Por Carlos Martínez García

“Me atrevo a decir que en este país todos somos hijos de Pedro Páramo.” La frase, al final de la primera página, del libro de Alma Delia Murillo (La cabeza de mi padre), me sacudió profundamente. Tocó fibras sensibles por la referencia a la desoladora novela de Juan Rulfo y todo el daño causado a uno de sus hijos.

Los lectores de Pedro Páramo saben desde el inicio de la obra que Dolores Preciado encomienda a su hijo Juan el cumplimiento de su última voluntad: que viaje a Comala en busca de su padre biológico, cuyo nombre es el del título de la novela de Rulfo. Ella le dice que no vaya con el fin de pedirle algo, más bien “exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”. Páramo no sólo engañó a Dolores y se quedó con sus bienes. A ella y su hijo les robó el derecho a una vida digna.

En La cabeza de mi padre la autora narra los estragos causados a su madre y hermanos por el abandono de Porfirio Murillo Carrillo, progenitor de ocho hijos. Alma Delia fue la menor y recordaba haber visto solamente una vez a Porfirio. Aprendió desde pequeña a imitar a sus hermanos, “que ponían finado en cada formulario escolar que pedía el nombre del padre”. Así se sumó al mito familiar porque era “más digno tener un padre muerto que un padre que no te quiere y duele menos”. A los 40 años un sueño premonitorio provoca que decida seguir las difusas pistas del padre y se embarca en su búsqueda, emprende un viaje geográfico, identitario, emocional y que desnuda no nada más el caso familiar, sino el de millones de mexicanos procreados y abandonados por el multiplicado casi al infinito Pedro Páramo.

No voy a intentar reseñar aquí La cabeza de mi padre, pero sí invito a mis pocos lectores a incursionar en las páginas de una obra que considero de gran potencial interpelante. Es, para mí, uno de los libros para releer, porque, como dijo Franz Kafka, cumple a cabalidad con las obras que nos cuestionan y diseccionan: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.

Existen múltiples estudios desde distintas disciplinas sobre las familias mexicanas. Desde miradas antropológicas, sicológicas, históricas y filosóficas, por mencionar algunas. Estos acercamientos son insumos para comprender la conformación y desarrollo de las familias; sin embargo, creo que otra puerta de entrada al tema es literaria y ésta puede sensibilizarnos para sentir la tragedia del castigo y/o abandono paterno sufrido por millones en México.

Zygmunt Bauman, bien conocido por sus varios libros sobre las características de las que llamó sociedades líquidas, consideraba indispensable la retroalimentación entre literatura y sociología para ensanchar los horizontes cognitivos que permitiesen “desvelar el misterio de la condición humana y de este modo desgarrar el velo tejido con prejuicios e insinuaciones de ideas equivocadas autoelaboradas”. Para él era “esencial que la sociología y la literatura trabajen juntas para aumentar nuestra capacidad de juzgar y revelar la autenticidad oscurecida por los velos que nos rodean y proporcionarnos la libertad de guiarnos por nuestras necesidades” (Zygmunt Bauman y Riccardo Mazzeo, Elogio de la literatura, pp. 12 y 20).

De un tirón Alma Delia Murillo ha quitado el velo para que podamos ver uno de los rostros del patriarcado, el de la huida de responsabilidades para con la pareja y los hijos. Arrancó, desde su propio dolor, el velo que pretende negar una realidad lacerante, la de un país en el cual “casi la mitad de los hogares viven sin el papá que un día fue por cigarros y no volvió” (p. 14). En la huida dejaron atrás y en el desamparo a niños que sobrevivirán, si lo logran, con déficits materiales y afectivos.

Al confiarnos su historia la autora abre interrogantes no solamente sobre la ominosa realidad que describe, ¿qué la provoca, por qué Pedro Páramo tiene tantos millones de émulos? ¿Cómo una madre abandonada, igual que la de Alma Delia, logra arrebatar del naufragio a sus hijos? ¿Por qué al flagelo del abandono paternal se suman fuetazos tan dolorosos como los “accidentes” que solamente padecen los más pobres? ¿Dónde están las instituciones que podrían sustituir el cumplimiento de responsabilidades abandonadas por el padre?

Otra interrogante que desprendo de la lectura de La cabeza de mi padre tiene que ver con la fructífera reproducción del síndrome de Pedro Páramo. Porque el asunto no es nada más de uno por aquí y otro por allá, sino de un engendramiento sistémico de padres que sin miramientos levan anclas para dirigirse a otros puertos. ¿Cómo romper la extensa cadena eslabonada por generaciones de padres ausentes, o de padres violentos que tal vez lo menos peor para sus hijos habría sido que se fueran?

Se hace necesaria una introspección no sólo familiar, sino social, cultural y en el Estado mismo para encontrar las formas de aminorar constantemente lo que carcome desde dentro de los hogares a los más indefensos, a la incontable progenie de Pedro Páramo.

Tu opinión es importante