Por Pablo Espinosa

Estamos frente a una efeméride mayúscula: se cumplen 200 años del estreno de la Novena sinfonía de Beethoven. El 7 de mayo de 1824 se registró en Viena un hecho sin precedente: más de 2 mil personas asistieron a un largo programa de estrenos de partituras de Ludwig van Beethoven (1770-1827); sobre el escenario había varios directores de orquesta, además del compositor, quien dirigió la sesión entera, y una orquesta gigantesca, abundante en percusiones y alientos metales, inusual en la época y en las sinfonías de Beethoven.

Lo que sí era habitual era que Ludwig amaba trabajar en equipo: una amplia red de colaboradores deambulaba por la sala de conciertos, afanados todos, particelli en mano. Un director general marcaba los tempi mientras el concertino garantizaba la afinación y uniformidad de sonido del gentío con instrumentos; una pianista daba órdenes también desde el teclado, y directores de los coros corrían de un lugar a otro para garantizar el mejor acomodo de sus huestes. Ya los copistas habían hecho su trabajo: recibieron calientitas las páginas manuscritas, una a una, chorreando tinta, que escribió el compositor en tiempo récord.

En el proscenio, se desarrugaban la ropa de gala cuatro cantantes solistas cuatro. Era la primera vez que alguien se atrevía a poner voces y palabras en un género tan venerado como la sinfonía, la reina del tesoro instrumental. Entre las obras de estreno figuraron la Missa Solemnis y la obertura La consagración de la casa.

La pieza principal de la velada fue la Novena sinfonía, con duración también sin precedente: más de una hora. A la fecha, hay quienes no soportan que las sinfonías de Mahler y Bruckner duren más de 60 minutos.

Beethoven entró a la historia, documenta el mayor experto en ese autor, Jan Swafford, con un rito colectivo que no solamente predica un sermón sobre la libertad y la fraternidad, sino que aspira a contribuir a que se realicen.

En los siglos siguientes, hace notar Swafford, ideologías que llevaban el nombre de democráticoscomunistassocialistas y nazis, reclamaban la Novena como algo propio.

Es prácticamente la obra de la que todos se quieren adueñar para predicar su ideología, no generalmente positiva para la humanidad.

La sustancia de ese rito es que Beethoven era un hombre bueno y quería lo mejor para los demás.

Desde adolescente supo que algún día pondría música al poema de Friedrich Schiller (1759-1805): An die Freude = A la alegría, que suele traducirse de la manera más cursi: oda a la alegríapasumecha.

El contexto que originó la Novena es fascinante: Beethoven nació en la cuna de la Aufklärung, que fue la ciudad de Bonn, y llegó a la edad adulta durante la época revolucionaria de 1780, que fue cuando vincularon a Beethoven con la revolución francesa.

Ese ser humano tan humano que golpeaba la mesa mientras componía, aspiraba a ser una buena persona, noble y honesta, al servicio de la humanidad.

La Aufklärung es la versión alemana de la Ilustración y el centro de la Ilustración renana estaba en Bonn y la atmósfera intelectual que Beethoven respiró en su terruño incluía la filosofía de Kant, el ideal masónico de fraternidad, la doctrina iluminista de un selecto grupo de ilustrados que señalaría a la humanidad el camino hacia la libertad y la felicidad.

Cuando cada individuo se viese libre para encontrar su propio camino hacia la felicidad, entonces, como cantaron Schiller y Beethoven, la tierra se volvería un Elíseo, es decir, un paraíso.

La esencia del poema An die Freude, de Schiller, es el culto ilustrado a la felicidad como meta en la vida, la convicción de que el triunfo de la libertad y la alegría llevaría a la humanidad a una época de paz y de fraternidad universal. A esa utopía se le denominó Elíseo.

(Paréntesis imprudente: es que no resisto las ganas de contarles que estudié alemán y como mi debilidad son los juegos de palabras, cada vez que escucho la Novena y el cantante entona: Tochter aus Elysiumpronunciado tojter aus elisium, yo escucho: Tortas don Elíseo.)

