Por Pablo Espinosa

The Who cumple 60 años. Y contando. Su actualidad sigue intacta, su ideador, artífice y líder, Pete Townshend, acaba de cumplir 79 años el domingo; su copiloto, Roger Daltrey, cumplió 80 años en marzo y siguen ofreciendo conciertos por el mundo.

Muchos conocedores ubican a The Who como una de las mejores bandas de rock en la historia, con razones de peso: sus distintas etapas creativas presentan variantes siempre sorprendentes al mismo tiempo que una exactitud milimétrica en la estructura de sus composiciones. Del rock más salvaje y desbocado, a la música más fina y exquisita.

Es clara la vocación sinfónica de sus obras: es sabido que en la música de concierto, las sinfonías siguen la forma sonata que consiste en introducción, exposición del tema, variaciones, rexposición, resumen y coda final. Es impresionante observar cómo prácticamente toda la obra de The Who resiste todo análisis, incluso el examen musicológico destinado a la música de concierto.

No en balde muchas de sus canciones se presentaron originalmente como micro óperas y el trabajo de elaboración temática dio pie a un género que ellos inventaron: la ópera rock.

El origen proletario de los integrantes de la banda, la energía brutal que desplegaban en sus conciertos iniciales y el contenido de sus canciones, los convirtieron en símbolo y bandera. El público adolescente fue su eje y motivo, su axis mundi.

No es casual que el verso de una de sus obras más apreciadas, Baba O’Riley, diga así: teenage wastelandThe Who, esa versión tremebunda y callejera de Wasteland, el poema monumental de T. S. Eliot. El rock de la tierra baldía.

Los 60 años de Los Quién en realidad giran alrededor de los años sesenta del siglo pasado y principios de los setenta, etapa dorada del cuarteto original donde se creó el núcleo de la obra que en años subsiguientes tuvo como destino el reprise, resumen, recopilación, repaso, recreación.

Los decesos trágicos de la mitad de los integrantes de Da Ju dieron por terminada, sin drama ni remedio, la creatividad explosiva para dar paso a una continuidad lógica debido a que la mitad sobreviviente consiste en el ideador, Pete Townshend, y ahora sí que la voz cantante, Roger Daltrey: ellos dieron vida a la obra definitiva de la era inicial, pero no se explica la perfección lograda en esos trabajos sin el genio de Keith Moon y John Entwistle, músicos tan geniales como los dueños del changarro, pero ubicados en una posición donde resultaron definitivos sin ser imprescindibles.

Las locuras cronométricas, exactísimas del baterista y el trabajo exquisito, una joya musical, del bajista John Entwistle, proporcionan a los melómanos de oído concentrado placeres dionisíacos.

La ausencia de Keith Moon en The Who es equivalente en drama y resultados artísticos a la ausencia del Bonzo Bonham en los tambores de Led Zeppelin, así como la desaparición física de John Entwistle equivale a imaginar a esa misma banda, Led Zep, sin el genio y la finura musical de John Paul Jones. Y se puede alargar el símil a Los Beatles sin el sustento de estructura que siempre les dio George Harrison, el alma musical del grupo.

Los Who convirtieron actos torpes en actos creativos, sucesos de la cotidianidad en asuntos trascendentes, accidentes en acciones afortunadas. Por ejemplo, la acción que los catapultó hacia éxtasis de sus públicos –destrozar sus instrumentos en escena–, nació de una casualidad: durante un concierto, Pete Townshend tropezó su guitarra con el techo del escenario y eso produjo un chirrido que el público abucheó y causó la ira de Pete, quien procedió a destrozar su instrumento, y Keith Moon le hizo segunda haciendo pedazos sus tambores y el público entró en delirio y eso se convirtió en costumbre.

Como costumbre era que Pete Townshend pegara brincos celestiales tocando la guitarra y cuando tenía los dos pies en el piso, hacía girar como hélice su brazo derecho para tocar las cuerdas y eso producía sonidos que enardecían al respetable.

