Por Pablo Espinosa

La música de Philip Glass transcurre como el pensamiento. Es una manera de pensar. Discurre de la misma manera que el proceso cognitivo consciente e incluye el juicio y el razonamiento, la formación de conceptos, el planteamiento y resolución de dilemas y en general toda deliberación.

Involucra también la memoria y, esencialmente, la imaginación.

El disco más reciente de Philip Glass se titula Solo. Nada más que eso. Un título para nombrar una actitud frente a la vida, la unicidad, el poder del individuo, la cohesión.

Comenzó a circular el 31 de enero y es el acontecimiento musical del momento, como ha sido la trayectoria entera de este músico de 87 frondosos años de edad.

Lo grabó durante los días más cruentos de la pandemia, en 2021, en el piano de su casa, como una revisión de su pensamiento musical.

El inicio del disco no podía llamarse de mejor manera: Opening, y data de 1982, de su álbum Glassworks.

La siguiente composición en ese disco, expone con claridad la práctica budista de Philip Glass: Mad Rush sigue una estructura similar a las ideas expuestas en Opening. Fue escrita en 1979, para recibir en Nueva York la visita del Dalai Lama, desde el órgano monumental de la Catedral de San Juan El Divino. Diez años después la grabó para un álbum similar al que hoy nos ocupa, entonces titulado Glass: Solo Piano, y en 2016 volvió a sonar en el órgano de aquella Catedral para el soundtrack del filme The Last Dalai Lama?

Las siguientes piezas del disco flamante también aparecieron en aquel álbum, Glass: Solo Piano: Metamorphosis, en sus cuatro movimientos, que data de 1988. Las nuevas versiones se distinguen precisamente por su carácter pensativo, su clara definición como una forma de pensamiento.

Y es que cuando uno escucha cualquiera de las partituras de Philip Glass, pero de manera muy especial las que suenan en el nuevo disco, nos da la sensación de que la música está ocurriendo en el momento, de que está naciendo en el preciso instante en el que las yemas de los dedos del compositor activan las teclas y nacen ideas, conceptos, figuras, líneas de pensamiento, aunque ya estén grabadas en el disco.

El propio Glass ha definido: Tocar mi música es una parte esencial de la experiencia de la composición; al mismo tiempo que la interpreto, la estoy escribiendo por vez primera.

Más: La música es un lugar. Es el lugar que prefieras, para estar, para pensar. El lugar que más te guste pensar: eso es la música. La música es un lugar físico.

Por ejemplo, la saga titulada 20 Études, de Philip Glass, atempera intensidades. Esas 20 piezas son como polímeros, fluidos, serpentinas, gusanos de seda, algodoncitos de azúcar, mecanos, lápices para dibujar: siempre aparecen cual juguetes en los pabellones de nuestros oídos: brincan, danzan, vuelan, dan maromas.

Philip Glass escribió esos 20 Études entre 1991 y 2012 y los publicó como Libro 1 y Libro 2; los primeros diez con la clara actitud de exploración técnica: crear una variedad infinita de tempi, texturas y técnicas innovadoras en teclado. Nuevas maneras de contar historias.

El segundo grupo, el Libro 2, plantea aventuras en armonía y estructura. Ambos tratados plantean sistemas pedagógicos, herramientas para, dice con humildad Philip Glass, implementar mi técnica pianística y tocar mejor el piano; una herramienta que me ayude a comprender.

Porque, insiste Glass, la música es un lugar: “un lugar tan real como Chicago o como cualquier otro sitio que le pueda uno pasar por la cabeza, con todos los atributos de la realidad (profundidad, olor, memoria). En cierto sentido, utilizo la palabra lugar de manera poética, pero lo que quiero transmitir es la solidez de la idea.

“Un lugar –sigue Philip– es una manera de destacar una determinada visión de la realidad. Ahora, cuando escribo, no pienso en la estructura, ni en la armonía, ni en el contrapunto, ni en nada de lo que aprendí. No pienso en música, sino que pienso música. Mi cerebro piensa música, no piensa palabras.”

