Por Paola Flores

Taha tiene ocho años y le gustan las historias de héroes. Tiene ojos cafés y una sonrisa tan bella que el mundo entero debería sonreírle de vuelta, pero no. Salió de Afganistán el año pasado y llegó a México hace unos días, luego de un viaje extenuante en el que vió morir a su abuelo y se cruzó con agentes migratorios y policías corruptos. 

Viaja con su familia, sus padres: Jaeda y Arif Rasooli; su hermana, Raha; su abuela, Vasiri y la familia Nasir. Es el único que habla español. Asumió el papel de intérprete porque dice que aprendió en Colombia. Antes estuvo en Brasil, donde aprendió algo de portugués. Si le preguntas cómo lo hizo te dice muy honesto que sólo se puso hablar con la gente: escuchaba que decían y respondía. 

Posee una memoria prodigiosa, pero sobre Afganistán no dice mucho, no extraña estar ahí. A su corta edad entendió que ese era un ambiente de muerte, simula un cuchillo recorriendo su cuello y un arma disparado su cabeza. Así de simple y siniestra es su respuesta sobre su país de origen. Desde el 15 de agosto de 2021 en esa región gobiernan los talibanes. 

Al llegar a la capital oaxaqueña este miércoles por la mañana desayunó huevito con jamón y se puso a jugar con una pelota del globo terráqueo, él hace que se vea sencillo tomar el mundo y arrojarlo sin cuidado. Junto con su familia y amigos fue recibido por una familia al oriente de la ciudad y es aquí donde nos conocimos.

Taha describe su azarosa travesía con mucha precisión. Recuerda cada tramo que ha recorrido, con sus dedos pequeños salta de un país a otro sobre el balón y cuenta las veces que caminó, cuando se subió a un motor —como él llama a los coches— y cuando voló en avión para salir del sur de Asia. 

Su padres lo observan orgullosos y agradecidos. El martes en la noche en el autobús que venía de Salina Cruz a Oaxaca, agentes del Instituto Nacional de Migración los bajaron para exigirles su cuota de paso. Taha tradujo lo que los agentes les estaban pidiendo. 

Este tipo de situaciones se han convertido en una constante y pese a las quejas de los demás viajeros, los conductores de ADO siguen deteniéndose cada vez y esperan hasta que los agentes realizan su corruptela. 

Pese a ello la alegría de Taha sigue intacta. Adora tomar Coca-Cola y cantar canciones en inglés. Se sabe completa Beliver de Imagine Dragons. 

Baila mientras repite you made me a, you made me a believer, believer. 

El jueves abordará otro autobús para trasladarse a Ciudad de México, se da cuenta en el mapa que ya está muy cerca de Estados Unidos y eso le saca una enorme sonrisa.

No tiene idea de lo larga que es la espera para obtener una visa humanitaria. Por lo pronto seguirá jugando con la pelota del mundo mientras escucha Feeling Good de Nina Simone. 

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