Por Ernesto Reyes 

Sumergirse en una vaporosa mañana de Santo Domingo Tehuantepec, después de curvas y curvas interminables para llegar, es como entrar a un baño sauna sin agua fría de protección. Es escuchar el ruidero del mercado público “Jesús Carranza” – ya entrado el edificio en su segundo medio siglo de vida- y la convocatoria de las paisanas a adquirir fruta de temporada:”Lleva mango criollo, manito: lleva ataulfo, petacón, barato; compra, papá”. El comercio en plena ebullición, antes de que impere el rey sol.

Regreso al Tehuantepec actual, y el alojado en mi memoria, hace 50 años, como cuando sus torcidas calles confluían en el parque y un edificio municipal, huérfano permanente de mantenimiento, con acaso cuatro negocios de hospedaje y pocos comedores, salvo las fondas del mercado. El hotel Oasis era uno de ellos, sustituido ahora por un edificio gris que rompe con un centro histórico que debiera tener mejor destino. El desaseo actual puede medirse en la cantidad de basura desperdigada en sus calles y el parque, que aloja el recuerdo de Juana Cata, pero solo en el discurso, porque su efigie luce percudida. El barullo comercial no puede disociarse del rey de la movilidad que es el motocarro, unos de aquí y otros de San Blas Atempa. Corren raudos y veloces, con señoras y estudiantes apurados.

Ya no está el cine Gisela, ni la preparatoria popular – después preparatoria 4 del barrio Laborío- donde hicimos grandes amistades cuando la lucha social en la región era limpia, como debieron ser las aguas de su poderoso afluente, donde cuenta la canción: “…antes la gente, en la mañana o en la tarde, iba a recoger agua en cántaros. Ahora donde estaba el río grande, solamente crecen mezquites”. En aquella corriente cruzaron los aztecas que nunca pudieron vencer a Cosijoeza. Tampoco está aquí, aunque siempre cabalgue en los senderos del Señor, el padre obispo Arturo Lona, quien hizo mucho por los pobres.

Tehuantepec es una tierra que no ha prescindido de la fragancia del mango y el cocotero, cuyos ejemplares se han salvado de la ambición modernizadora. Compruebo que la gente sigue sonriente, saludadora, amable y preserva su vestimenta, sus costumbres.

Venir aquí, en visita relámpago, es topar con la algarabía de los pájaros, la incandescencia del paisaje y la aglomeración del transporte sobre carretera, donde una dejada de taxi al punto más cercano sigue siendo de 20 o 40 pesos, cosas que jamás verás en Oaxaca de Juárez. Igual los mototaxis te trasladan por 10 pesos hacia los barrios. No había muchos niños en las calles, seguramente por la protesta magisterial, pero las personas jóvenes seguían sus deberes escolares.

Esta visión no estuviera completa si excluimos a los altavoces móviles que desde temprano convocan a votar por futuras autoridades, diputaciones y senadurías de todos los partidos. Y de la presidencia de la República. Hay cientos de lonas y bardas, de colores guinda y rojo, en una disputa centrada en los cargos municipales que puede ponerse intensa en Salina Cruz y otros pueblos. Los cerca de 40 grados del mediodía nos hacen reflexionar sobre lo mal que estamos tratando al planeta y éste nos lo cobra con cambios bruscos de temperatura.

El día no termina hasta que las vendedoras de camarón, totopo, aguas frescas, frutas, pastel de elote y golosinas regionales acallan sus voces. Las comerciantes son el motor de la economía que no las vence ninguna crisis. Elegir a una mujer presidenta de la República, de aquí a dos semanas, es un gran aliciente, esperando que la nueva escuche sus necesidades. Ellas se han ganado a pulso un lugar en la historia para ir venciendo la supremacía machista. Es su hora.

Acabo la jornada hacia la tarde-noche en la terminal de autobuses, mientras los zancudos se adueñan de la oscuridad y los zanates de los árboles, como los taxistas de los sitios más concurridos, igual que los vendedores de tacos, garnachas y otros bebestibles que nunca faltan  en plena época de velas. No hay que olvidar que la tierra de la inmortal Sandunga el año próximo cumple dos siglos de haber adquirido la categoría de municipio libre.

En estas horas de mayo falta el último jalón electoral, con debates, encuestas, marchas, mítines de cierre de campaña, llamados a la reflexión y a participar. No tenemos derecho a desperdiciar esta oportunidad que nos hemos dado nosotros mismos. Mientras esto sucede, acá en Santo Domingo Tehuantepec la vida va, sin sobresaltos; este gusto nadie se los quita a sus habitantes.

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