He ahí la razón por la cual cuando escuchamos la música de Philip Glass escuchamos, percibimos, observamos el discurrir el pensamiento, vemos la manera como opera el pensamiento, acudimos al nacimiento de ideas, conceptos, realidades.

Nuestro cerebro está alerta a todos y cada uno de los sonidos. De hecho, nuestro cerebro participa, se une al pensamiento y entonces tenemos la sensación de que nosotros estamos escribiendo esa música que suena, y sabemos qué nota sonará a continuación, sin necesidad de que nos sepamos de memoria la partitura. Simplemente está en operación el pensamiento, nuestro pensamiento y el pensamiento del pianista, que es al mismo tiempo el compositor. He ahí la naturaleza de toda obra de arte.

El pianista-compositor establece alturas y honduras simultáneas: la elevada condición del soliloquio.

En distintas conversaciones que he sostenido con Philip Glass, ha insistido: “nunca he querido ser un compositor de música que nadie quiere; por eso desde siempre busco quién necesita música para dársela, y sólo entonces es cuando escribo partituras. Luego de más de 50 años de trabajo puedo decir con orgullo que he logrado que el escucha no se percate de que mi música en realidad es muy compleja. Me gusta que se me ubique como un compositor de música sencilla.

Me gusta que se diga de mí que soy autor de una música muy facilita, de gran simplicidad, porque lo que pocos saben es que llegar a esa simpleza ha requerido de mucho trabajo y mucha dificultad. No hay nada más difícil que hacer las cosas simples. Y eso es algo que todo escucha agradece: que no se note la dificultad de todo trabajo creativo y que se escuche en cambio todo simple, dúctil, agradable, en paz.

En las notas al programa de su nuevo disco, Solo, Philip Glass escribe:

“Este disco revisita mi trabajo para piano. Desde 2020-2021, tuve el tiempo suficiente para practicar mis obras con mayor detenimiento del que pude hacerlo en años anteriores. De manera que este álbum es al mismo tiempo una cápsula de 2021 y una reflexión de décadas de composición y práctica. En otras palabras, un documento de mi pensamiento actual en música.

“También, es un asunto de lugares. Este es mi piano, el instrumento con el cual he escrito prácticamente toda mi música. También es la habitación donde he trabajado durante décadas en el epicentro de la energía que la ciudad de Nueva York me ha infundido.

El escucha puede percibir el quieto zumbido de Nueva York en el ambiente y sentir el devenir del tiempo y la memoria que este espacio proporciona. En la medida de lo posible, hice este disco para invitar al escucha a entrar, conmigo.

Tenemos frente a nosotros un disco-pensamiento, una obra maestra nacida del pensamiento como la operación intelectual que se produce a partir de procesos de la razón, del raciocinio, porque toda obra artística se forma a partir de pensamientos.

Es un espacio imaginario, pero también es un espacio físico. Tiene cuerpo sonoro, existe porque suena, se manifiesta.

Vaya, un pensamiento es tan físico como lo es esa plantita que se llama así, pensamiento. Tiene tres colores y cuatro pétalos.

El nuevo disco de Philip Glass, Solo, es un pensamiento nítido, profundo, sabio. Percibimos la respiración vegetal en cada fraseo, en cada compás, en cada página de partitura.

La práctica budista, la concentración en lo sencillo. La práctica de una vida sencilla. Philip Glass vive una vida muy sencilla y por tanto plena, feliz. Es por eso que experimentamos un estado de calma y placidez al escuchar su nuevo disco. Su fraseo es nítido sin ser lento, es muy claro: sigue el principio budista del buen decir, el buen hacer, el bien pensar.

Cumple la definición budista de felicidad: en budismo, la verdadera felicidad consiste en un estado permanente de serenidad.

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