Seriedad: El poema de Schiller se encuadra en la tradición del geselliges Lied alemán, una canción social concebida literal o figuradamente para ser cantada entre camaradas alzando los vasos. Los jóvenes la entonaban por las calles, en improvisadas marchas y mítines y los masones y los Illuminati en sus íntimas sesiones.

Desde 1780 se habían compuesto alrededor de 40 adaptaciones de An die Freude, entre ellas una de 1815 escrita por un joven Franz Schubert.

Siempre guiado por la mejor biografía de Beethoven, la que escribió Jan Swafford, cito: esas adaptaciones eran cantadas con frecuencia en las logias de los masones y de los Illuminati.

Friedrich Schiller:

¡Alegría, hermosa chispa celestial,

De Elíseo la hija engendrada!

Todos los hombres se unen nuevamente

Donde tus blandas alas se han posado

Jan Swafford, analizando la partitura, tercer movimiento:

“Seguramente nunca había habido en música una evocación más hermosa de la tranquilidad y la paz arcádica, desplegada en música de incomparable originalidad y perfección de gesto. Lo que sigue es un grito estremecedor. Richard Wagner llamó fanfarria del terror al estridente estallido de furia con el que comienza el finale”.

Nacida de la libertad, la felicidad transforma nuestras vidas y a la vez transforma a la sociedad, he ahí el anhelo de Beethoven. La alegría como sinónimo de verdad y de belleza.

Porque toda la obra de Beethoven, y la Novena es el mayor emblema, tiene un núcleo ético y espiritual.

La magia vuelve a unir lo que la vida había separado.

La Novena de Beethoven posee esa magia. Es al mismo tiempo sencilla y compleja, pide mucho a escuchas y músicos; por ejemplo, el clímax que exige de las sopranos sostener una nota la, aguda, durante 12 brutales compases.

Multitudes, fundíos en un abrazo! ¡Sea este beso para el mundo todo!, dicen las elocuentes frases en el finale, “en el que Beethoven –escribe Swafford– erigió un movimiento de trascendental alcance a partir de una humilde cancioncilla que cualquiera puede cantar”.

La Novena, coincido con Swafford, es una declaración que Beethoven quería entregar al mundo en una época oscura.

Es más, su mensaje es idéntico al del budismo: El camino al Elíseo comienza con la iluminación de cada individuo, extendiéndose a los amigos y seres amados, y de ahí al mundo entero. Eso, en budismo, se llama metta bhavana (pronunciado meta bajavna), significa amor incondicional y es expansivo.

Con motivo de los 200 años que cumple la Novena, ocurrirán en el mundo entero grandes acontecimientos. El 7 de mayo, un concierto recreará en el magnífico auditorio de la Stadthalle de Wuppertal aquel suceso de hace dos siglos.

En México, recomiendo ampliamente asistir a la Cineteca Nacional el próximo martes a las 19 horas, fecha exacta de la efeméride, porque en el Foro al Aire Libre se proyectará la ejecución de la Novena que realizó la Ofunam hace unos días. Será una experiencia aleccionadora.

De la amplia discografía, recomiendo la grabación de Nikolaus Harnoncourt, el único que es fiel a la partitura, a diferencia de Karajan y asociados que le meten mano impunemente para lograr efectismos que no buscó Beethoven.

Recomiendo también, dada la familiaridad tan íntima y colectiva que compartimos con la música de Beethoven, imaginar que salen de su casa y al dar la vuelta en la esquina, nos encontramos de frente al mismísimo Beethoven, nos damos un cabezazo y en lugar de decirle ¡entschuldigung! (usted disculpe), lo abrazamos, le damos un beso en la mejilla y le decimos, como le digo cada vez que escucho alguna de sus partituras: Te amo, Ludwig van, bendito seas.

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