Por Pablo Espinosa

Del acto humano de escuchar música nacen compositores. Si esa acción sucede en persona, es decir, en vivo y no a través de discos, el efecto suele ser avasallador. Si quien hace la música es un genio que toca lo sobrenatural, el resultado en quien escucha es inagotable, sumamente creativo.

Es el caso de la compositora francesa de ascendencia alemana Marie Jaëll (Steinsetlz, Alsacia, 1846-París, 1925), a quien ver tocar el piano a Franz Liszt (1811-1886) le cambió la vida. No hay registros fonográficos o audiovisuales, pero los testimonios son abrumadores: ese artista austrohúngaro es el mejor pianista de la historia.

Las escenas de histeria en los conciertos de hoy día son nada comparado con lo que se sabe que sucedía cuando Franz Liszt se sentaba frente al piano. Aullidos, alaridos, ropa interior femenina hecha jirones, delirio generalizado.

El maestro Liszt tuvo innumerables alumnas, una de ellas fue precisamente Marie Jaël, cuya obra musical, tanto de compositora como de pianista, se apareja con la de aquel gigante, lo cual no es poco decir.

Y es que Liszt mejoró el ejemplo que sembró Niccolò Paganini (1782-1840) cuando convirtió los conciertos en sesiones de delirio. Mientras Paganini recibía muestras de histeria colectiva y era objeto de leyendas urbanas, como aquella versión grotesca y por supuesto falsa de toda falsedad de que tocaba como los dioses porque fabricaba las cuerdas de su violín con los intestinos de sus amantes, Liszt era blanco también de habladurías.

En los hechos, Paganini y Liszt encabezan toda lista que se precie de tal de ejecutantes de instrumentos. Crearon vicios parásitos, es inevitable, por ejemplo la figura de virtuoso o cirquero, que no corresponde a la condición de artista que requiere toda interpretación musical.

Mientras Niccolò Paganini se contorsionaba en escena (Elvis Presley, mejor conocido como Elvis Pelvis, es buen ejemplo de continuidad en manierismos), Franz Liszt adoptaba una actitud más creativa: cerraba los ojos, gesticulaba, incluso derramaba lágrimas frente al piano, en un afán honesto de transmitir los sentimientos que toda música contiene.

Lo de los excesos físicos en el escenario y en las alcobas ha sido debidamente documentado en toda fuente asequible. Por cierto, el notable cineasta británico Ken Russell filmó Lisztomania, película donde retoma el término que describía el furor que despertaba el austrohúngaro y fue prolijo en sus escenas de cama y piel. Después, el actor alemán Klaus Kinski dirigió y actuó el filme Paganini, donde hace lo propio con su personaje.

Lo que es cierto forma parte de la historia de la música: ambos, Paganini y Liszt, contribuyeron a la evolución instrumental, y es aquí donde interviene nuestra heroína de hoy: Marie Jaël.

En el momento en que vio a Liszt tocando el piano, puso en marcha un mecanismo que ella ya tenía en mente: los principios de la neurociencia que rigen la actividad cerebral y síquica en todo intérprete musical.

Fue así como creó lo que hoy día se conoce como El Método Jaël, que se ha aplicado a celebridades del pianismo y es muy socorrido para las cátedras de piano, pero sobre todo muy fértil en sus aportaciones neurocientíficas.

Lo que observó Marie Jaël del acto de Liszt de hacer música lo procesó científicamente y separó emoción de acción mecánica, cuerpo e ideas, sensibilidad y razonamiento, análisis y emoción, inteligencia con atención consciente.

Publicó tomos enteros de carácter científico, anatómico y filosófico: la fisiología de la mano, del antebrazo, los componentes analíticos de la capacidad de asombro, la capacidad creativa de un artista, sus intenciones poéticas cuando se sienta ante un teclado.

En suma, el efecto que causa la música en quien la escucha. Exactamente lo que experimentó ella cuando vio tocar a Liszt. Debemos a Marie Jaël mucho respecto de uno de los temas que más importan al Disquero: la manera en que cada individuo escucha música, y que es siempre diferente en cada persona. El resultado: la música es un misterio.

