisma, la hondura de sus discursos instrumentales y canoros. Su maestría.

Se nutrió de la amplísima colección de discos de blues de su madre y desde niña asistió a conciertos de personajes legendarios: Taj Mahal, Ry Cooder, Buddy Guy.

A los siete años pulsó su primera guitarra personal. Porque una guitarra para alguien que ama la música es lo más personal en la vida. Lo más íntimo y sagrado.

Tenía 16 años cuando comenzó a cantar en tocadas callejeras y en pequeños clubes.

Sabía que su destino estaba en la ciudad de Chicago, la Meca del blues, y al cumplir 22 años se trepó a un autobús Greyhound y vivió su primera aventura blues: el mero viaje, iniciático por necesidad.

En Chicago se peleaban por tenerla en sus filas. Empezó con el grupo de Johnny Littlejohn, pero enseguida Dion Payton la jaló a su banda, la fabulosa 43 Street Blues Band. El contexto: Johnny Littlejohn fue la máxima autoridad en la guitarra slide (técnica que recurre al uso de un tubo metálico en uno de los dedos que se desliza –slide– en el diapasón de la guitarra para producir efectos espectaculares) y Dion Payton fue el dios de los clubes de blues de Chicago. Joanne Connor le debe la atención de ser conducida por los laberintos del Hades, las sinuosidades de ascenso al Monte de Venus, la verdadera escalera al cielo, al nombrarla su guitarrista rítmica o de acompañamiento rítmico. Es decir, nuestra heroína se formó en la mejor escuela de blues: la calle y los pequeños clubes. Los maestros y sus enseñanzas en la vida cotidiana.

Una influencia definitiva para Joanne Connor fue otro semidios: Luther Allison, a su vez alumno de Howlin’ Wolf y Freddie King, autores tan poderosos que la Tetralogía de Wagner palidece frente a las gestas musicales que esa tríada produjo.

Catorce discos ilustran la genealogía completa de Joanna Connor; algunos de ellos capturan los momentos mágicos e irrepetibles de sus conciertos en vivo, como Living on the Road, de 1993, y el fabuloso Nothing but the Blues, de 2001 (odisea del espacio… del blues), y otro más: Live 24, grabado en otro santuario del blues de Chicago: el club Kingston Mines, que fue el reinado de la vida entera de su maestro Luther Allison.

El disco Nothing but the Blues es el que mejor atesora los talentos, virtudes, manierismos y modales de nuestra heroína. Desde la pieza inicial, Rock Me Baby, nos electriza por completo, nos pone a vibrar y en órbita. La segunda, Make Love To You, es el mejor ejemplo del blues hecho por mujeres: honesto, directo, íntimo, sincero, todo lo contrario al machismo que, ya lo dijimos la semana pasada, contamina la cultura blues.

Big Girl Blues, también en ese disco, es un autorretrato fidedigno, mientras Dr. Feelgood aquilata los ejemplos de piezas clásicas convertidas en hitos personalísimos, porque Joanna Connor no hace covers ni versiones ni copias ni repeticiones, sino obras originales a partir de convenciones establecidas. Joanna reúne en una sola persona a una multitud de músicos, influencias, estilos, para crear un estilo propio, inconfundible. Desde la primera nota, que prácticamente nos electrocuta, sabemos que es ella quien está a la guitarra y a ella nos entregamos de inmediato y por completo.

La pieza que culmina el disco, Walkin’ Blues, es la máxima creación de Joanna Connor. En YouTube hay por lo menos ocho grabaciones de esa obra en diferentes épocas, lugares y con distintos músicos. En todas ellas estamos frente a una maravilla irrepetible, esplendorosa, magistral.

Nos sacude, nos asombra, nos pone la piel chinita. Observamos sus gestos, sus movimientos, sus sonrisas en medio del éxtasis, y sentimos un amor incondicional inmediato por ella. Como sucede con los verdaderos músicos, y en especial los de blues, que resultan aún más entrañables por la naturaleza de la música que hacen: obras de arte que involucran lo más íntimo de sus personas, lo más personal de sus vidas, lo que más les importa, lo que más les interesa, lo mejor que tienen para darnos.

Walkin’ Blues es un himno del blues por antonomasia. Es de la autoría de Robert Johnson (1911-1938), el patriarca del blues, el hombre sobre quien todas las leyendas caen como tormentas, el inventor de todo, el que nunca tuvo nada que perder porque nunca tuvo nada (en efecto, el verso de Dylan explica su influencia en el Premio Nobel de Literatura y en todo músico que se precie de tal, de músico), el que dicen –como dicen de Paganini, que fabricaba las cuerdas de su violín con los intestinos de sus muchísimas amantes y cosas tan pavorosas como falsas– que vendió su alma al diablo en una encrucijada de caminos (el término crossroads en una de las improntas de la cultura blues), el hombre que cantó al ferrocarril como ente poético –ese sonido que nos acompaña todas las noches y los amaneceres–, el músico pobre cuya guitarra no sólo era su único patrimonio, sino también su única compañía.

Todo eso lo entiende a la perfección Joanna Connor y lo convierte en sonido, y es por eso que todas las veces que toca con su banda de negros –ella blanca que, a diferencia de muchos blancos (Rolling Stones, ahí les hablan) no intenta tocar como negra–, enarbola su guitarra de manera semejante a como Zeus lanza saetas, dardos, petardos, rocas, relámpagos que estallan en nuestras crismas y nos ponen a punto de cocción, en el umbral del delirio.

Cada vez que Joanna Connor canta y toca Walkin’ Blues, el mundo recomienza y es vuelto a narrar, de esta manera. Ensayaré enseguida un resumen de la letra/poema del maestro Robert Johnson en su obra maestra Walkin’ Blues: esta mañana desperté buscando mis zapatos y me di cuenta de que no soy otra cosa que el caminar del blues; desperté y todo lo que tenía había desaparecido, y me sentí maltratado, humillado, herido, y me di cuenta de que tengo que caminar a ciegas, y encuentro así gente que me dice que escribir blues sobre la preocupación no es malo, porque el blues no es triste como dicen, y que lo mío es caminar, porque soy una persona desde la cabeza a los pies y mis pies me conducen por los senderos del blues. Por eso camino, porque me invade ese sentimiento indefinible que por no tener otra manera de nombrar, bautizamos como blues.

Canta Joanna Connor, grita, berrea, y cada vez que emprende Walkin’ Blues camina en el escenario con pasos elegantes de muchacha sencilla y noble, y cada vez suelta un riff interminable que nunca se repite, pleno de notas agudas, lleno de chirridos agradables, plagado de bondades y sonidos escalofriantes producidos por el deslizamiento del tubo slide que porta como anillo en su meñique.

Hace sonar Joanna Connor su hermosa guitarra Gibson Les Paul y el mundo recomienza. Se estremece.

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