Vaya, el mismo nombre del grupo. Se llamaban The Detours hasta que un día su nuevo mánager les preguntó: ¿Y ustedes cómo se llaman? Somos Los Deturs, señor, ¿Los quién? Largo silencio y exclamación: Claro, Los Quién, ahora nos llamamos Los Quién.

El trabajo en equipo de esos Quién es irrepetible en la historia del rock. Sin las avaricias y autoritarismo de los Jagger-Richards, los Page-Plant, los Lennon y McCartney, Los Quién funcionaban a la perfección. Eran cada uno los iguales de los otros tres.

The Who representa la rebelión, la búsqueda de la libertad para varias generaciones de adolescentes insatisfechos, ninguneados, maltratados. La agresividad en escena, los colapsos energéticos, pero sobre todo la calidad musical centrada en el rhythm and blues con énfasis en el pop art en boga, construyeron una reputación irrebatible que se tradujo en obras maestras una tras otra.

Una de esas obras maestras es otro axis mundi, bisagra entre los anteriores jóvenes agresivos y alocados en escena y los nuevos maestros de la música de calidad que alcanzó a los melómanos más inquisitivos y difíciles: los de la música de concierto.

Esa obra maestra se llama Who’s Next y también es producto de una casualidad. Alcanzadas la fama y la gloria con la ópera rock Tommy, Pete Townshend se puso a desarrollar proyectos dramatúrgicos cada vez más ambiciosos. Uno de ellos fue Lifehouse, una obra monumental que incluía un largometraje, 400 participantes, una creación literaria grandiosa (Townshend vivió, durante un periodo de crisis de The Who, de su trabajo como editor literario en Faber and Faber), un álbum de dos discos y una sumatoria de ambiciones que nunca se cumplieron.

Los materiales que produjeron en esa intentona de subir el Himalaya, fueron a dar al álbum Who’s Next, cuya portada es una obra de arte en sí misma: un monolito que se encontraron viajando en carretera y fueron y lo orinaron y lo asociaron de inmediato con el filme 2001 A Space Oddissey, de Stanley Kubrick.

El disco Who’s Next contiene todos los ingredientes que a todo melómano satisfacen: guiños, trivias musicales, hallazgos, exquisitez creativa, al igual que concesiones para quienes prefieren escuchar cómodamente: baladas lindas como Behind Blue Eyes.

La pieza inicial documenta en sí misma la cultura musical y literaria de Pete Townshend: cuenta la leyenda que después de un concierto, agotados, se tumbaron en el piso de la sala de Pete a escuchar un caset que Townshend atesoraba: la composición In C (En Do), de Terry Riley, que oyeron durante toda la noche hasta el amanecer. Por la mañana, lograron localizar al compositor estadunidense y nació una hermosa amistad entre cuyas prendas está el homenaje en la composición Baba O’Riley.

Para ese entonces, Pete Townshend había pasado por crisis alcohólicas y de drogas y buscaba alivio espiritual y encontró en Meher Baba (1894-1969), un maestro iluminado de India, un camino propicio que conjuntó con su devoción por Terry Riley, y esa combinación está en la pieza que abre el disco: un sintetizador recrea pasajes de En Do, de Terry Riley, y más adelante un violín ejecuta un largo pasaje a manera de raga, para personificar a Meher Baba y mezclar a los dos grandes maestros de Pete Townshend en una de las obras más enigmáticas, lujuriosas, delicadas y sublimes de The Who.

Hay piezas de Los Quién que se han convertido en referentes, entre ellas el clásico Won’t Get Fooled Again (utilizado, por ejemplo, en la rúbrica de la exitosa serie televisiva CSI Miami, con el detective rubio Horatio), y también los episodios emblemáticos de la ópera Tommy: Pinball Wizar See Me, Feel Me.

Los Quién poseen una discografía apabullante. Siguen llenando estadios donde reinterpretan una y otra vez sus piezas más conocidas, acompañados por orquesta sinfónica.

Dicen que ya se van a retirar, lo cual sucederá en la vida cotidiana solamente, porque su música ya los convirtió en seres inmortales.

Larga vida a Los Quién.

Tu opinión es importante