Por Paola Flores

El mundo ha perdido a José “Pepe” Mujica, el expresidente de Uruguay, un hombre que nos enseñó que se puede gobernar sin corbata, vivir sin lujos y amar la vida sin miedo.

A los 89 años, y tras meses de batalla contra un cáncer de esófago que también había alcanzado su hígado, Mujica se despidió sin dramatismos. Como todo en él: sobrio, humano, auténtico. En enero, lo había dicho con la misma serenidad con la que hablaba del campo o de la muerte: “Tengo un cáncer esofágico que no tiene cura. Es terminal. Por ahora me estoy sosteniendo, pero el proceso es inexorable.”

No quiso tratamientos invasivos. Eligió vivir lo que le quedaba como había vivido siempre: en su chacra, junto a Lucía, entre plantas, perros y recuerdos. Dijo que la vida es un milagro y que hay que aprender a soltarla con dignidad.

Presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, lideró uno de los gobiernos más progresistas de la región. Legalizó el matrimonio igualitario, despenalizó el aborto y convirtió a su país en el primero del mundo en regular el mercado del cannabis. Pero su revolución más potente fue su coherencia.

El no era un político más. Tras pasar 14 años preso —varios de ellos en aislamiento— durante la dictadura uruguaya, salió sin odio y con la convicción de que la única revolución verdadera es la que se hace desde adentro.

Vivía como hablaba. Donaba casi todo su salario. Iba a trabajar en su viejo Volkswagen celeste. Rechazaba el consumismo con la calma de quien ya ha tenido todo y ha perdido más. Su pequeña casa en las afueras de Montevideo se volvió símbolo de una política posible, más humana, menos espectáculo.

Hoy, Uruguay no solo despide a un expresidente. El mundo despide a un sabio. A un filósofo de la tierra. A un guerrillero que prefirió el perdón a la revancha. A un viejo terco que hablaba de amor en plena selva de egos.

Y mientras los medios hablan de su legado político, sus compañeros de lucha, los vecinos del barrio y los jóvenes que se tatuaron su frase “ser libre es gastar la vida en aquello que a uno le gusta” se lamentan.

Pepe Mujica no se fue. Solo volvió a la tierra.

Como él decía: “La vida se va, y uno no se da cuenta. Por eso hay que vivir con causa, no por casualidad.”

Hoy su causa es nuestra memoria. Y su ejemplo, una semilla.

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