Por Pablo Espinosa

He aquí una ópera social, fidedigna, plena de toda verosimilitud, alejada de los convencionalismos, cursilerías y ridiculeces que abundan en ese género tan cerca de la banalidad y tan lejos del verdadero arte escénico musical: Girls of the Golden West, del compositor estadunidense John Adams, quien a sus 78 años de edad es, con Philip Glass, el más importante autor de música para la escena en la actualidad.

Hay que decir, primero, que las óperas de John Adams (homónimo por cierto del segundo presidente estadunidense) gozan de gran popularidad y todas ellas son reflejo de lo que sucede y ha sucedido en la historia de la humanidad.

En este espacio hemos rendido homenaje a su obra maestra en ese género: Nixon en China, la primera ópera que escribió John Adams, hace 52 años, en colaboración con otro genio, Peter Sellars, y con libreto magistral de la gran poeta Alice Goodman.

La idea de Nixon en China nació en Peter Sellars cuando terminó de leer las Memorias de Henry Kissinger, ese personaje siniestro, pero no convenció a John Adams, porque al compositor le interesaba más contar una historia de seres humanos que un hecho político; el resultado es una ópera muy amena, disfrutable, divertida y plena de encanto. Debe mucho a Philip Glass y a Richard Wagner. Hay pasajes enteros donde se notan esas bonitas costuras.

Es grato a John Adams tocar temas sociales en sus óperas: The Death of Klinghoffer, de 1991, rememora el secuestro del trasatlántico Achille Lauro por el Frente de Liberación de Palestina; Doctor Atomic, de 2005, con libreto de Peter Sellars, trata de las pruebas para la primera bomba atómica (el test Trinity); On the Transfiguration of Souls, de 2002, recoge las voces de los desaparecidos en las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2011.

Su nueva ópera, Girls of the Golden West, toma su título del melodrama de 1905 Girl of the Golden West, de David Belasco, que más tarde se convirtió en la base de la mucho más conocida ópera de Puccini La Fanciulla del West.

El propio Adams relata en un amplio ensayo sus motivos: poco después de terminar El Evangelio según la otra María, en 2012, para la Filarmónica de Los Ángeles, “me encontré con ganas de componer una nueva ópera, pero no tenía claro el tema. Afortunadamente surgió una idea cuando mi viejo colaborador Peter Sellars menciono cómo había estado en conversaciones con la dirección de La Scala, que quería que dirigiera allí la versión de Puccini. Había sido una oferta intrigante, pero al leer el libreto, Peter no se veía dirigiendo una ópera con estereotipos tan inquietantes. En lugar de eso, pensó en cómo sería una ópera sobre la fiebre del oro si utilizara relatos reales de primera mano de la gente que la vivió. Esa fue la génesis de nuestra empresa.”

Peter Sellars, narra John Adams, aportó dos relatos esenciales: el primero de ellos, las cartas de Louise Clappe, una joven de Massachusetts que pasó casi dos años con su marido médico en las condiciones primitivas de un campamento minero de mala muerte, Rich Bar, en las sierras de California. Su segunda fuente fueron los diarios de la fiebre del oro de Ramón Gil Navarro, un aventurero nacido en Argentina.

Adams, por su parte, aportó “la historia real del linchamiento en 1851 en Downieville, California, de una joven mexicana, Josefa Segovia, que fue juzgada sumariamente y ahorcada por apuñalar a un minero blanco. Conocía ese suceso desde hacía mucho tiempo, ya que tuvo lugar no muy lejos de donde tengo una cabaña en la montaña. Otras fuentes, como poemas escritos por inmigrantes chinos de la época, relatos de periódicos de archivo y algunos extractos del clásico de Mark Twain, Roughing it, completaron no sólo el libreto, sino también los temas de la acción”.

El atractivo de aquel hecho histórico, destaca el compositor, es que fue “una experiencia verdaderamente multicultural. No sólo los anglosajones de la costa este y el Medio Oeste acudieron en masa a la tierra del oro, sino también mexicanos, chilenos, chinos, hawaianos y afroamericanos. Y para utilizar otro término familiar, la fiebre del oro fue literalmente ‘transmitida en directo’ mientras sucedía. La gente de Nueva York, Boston, San Luis e incluso París leía cada día relatos periodísticos sin aliento desde el frente, muchos de ellos tremendamente engañosos y erróneos”.

