Por Carlos Martínez García

Oaxaca no está entre los primeros cinco estados con mayor porcentaje de protestantes/evangélicos, pero sí tiene crecimiento de tal confesión religiosa mayor que la media nacional. Es un elemento a tener en cuenta porque, pese a concentrar casos de intolerancia religiosa, el avance de los considerados advenedizos por los tradicionalistas no se debe únicamente a la resistencia de los creyentes en la defensa de sus derechos, sino también a la consolidación de espacios de tolerancia por quienes reconocen la validez de la diversificación religiosa.

Kathleen M. McIntyre, en Protestantism and State Formation in Postrevolutionary Oaxaca (University of New México Press, 2019), estudia el desarrollo del cristianismo evangélico en las comunidades indígenas y su impacto identitario en ellas. La obra en español empieza a circular coeditada por la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Casa Unida de Publicaciones.

Hace bien la autora de Protestantismo y formación del Estado en Oaxaca después de la Revolución en hablar de identidades y no de identidad, porque son múltiples las expresiones identitarias entre la población originaria de México. También procuró ejercer una mirada multidimensional, por lo cual tienen cabida en el estudio múltiples voces. Esto es importante dada la inclinación en sectores del mundo académico a basarse en prejuicios para explicar la anomalía de los indígenas protestantes al elegir una identidad alternativa que es juzgada como ilegítima y/o insuficientemente indígena.

El protestantismo en Oaxaca traza sus raíces hacia el más famoso hijo nativo del estado, Benito Juárez. Originalmente de una villa zapoteca de Guelatao en la Sierra Norte, e iletrado y monolingüe hasta que se trasladó a la Ciudad de Oaxaca, comenta la autora. ¿En qué sentido Juárez se relaciona con el asentamiento del protestantismo en Oaxaca? La tiene porque, firme defensor de la separación Iglesia-Estado, él se involucró con los liberales que dieron la lid por el fin del dominio católico sobre el Estado mexicano para, legalmente, garantizar la libertad de creencias. Con las Leyes de Reforma, que van de la Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos (12/6/1859), a la Ley sobre la Libertad de Cultos (4/12/1860), Juárez hizo posible la emergencia y práctica pública de creencias religiosas distintas de la tradicionalmente dominante. Garantizar legalmente no debe confundirse con una relación directa en el estímulo de los iniciales núcleos protestantes. Éstos tuvieron diversos comienzos, una de cuyas modalidades fue la de los misioneros extranjeros, pero no la única.

Antes de la llegada de misioneros a Oaxaca un residente de la capital del estado, Manuel Martínez Peña, dirigía lecturas bíblicas semanales con un grupo conformado por familiares y amigos. Kathleen M. McIntyre hace notar que en busca de un lugar más grande y más integrantes, Martínez Peña fundó la Sociedad Evangélica en el verano de 1871. Es probable que la mencionada sociedad haya iniciado actividades en 1862, entonces la agrupación confirió poder [a Peña] para bautizar, unir en matrimonio y predicar, comentando algunos pasajes de la Biblia, según la publicación metodista El Abogado Cristiano(2/6/1910, pp. 340 y 341).

Junto con la descripción de la interacción endógena/exógena que posibilitó la inserción del protestantismo en Oaxaca, la investigadora, a contracorriente de enfoques esencialistas que construyen la noción de continuidades identitarias cuasi inmutables, afirma que las identidades indígenas son dinámicas. El ritmo del dinamismo puede ser menos intenso que en zonas urbanas, pero existe, no por imposiciones exógenas, sino debido a las negociaciones cognitivas que desde siempre los pueblos indígenas han desarrollado con su entorno.

La obra plantea la complejidad de su objeto de estudio, consecuentemente trasciende los señalamientos estigmatizadores hacia los conversos, y a quienes algunos puristas consideran culturalmente incorrectos. Documenta los motivos de los conversos para elegir una identidad religiosa distinta de la tradicional, así como las respuestas de las comunidades a la nueva elección identitaria de sus coterráneos.

El libro presenta las posiciones de los grupos que disputan sobre permanencia de la tradición y cambios a la misma. El problema se acrecienta porque al existir la simbiosis identidad religiosa tradicional y organización sociopolítica se considera a los conversos disruptores de la unidad y, por ende, ponerla en peligro al no participar en cooperar para las fiestas religiosas/cívicas ineludiblemente ligadas al santoral católico romano. Quienes ya no participan mediante cooperaciones monetarias o con mano de obra argumentan que la obligatoriedad cooperante es contraria tanto a su conciencia como a la ley nacional. En un sistema simbiotizado, en el cual no hay diferenciación entre el ámbito religioso y el civil/político, irremediablemente al cuestionar la identidad religiosa tradicional y deslindarse de ella resulta en objeción al orden social sobre el que descansa la llamada unidad comunitaria.

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