Por Paola Flores 

Octavio Paz decía que el mexicano sobrevive de máscaras. En El laberinto de la soledad las describe como un mecanismo de defensa para transitar por el mundo. René Bustamante las ha estudiado, documentado, coleccionado y concluye que en efecto: la máscara protege, esconde, pero también revela y transforma. 

El antropólogo oaxaqueño se ha dedicado los últimos 50 años a la preservación de este objeto milenario y asegura que las danzas y máscaras de los pueblos indígenas de México sólo se entienden conociendo su contexto y a las personas que resguardan su historia. 

Todo comenzó hace décadas en la Costa Chica de Oaxaca cuando en un viaje buscando un huipil de boda, lo encontró puesto en un hombre que también usaba una máscara de mujer. Eso lo impactó mucho.

Hoy en día en las paredes de su casa-museo cuelgan cientos de máscaras que ha recopilado en incontables viajes por el país y el mundo. 

Mientras caminamos por la sala principal del Centro de las Artes de San Agustín (Casa) cuenta que su mamá se resistió durante un tiempo a esta fascinación: “Decía que no quería entrar a mi casa, pero eso es por la carga ideológica que nosotros traemos, le ponemos a la máscara cosas que no existen en la realidad, la máscara es incapaz de hacer daño, el que la usa, ese sí”, dice divertido. 

Desde los 17 años René Bustamante va de comunidad en comunidad, preguntando, observando, “no las colecciono por coleccionarlas, las documento, documento el personaje, lo que significa, cómo son usadas, cuál es su presencia en las comunidades.”

Para él las máscaras permiten expresar miedos, fantasías o hechos históricos concretos, actuar fuera de los convencionalismos sociales, culturales o religiosos; resuelven dilemas y rompen tabúes estableciendo otras formas de comunicación: Muestran y ocultan. 

Muestran a los personajes de la conquista: los cristianos y los moros, muy presentes en casi todas las comunidades, a animales como el jaguar, las gallinas, el venado. Muestran facciones humanas propias de las actividades del campo, presentan al diablo, a la muerte. Y ocultan otros tantos enigmas: “Una máscara dice a veces más en la parte de atrás que en la de enfrente, porque la parte de atrás muestra el uso, la saliva, los mocos, y el sudor de la gente se impregna en la madera.”

Bustamante afirma que una máscara contiene mucha información, se puede saber incluso cómo fue tallada porque cada pueblo tiene su forma de tallar. Narra esto mientras observa con ojo experto cada una de las 750 piezas que se distribuyen a lo largo de la sala que ahora resguarda la exposición: Rostros Atemporales. Evolución y permanencia de las máscaras y danzas mexicanas, próxima a inaugurarse en el Casa el sábado 16 de diciembre a mediodía. 

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