Por Pablo Espinosa

Imaginemos a alguien que llora a mares y corres con los brazos abiertos y brindas consuelo. Así es como llega a nosotros la música nacida de las manos y los pies de Anna Lapwood: una reconfortación del alma, anidada en el corazón.

Música nacida de manos y pies porque el órgano, ese instrumento tan noble como metafórico, se activa con los dedos de las manos y con las plantas de los pies, pues en el piso se tienden hileras de madera que hacen sonar las bombardas, los clarines, las trompetas, pífanos y toda la algarabía que vive en los tubos de ese instrumento monumental.

Anna Lapwood tiene 27 años de edad y todos los dones del mundo en su corazón. Es una de las grandes personalidades de la música en el mundo hoy por hoy pero ella no se la cree. Sonríe como niña, satisfecha y contenta con sus logros.

Toca muchos instrumentos, más de 15, entre ellos piano, violín, viola, percusiones, arpa y, fundamentalmente, el órgano.

Es momento de decir que el órgano es uno de los instrumentos musicales más significativos y longevos: data de la antigua Grecia, atraviesa las eras, luce en el Medievo y Renacimiento, hace esplendor en el Barroco y sigue reinando en la actualidad.

Es un instrumento dominado por el patriarcado, con excepciones monumentales, como es el caso de nuestra heroína de hoy, Anna Lapwood y sus maestras y antecesoras, como la gran Florence Price, que fue tema de un Disquero muy reciente.

Los ejemplos de músicos legendarios sentados frente a los teclados interminables de un órgano monumental son muy numerosos, pero bastan tres muestras en botón: Johann Sebastian Bach, Anton Bruckner y Olivier Messiaen.

El caso de Bach es definitivo para la historia de la música; el de Bruckner pertenece todavía al ámbito reducido de quienes tenemos en ese compositor austriaco como uno de nuestros favoritos, autor de culto, comparable con Bach; y el de Olivier Messiaen es maravilloso porque además de la trascendencia de su obra para órgano, destaca su valor sinestésico: Messiaen escribía colores. Es en ese contexto donde las virtudes de la joven Anna Lapwood la convierten en personaje trascendental.

Para decirlo rápido: el mundo de la música de órgano está tan dominado por el patriarcado que ella no se ha librado del maltrato macho. Vaya, a tal punto que un profesor la conminó: ¡toca como hombre! y ella sonrió y desde entonces su hashtag playlikeagirl (toca como chava) es un distintivo de miles de mujeres en el planeta.

Es tan encantadora Anna Lapwood que le resulta muy natural ser una de las superestrellas de Tik Tok, Twitter (hoy X) y otras redes sociales sin perder la sonrisa ni la sencillez. Es una persona normal a pesar de ser una genio: además de tocar muchos instrumentos, es directora de orquesta y de coros y es también compositora.

Si ella sube un video de ella tocando música de concierto a las redes sociales, en pocos minutos las vistas se multiplican hasta sumar millones.

Son muy disfrutables sus historias, por ejemplo cuando está en la Royal Albert Hall de Londres en el concierto central de los célebres Proms, y coloca su teléfono celular para filmarse cuando está instalada frente al teclado del órgano monumental de esa sala y se divierte mucho poniendo letreritos en la pantalla del tipo ay, esos compositores se olvidan de nosotros los organistas, nos ponen solamente una nota en toda una obra de media hora de duración y cuando se aproxima su intervención, ella la prepara con suspense muy divertido: ¡ya viene, ya viene! ¡se aproxima! y eso hace más espectacular aún el sonido majestuoso que hace nacer del instrumento.

Anna Lapwood es la primera mujer en muchas cosas y en ese sentido sigue el ejemplo de Florence Price, Rebecca Miller y todas aquellas heroínas que hemos celebrado en el Disquero.

Primer mujer en ser becada de órgano en el rancio Magdalen College Oxford, con sus 560 años de historia a cuestas. Tenía 21 años cuando se convirtió en directora de orquesta en el también rancio Pembroke College Cambridge; es decir, la primera mujer y la más joven en ocupar ese puesto en las universidades de Oxford y de Cambridge en toda la historia.

