Por Ernesto Reyes

Iniciaba la semana mayor de 1972. Con tres de mis mejores amigos – Moisés Mijangos, René y Esteban Sumano; el primero ya fallecido- salimos de la capital oaxaqueña, rumbo a algún pueblo con mar. Ellos ya habían viajado a la costa, cuando Puerto Escondido era un pueblo pequeño. Ahora mi interés era que conocieran algo del estado de Veracruz.

Provistos de mochilas, cobijas, una guitarra, muy poco dinero y ávidos de emociones, viajamos hacia la calurosa ciudad de Santo Domingo Tehuantepec. Durante el trayecto, en el autobús unos “gringos” nos invitaron lo que dijeron era “pastel” de mariguana. Nadie le entró.

Imitábamos las caminatas al estilo hippie: unas veces pidiendo aventones, otras pagando transporte; durmiendo en parques y terminales, y comiendo donde se pudiera. No llegábamos a los 15 años. 

Después de pasar la noche, ante la efigie de Juana Catalina Romero, al día siguiente hicimos parada en Juchitán de Zaragoza, cuyo recuerdo más presente son los zanates que revoloteaban sobre nuestras crecidas cabelleras. 

Por la tarde, arribamos a San Jerónimo Ixtepec, con la intención de abordar el tren rumbo al puerto de Coatzacoalcos, Veracruz. Como la corrida pasaba hacia la una de la mañana, intentamos descansar unas horas en una casa en ruinas, frente al cuartel del Ejército. En virtud de que unos muchachos nos advirtieron que el edificio estaba “embrujado”, ya no tuvimos sosiego y, al imaginarnos ruidos y voces, nos devolvimos hacia la estación ferroviaria. Allí medio dormitamos en la sala de espera, pero nos levantó un militar ebrio que pasó pateando a los pasajeros. Con las campanadas y estruendo del monstruo de acero subimos a bordo, que nos llevó hacia el Golfo de México. Debieron ser más de ocho o nueve horas.

Viajar en tren era un cúmulo de sensaciones porque en cada parada era un subir y bajar de gente y personas vendedoras de alimentos que despertaban nuestro apetito: tamales, atole, café y panes, jugos y gelatinas, alguna fruta. Así conocí este sistema de transporte en el Istmo, seguro y barato, pero muy lento.

Lo poco que paseamos en Puerto México, sin el puente que después ayudaría a cruzar el río, muchos años después está modernizado. Pero nuestro espíritu se lastimó cuando nos robaron la guitarra en la playa, mientras dormíamos. Seguro fueron los soldados que vigilaban. Ello nos trajo desánimo, al grado de que René y Esteban prefirieron dirigirse por su lado a la ciudad de México, a visitar a sus tías. Moisés y yo, cumpliendo nuestra promesa, continuamos hacia el puerto de Veracruz, pero antes pasamos memorable viernes santo en Acayucan, donde nos auxiliaron muchachos entusiasmados por las historias de hongos alucinantes y la mala fama de la mariguana de Oaxaca. 

Al otro día, en plena carretera del golfo, un camión cargado de plátanos nos acercó a la entrada del puerto jarocho, que yo ya conocía, en pleno sábado de gloria, donde el gran acontecimiento era un baile playero con Mike Laure y sus Cometas. Pernoctamos debajo de unas mesas cerveceras, en medio de botellas, peleasde borrachos y cangrejos que brotaban de la arena.

El resto del viaje fue pasar por Córdoba (donde gendarmes buena onda nos “alojaron” en los separos municipales para que no durmiéramos en el parque), Orizaba y Puebla, unas veces viajando gratis y otras caminando por las cumbres, donde aprendimos que nadie te levanta en una carretera de cuota. 

El regreso fue un entumido viaje en tren, pasando por Tehuacán, para terminar la aventura, con 20 pesos en la bolsa, ampollas en los pies, la piel quemada y tarjetas postales de recuerdo. Eso sí, con muchas anécdotas. En 1994 la vida me dio la oportunidad de viajar en modernos trenes en España, Italia -no tanto- y Alemania, estos últimos los más veloces y cómodos.

Estos recuerdos me llegan una vez que los habitantes del Istmo de Tehuantepec (de Oaxaca y Veracruz) volverán a experimentar, un cuarto de siglo después de haber desaparecido, el servicio ferroviario para carga y pasajeros, mucho más rápido y ordenado que en el pasado. 

Fracasado el plan de Porfirio Díaz, a causa de la apertura del canal de Panamá, el tren interoceánico se conectará, más adelante, con la frontera chiapaneca y el Tren Maya, ofreciendo una movilidad sujeta a prueba -en cuanto al número de usuarios y las seis horas de recorrido entre puerto y puerto- en un marco de disgusto social ante el arribo de capitales que operarán los parques industriales.

En contrario, hay firmes esperanzas por el renacimiento de ciudades como Salina Cruz, Ixtepec y Matías Romero, más todos los pueblos por donde pasará la modernizada vía. El tren ya no es una aventura.

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