Lo que narra John Adams en su ópera, por ejemplo en el impactante momento final del primer acto, “cuando Joe se regodea diciendo que matar indios por cinco dólares la cabeza es ‘mucho más rentable que trabajar en el río y no conseguir nada’, está tomado de un relato real de primera mano de lo que pronto se convertiría en una aniquilación institucionalizada de esa población”.

Para la estructura musical de su ópera, Adams encontró su propio oro en las letras de las viejas y cursis canciones de los mineros de la época, que contaban historias de mala suerte, esperanzas frustradas, amores rechazados y, a menudo, trágicos desenlaces.

“Una de esas canciones –sigue Adams– narra la triste historia de un joven que llegó hasta las montañas desde Misuri para hacerse rico y satisfacer a su novia Sally, pero recibió una carta de ésta en la que le decía que se había casado con el carnicero local. El Joe de la canción se convirtió en el modelo de nuestro Joe Cannon, el borracho arruinado al que Ah Sing confunde tristemente con un posible marido. Su historia, así como la de los demás miembros del reparto, nos recuerda por qué el término ‘ver el elefante’, que significa ganar experiencia a un costo personal a menudo desastroso, se convirtió en un meme común para los que soportaban la dura y a menudo desesperada lucha que era la suerte de estas personas”.

La música, sopesó Adams, tenía que ser frugal para describir la sencillez y la dureza de la vida en las montañas de California de 1851, “pero también tenía que ser una música que pudiera oscilar rápidamente entre la comicidad inherente a las letras de las canciones y la violencia amenazadora de los desplantes racistas de los mineros blancos. Esa ‘tonalidad’ se establece desde el primer compás, con la orquesta repiqueteando como el pico de un minero. El sonido de un acordeón y una guitarra añaden un color anecdóticamente familiar a la orquestación, por lo demás escasa”.

Puede que Girls of the Golden West, calcula Adams, “sea mi creación escénica más personal. Al igual que los personajes de su historia, yo también soy una especie de inmigrante californiano, ya que llegué aquí procedente de Massachusetts a los 28 años, casi la misma edad que muchos de los que vinieron en busca de oro. Yo buscaba algo más, una sensación de libertad y apertura y el tipo de mezcla cultural que faltaba en mi educación en Nueva Inglaterra. Llevo 40 años recorriendo esas mismas montañas, a veces tropezando con los restos de un viejo pozo excavado en la ladera de un barranco escarpado. Y yo también comparto la misma sensación de asombro y aprecio que tan perfectamente evoca Dame Shirley en el último momento de la ópera, por el insondable esplendor y ‘el cielo de California, del que nunca se habla lo suficiente’”.

Hay en esta ópera muchos momentos cantados en español, episodios cruentos, balazos, crímenes, una crónica de la avaricia. En cuanto hay oro, poco, todos son felices, pero cuando comienza a escasear, todos se vuelven muy violentos. Tal como ha sido la historia de la humanidad y tal como sucede en nuestros días, cuando el odio es el negocio más rentable, como podemos observar con nitidez precisamente en estos días.

John Adams vive a unas millas de Silicon Valley, “y he observado el boom tecnológico y cómo ha crecido la intensa sobrevaloración de la economía digital. He visto lo que a mí me parece una resonancia entre la actividad frenética que tuvo lugar aquí en California en los años 50 del siglo XIX y lo que está pasando ahora en Silicon Valley. Escribí la mayor parte de esta ópera en 2016, durante la campaña presidencial, así que me sigo encontrando con estos duros recordatorios de que las cosas en realidad nunca cambian”.

Hay momentos muy brechtianos en esta ópera, goznes a lo Stravinski, música de una intensidad apoteósica por momentos y frugal, en un equilibrio dramatúrgico que la convierten en un ejemplo notable de lo que es en realidad el arte de la ópera.

Las Chicas del Oro del Oeste, de John Adams, es una obra cuya escucha proporciona placer estético al mismo tiempo que refleja la condición humana. Es decir, el verdadero arte de la ópera.

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