Tirar del Hilo | La ultraderecha y los símbolos 

Por Paola Flores

Hay tres poderes que moldean la realidad: la política, la religión y el dinero. La ultraderecha (en casi todos los casos) pretende ostentar los tres. Hombres como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Javier Milei presumen su cercanía con Dios, su peso en dólares y la posibilidad de levantar a un electorado conservador. 

Pero la proeza de hacerse con la presidencia de un país no se da todas las veces. Ahí está, por ejemplo, Eduardo Verástegui y su inversión millonaria para consolidarse como candidato que a todas luces no cuajo. 

Durante los meses que duró su precampaña para conseguir las firmas necesarias para su registro, el mensaje que enarboló apelaba a símbolos y términos tan antiguos como el mundo: Libertad, Vida y Familia. En las reuniones a las que era invitado se presentaba como un escogido, un emisario. 

En redes sociales proyectaba la imagen de un caudillo que a punta de pistola enfrentaría a los terroristas de la agenda 2030 y en programas de televisión de Estados Unidos incluso elevaba oraciones en vivo. 

Verástegui hizo lo que muchos antes de él han hecho: se apropió de símbolos para representar al “salvador” de un México en sus propias palabras “no anda bien.” Con crucifijo en mano pretendió alzarse como una voz que alertaba sobre un futuro peligroso, sobre un régimen autoritario que busca destruirlo todo. 

La apropiación de los símbolos y la creación de ellos ha sido una constante en la historia, pues los símbolos influyen en la construcción de mitologías, rituales y mistificaciones y, por tanto, legitiman la acción política dentro y fuera de las naciones. 

Por ejemplo: La esvástica se remonta a cinco mil años antes de que Hitler decidiera incluirla cómo elemento distintivo del Tercer Reich, pero ahora cuando la vemos de inmediato la asociamos con ese periodo de la historia y lo que significó para el mundo. 

Verástegui hecho mano de los símbolos religiosos anidados en el catolicismo carismático y el intento fue burdo. No funcionó. Pues al llegar la fecha para la entrega de firmas que había estipulado el Instituto Nacional Electoral solo había reunido el 14% necesario. De 961 mil 415 firmas, dispersas en al menos 17 estados como lo establece la ley electoral, sólo presentó 164 mil y de ellas únicamente 139 mil son válidas. 

Y entonces, el Verástegui que el año pasado defendía a capa y espada al INE se retractó. En 2024 para el actor y amigo del ex presidente Enrique Peña Nieto, ese INE intocable está representado por bandidos. Unos maliciosos estrategas que le impidieron alcanzar su propósito divino que “jugaron con su dinero y su ilusión.”

El discurso, la justificación de su vergonzoso fracaso se lo atribuye al INE. Irguiéndose, al menos para sí mismo, como un rebelde, un antisistema digno de confianza. Una careta más del multifacético hombre que un día puede estar subido en el avión presidencial de un régimen corrupto como lo fue el sexenio de Peña Nieto y otro se alza (por cuenta propia) como el salvador de nuestro país. 

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