Marie Jaël nació como Marie Trautmann. Como suele suceder con las personas que poseen capacidades superiores, cuando tenía seis años ya era una pianista prodigiosa. También como es común se casó muy joven, con un hombre mayor que ella, el pianista Alfred Jaëll, de quien tomó el apellido y juntos hicieron historia; sus giras eran acontecimientos formidables, sus conciertos legendarios y sus repertorios, ellos juntos y cada quien por separado, acrecentó su celebridad.

Curiosamente, a ella le decían, una vez que dio a conocer su trabajo de compositora, la Schumann francesa. También curiosamente, cuando tocaban juntos, marido y mujer, los críticos de música publicaban cosas como estas gracejadas (es mejor reír que lamentar): él toca como mujer; ella lo hace con notable virilidad(pasumecha).

La obra musical de Marie Jaël es un manantial de prodigios. Su distintivo es la pasión, el empuje, el poderío. Reúne la gran tradición del romanticismo alemán, heredera de Beethoven, Schumann y Brahms. Lo suyo es la expresividad, la hondura, la hoguera.

Escribió dos maravillosos conciertos para piano y orquesta, y uno para violonchelo y orquesta, obras merecedoras del lugar que no tienen aún en las salas de conciertos. Es otra de las grandes compositoras que lograron decir, y mucho, a pesar del agresivo medio social, cultural y musical, machistas. Trabajaba incesantemente, sin descanso, concentrada, clara en sus ideas y en sus intenciones.

Dijo esto en una carta a su amiga Anna Sandherr, en 1877: Trabajo, trabajo y me va de maravilla, aunque esto no debería decirse abiertamente. Sabes que no soy la misma Marie que antes, la compositora de los valses para cuatro manos, quien tocaba el piano, quien cosía, quien hablaba. Soy una nueva persona, completamente nueva, quien solo escribe música y está absorta en sí misma. De tal ensimismamiento surgen muchas cosas y el resultado es que soy completamente distinta. Algún que otro día, para verme, tendrás que zambullirte de lleno en vastos libros, tu cabeza, oídos y dedos, todos yendo hacia un montón de cuestionamientos.

Además de la potencia emocional y expresiva, hay en sus composiciones mucha poesía, como la serie para piano titulado Los días hermosos (Les Beaux Jours), cuyos títulos de cada episodio son ya de por sí elocuentes: El pastor y el ecoLos aromas del jazmínLos murmullos del ruiseñorDespués del valsBonitas bromasReímos.

Al igual que Amy Beach, amaba la naturaleza y transmitir los estados del alma que le producía presenciar belleza: el canto de las aves, las hojas jugueteando con la brisa, arroyuelos balbuceantes, retumbar de truenos, anhelo de campanas al vuelo lento y suave.

Ella misma era una fuerza de la naturaleza.

Su música, ya lo dije antes, es comparable a la grandeza de la obra de Franz Liszt, de quien fue asistente y consejera. Viajó a Weimar para formar parte de la corte del austrohúngaro imantador. Ella trabajó como su monitor, como la primera en conocer partituras salidas de la mano del maestro, la primera en hacerlas sonar y la única que tocaba a cuatro manos en el estudio privado de Liszt. Cuando su maestro murió, ella exclamó, decidida: No es lo que he aprendido lo que enciende mi pasión. Es la convicción de haber descubierto el espíritu de Liszt en mí, y me siento capaz de transmitirlo a las siguientes generaciones.

Y en efecto, la obra de Marie Jaëll posee la potencia, el encanto, el misterio de la música de Liszt. Al igual que él, escribió páginas potentes a partir de La divina comedia de Dante. Fue reconocida como la única pianista capaz de interpretar a profundidad y con pleno conocimiento de causa la música de Liszt, y fue también la primera en presentar en público el ciclo completo de las Sonatas de Beethoven.

Al final de su vida escribió: Mi arte, que es en realidad una ciencia, ha cobrado vida como el florecer de todas mis batallas en mi vida. Quisiera llorar todo el día en señal de agradecimiento por haber recibido la bendición de haber sido guiada hasta el final por mi trabajo. Y siento que nunca lloraré lo suficiente para expresar la medida de gratitud que abrigo en todo mi ser.

Marie Jaëll murió en febrero de 1925. Antes de que sus restos mortales fueran llevados fuera de su departamento, sus alumnos la envolvieron en la bandera de Francia. Hoy su música nos conmueve todavía.

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