Por Carlos Martínez García

Parece una exageración, pero entender mal un mensaje, hablado o escrito, puede costarnos la vida. Hace varios años lo comprendí mejor no tanto por bien documentadas investigaciones académicas sino mediante una pieza literaria de pocas líneas.

Su lectura, primero, provocó risas y, después, reflexiones acerca del lenguaje y la tarea de descifrarlo a través del entendimiento de las palabras. Comparto aquí la narración titulada Naufragio: “¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio” (Ana María Shua, en Lauro Zavala, selección y prólogo, Relatos vertiginosos. Antología de cuentos mínimos, décima reimpresión, Alfaguara, México, 2007, p. 68).

Tres palabras hebreas han sido traducidas en la Biblia como junco. “La primera es agmón, y se refiere a una planta con numerosos tallos erectos, delgados, largos y cilíndricos, unidos en la base, que crece junto a los ríos o embalses de agua dulce […] La Biblia [la] usa como símbolo de fragilidad y humillación (Is. 58:5-6), así como de pequeñez o insignificancia (Is. 9:14-15)”. Otro término bíblico hebreo para junco y trasliterado al español como gomé, es “un vegetal de mayor tamaño que el anterior, que también crece junto a los ríos y de cuyos gruesos tallos fue fabricada la arquilla que salvó a Moisés, cuando era un bebé (Ex. 2:3)”. Agrega que “se trata del famoso papiro egipcio (Cyperus papyrus) del que asimismo se realizaban láminas, a modo de papel, para escribir sobre ellas […] El término hebreo gomé fue traducido al griego como pápyros, (Job 8:11); biblos, (Is. 18:2) y elos, (Is. 35:7). Antiguamente era muy abundante a orillas del Nilo pero hoy prácticamente ha desaparecido”. El tercer vocablo “hebreo del Antiguo Testamento que, en ocasiones, se ha traducido por “junco” es suph (Is. 19:6). Aunque, en realidad, corresponde mejor al carrizo o a la espadaña”.

Me parece llamativo que gomé haya sido el material con el que se construyó la canastilla en la que fue puesto el bebé Moisés para salvarle la vida. Su madre “preparó una cesta de papiro, la embadurnó con brea y asfalto y, poniendo en ella al niño, fue a dejar la cesta entre los juncos que había a la orilla del Nilo” (Éxodo 2:3). Allí lo encontró la hija del faraón e incorporaría a la familia real. Igualmente gomé era el junco del que, tras cuidadosa elaboración, salían las tiras para formar los papiros. Entonces tenemos que de los juncos podían obtenerse pequeñas embarcaciones y el antecedente de nuestro papel, sobre el cual escribieron múltiples autores y autoras hasta que fue desplazado paulatinamente por el pergamino y éste, después, por el papel. Considero fascinante que los juncos sirvan tanto para navegar sobre ellos como para contener escritos. La lectura, metafóricamente, es navegación por mares ignotos, ríos conocidos, lagos transparentes o turbios.

La imagen de los libros como juncos recientemente la ha divulgado Irene Vallejo en El infinito en un junco. La obra es cautivante, modelo de cómo presentar un tema vasto y que requiere erudición de forma sencilla pero no simplista. De manera un tanto sorpresiva para los editores y autora, el volumen rebasó en el 2021 las doscientas mil copias vendidas y tuvo contratos para ser traducido a treinta y dos idiomas.

Sin tener la más mínima idea de la autora, ni haber leído y tampoco escuchado sobre El infinito en un junco, un tanto guiado por olfato lector en el 2020 adquirí la obra, dos meses antes que la pandemia de COVID-19 comenzara a hacer estragos en México. Ya en el confinamiento comencé la lectura del volumen, en medio de la incertidumbre y noticias del avance de los contagios.

Por oficio y placer gran parte de mis actividades tienen que ver con andar de junco en junco, de libro en libro, navegando en distintas épocas, condiciones humanas, utopías subversivas, dolorosos cauces que flagelan la vida propia y de otros, vislumbrando horizontes borrascosos que pueden tornarse lumínicos y conmovedores. Leer es navegar, con el anhelo de llegar a buen puerto para hacerse de más provisiones y continuar haciendo surcos en el mar.

Los juncos/libros me invitan a continuar navegando, a viajar incesantemente, incluso y, sobre todo, cuando no hay condiciones para emprender viajes que físicamente me lleven a otras geografías y formas de vivir la vida. Navegar, con los libros como barcos, nos capacita para entender las órdenes del capitán y, así, no naufragar.

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