Ha fundado orquestas y coros integrados solamente por mujeres. Porque su causa son las mujeres. Por ejemplo, hace tres años reunió a 21 mujeres organistas para conmemorar, con un concierto magno, el centenario de la Ley de Representación del Pueblo de 1918, antecedente para el derecho al voto de las mujeres británicas.

Pero la significación de esa convocatoria en realidad la hizo Anna Lapwood para enaltecer la presencia de las mujeres en la música en general y en particular en el ámbito de la música de órgano. Y es también una de sus muchas respuestas al ¡toca como hombre!, siempre con una sonrisa luminosa.

Otra de sus hazañas consiste en la convocatoria, consecución, curaduría y realización de un proyecto denominado Gregoriana y que consiste en una antología de 12 obras para órgano escritas por mujeres bajo encargo.

En fin, que Anna Lapwood tiene mucho qué compartir. Su discografía es un manantial de prodigios, nace de su amor por la humanidad, los astros, la naturaleza, la belleza de la vida.

Su disco más reciente disco se titula Luna, y ella lo describe así: “Una de las temporadas que más amo cada año es el tiempo que paso dando clases en Zambia. Amo ese lugar por su gente, la música y las risas y la impresión de por vida que me dejó, y revivo cada año, de observar la noche estrellada desde ese sitio. Todo lleno de estrellas, brillantes, algunas titilantes, otras mudas, otras quietas, otras trazando órbitas, otras diminutas como motas y pequeñas como apenas pinchazos en el cielo.

“Con este disco, Luna, me imagino con ustedes, los escuchas, ahí, en Zambia, observando la noche estrellada, fascinados por la magnitud de lo que nos envuelve y lo que podemos ver. Pienso que si nos lo proponemos y nos ponemos de pie, nos ubicaremos ahí sin movernos de nuestro sitio original, y viajaremos a través del cielo de la noche explorando todas y cada una de esas estrellas y disfrutando sus personalidades tan únicas y tan nuestras.”

A la belleza de estas palabras de Anna Lapwood corresponde la belleza de la música que contiene este disco, Luna, que recomiendo con esmero.

Hay momentos en que tocamos lo sublime, en especial en el track 12, On the Nature of Daylight, del compositor alemán Max Richter, conocido del Disquero, donde hemos reseñado su discografía completa y en este caso tenemos una versión preparada por Anna Lapwood con órgano y un coro que ella dirige.

Otros momentos hermosos: la obra Mad Rush, de Philip Glass, quien originalmente la compuso precisamente para órgano pero quedó rebasada por las muchas versiones para piano, empezando por la que él mismo interpreta. También, partituras muy hermosas, escritas por mujeres:Grano de Luna, de Olivia Belli; Tierra de los sueños, de Kristina Arakelyan, y la bellísima Un elfo en un rayo de Luna, precisamente de Florence Price.

El disco debut de Lapwood se titula, no es casualidad, Imágenes, y contiene más belleza: Le Tombeau de Couperin, de Maurice Ravel, y la versión para órgano que hizo Anna de los Cuatro Interludios Marinos de Peter Grimes, escritos originalmente por Benjamin Britten.

El disco titulado Amanecer celestial, también de Anna Lapwood, reúne otras obras de compositoras notables, como las hermanas Nadia y Lili Boulanger, además de piezas hermosas como O Perfect Love, de Harry Thacker Burleigh; también: Drop, Drop, Slow Tears, de Richard Shephard; O For the Wings of a Dove, de Felix Mendelssohn en versión de Anna Lapwood.

Otro de los discos de Anna Lapwood es hermoso desde su título:All Things Are Quite Silent, tonada tradicional en arreglo de Kerry Andrew; el Ave Maria, de Rebecca Clarke; Sing to the Moon, de Laura Mvula. Es un disco de música de coro, dirigido por nuestra heroína, Anna Lapwood.

La sonrisa de ella, Anna, brilla como las estrellas que inundan nuestra corteza cerebral en este momento.

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