Redacción

La periodista, escritora y conductora de radio y televisión, Cristina Pacheco falleció este jueves a los 82 años. Su hija Laura Emilia Pacheco, compartió la noticia vía Facebook: “Con hondo dolor, mi hermana Cecilia y yo participamos el fallecimiento de nuestra adorada madre Cristina Pacheco”.

Cristina Romo Hernández, más conocida como Cristina Pacheco anunció hace unos días su retiro de la vida pública debido a problemas de salud. Por más de 45 años condujo el icónico programa Aquí nos tocó vivir para Canal Once, donde entrevistó a diversos personajes de la cultura y sociedad mexicana.

Cristina egresó de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); a lo largo de su vida participó en diversos medios de comunicación, como La Jornada y Radio Fórmula. En 1962 se casó con el poeta y ensayista José Emilio Pacheco.

El 15 de octubre de 1986 en la unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana, dentro del ciclo de conferencias Confrontraciones. El creador frente al público, Cristina compartió cómo lo conoció:

Yo quiero saber si Cristina le llegó a José Emilio o José Emilio le llegó a Cristina.”

Qué barbaridad! No, yo debo decir que él me llegó y te voy a decir dónde: bajo la estatua de Alemán, increíble, en la Ciudad Universitaria. Yo era muy amiga de Monsiváis, que no es por nada pero pues yo creo que sí me tiraba los perros… yo pienso, no sé, pero no era novia de él, sino de un muchacho (esto no es para darles envidia, muchachas), de un jamaiquino que se inscribió en los cursos de verano y como yo hacía las tarjetas de los estudiantes en la oficina, por- que yo trabajaba en la planta baja, lo conocí y pues no hicimos novios y fue un escandalazo tremendo. Entonces, me cuenta Jose Emilio que Carlos le decía: “mira, ella es mi amiga pero anda con un bongocero, vamos a volársela”. El bongocero estaba, muchachas, increíble, la verdad, lo que sea de cada quien, era un hombre muy bello y muy encantador y todas las cosas.

Pasó mucho tiempo, él era novio de una famosísima pintora, ya entonces, una muchacha muy joven pero muy talentosa que se llamaba Liliana Porter y como era argentina ella y blanca, pues yo no me atrevía ni a mirar a José Emilio, decía: “no, aquí la competencia está muy dura”. Nos seguimos tratando en la Revista de la Universidad, él llegaba ahí a dejar sus artículos, él trabajaba en Difusión Cultural, yo le pasaba sus artículos y, curiosamente, debo decir que ahí trabajaba todo mundo, todos los escritores famosos que ahora conocemos. Ellos eran un poquito déspotas con las secretarias, yo digo que me gustaba mucho mi trabajo por- que me parece importante, pero llegaban ahí y decían: “a ver, párate porque va a llegar fulano (una como secretaria) o trae una silla a zutano o dame un café o pásame estas cuar- tillas; oye, no te equivoques tanto”. Pues yo no sabía escribir a máquina, allf aprendí. El era la única persona que me decía muchas gracias o me llevaba la silla yeso me parecía una co- sa muy bonita. Una vez me senté en un basurero y me dijo: “no hagas eso”, en uno de esos basureros para los papeles, me dijo: “no, no es el mejor lugar para ti, no te sientes en un basurero”. Me pareció buena cosa y dije este tipo vale la pena, además ya lo había yo leído.

Entonces vino a México una exposición de Picasso, que se hizo en el Museo Universitario y yo como empleada pues tenía que colgar los cuadros y todo eso y luego me dijeron que si quería ir de invitada . El problema era que no tenía vestido, no tenía con qué ir y entonces era compañera mía en la escuela una señora, una muchacha que ustedes conocen y han leído, que era Carmen Galindo, ella acababa de llegar de Europa y traía un abrigazo de antílope maravilloso y le dije: “Carmen, no es por nada pero me vas a prestar tu abrigo”. Naturalmente yo no llevaba nada y no lo digo así como María Antonieta Pons, no, es que no llevaba nada debajo porque no tenía . Entonces me puse el abrigo de Carmen, estaba bárbaro, sudé como loca, imagínenme con aquel abrigo que era prestado, yo decía: “si le pasa algo, ¿cómo se lo pago?”, no, es algo espantoso. Total, me puse el abrigo, José Emilio me veía sudar y me dice: “¿no te quitas el abrigo?” y le digo: “no gracias, a mí me gusta estar muy tapada”. Ese fue el inicio de un romance, salimos de ahí y me dijo: “¿sabes qué he pensado? que haríamos una pareja sensacional, ¿por qué no nos casamos?” Y ahí fue todo, desde entonces no nos hemos separado. ¿Qué te parece?

Texto retomado del Libro Confrontaciones, editado por la UAM en 1987.

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