Por Flavio Sosa Villavicencio

Mi padre debió ser arquitecto. 

Yo era un muchito y miraba: un terreno arado por él me parecía la hoja de una libreta con renglones perfectamente trazados.

Cuando el terreno era pedregoso o torromotudo se asoleaba y solazaba (literalmente) trazando rectas con su yunta de bueyes (un meco cacho gacho uncido a un sardo) y su arado egipcio. Los surcos que pintaba eran una oda a la geometría.

El día de la siembra era un día de gritos y exigencias, dos maíces en cada paso, y la tierra bien apretada, nada de que tres y medio tapabas el maíz, bien sembrado, bien cubierto con tierra. 

El maíz es sagrado y se cuida, dos maíces es suficiente. No se siembra cualquier maíz, se siembran maíces selectos, maíz de semilla le llamamos. 

Las milpas que nacían parecían simétricamente colocadas a lo largo y ancho del terreno. 

Teníamos un terreno que le llamábamos “El corral”, tal vez unas dos hectáreas. La gente le llamaba “El pasajuegos”. Era un terreno de siembra, pero en la cabecera había una franja destinada al juego de pelota mixteca. Todos los domingos y los dias de fiesta, jugadores musculosos aporreaban con un guante de cuero y remaches tipo estoperoles de acero, una pesada pelota de hule crudo que al elevarse, desplazarse en el aire y ser rebotada provocaba un espectáculo solar delirante, deslumbrante.

Uno de los más bellos recuerdos de mi infancia campesina es haber visto en El corral brillando dorados girasoles que mi padre cultivó en un par de temporadas. Sé que Oaxaca no tiene la luz de Holanda pero tiene un perfume que embriaga, encanta. 

No es el mezcal, es Oaxaca, murmuraba en un viaje permanente Malcom Lowry. 

Al recordar la milpa y los girasoles no puedo evitar pensar en Van Gogh y en mi padre. Los imagino mirarse el uno al otro, Van Gogh percudido por el trabajo en una mina de carbón, mi padre tostado, envejecido por el sol.

Encontré una foto de la casa paterna: una magnifica, frondosa buganvilia floreando en púrpura al centro de un patio de cuarenta por treinta tal vez, un árbol cargado de guajes en el lado izquierdo y una vaca pinta echada bajo la sombra de un pipe en el lado derecho. Atrás de la vaca junto al pipe, hay tejas perfectamente ordenadas en hileras.

La foto no es muy buena pero los colores están vivos, no más que en mi memoria. 

Mi padre debió ser arquitecto, paisajista.

Dice mi madrina que nací a la mitad de una granizada un lunes de madrugada, granizos como piedras precisa mi mamá. 

La pieza grande era multifuncional, ahí estaba la mesa del santo era sala, recámara y bodega. Ahí se tendían los petates para dormir, ahí también se guardaba la mazorca deshojada o el maíz. 

En ocasiones cuando la lluvia era dura, el techo goteaba, la teja era fresca pero la lluvia intensa la humedecía. Si nos caían las goteras durante el sueño había que mudar el petate. 

Ahí me parió mi madre, en un petate, en la pieza grande, frente a la mesa del santo, a un lado del montón de maíz de semilla. Afuera caían granizos como piedras. 

Irene, mi madre, parió seis hijos. 

Irene trabajó, desde que se casó, al lado de mi padre, el rudo, muy rudo trabajo de llevar almuerzo y comida para los mozos y mi padre al campo para ella era cosa de todos los días. 

Soportar el sol, el peso del chiquihuite en la cabeza, los gritos del marido, el calorón y el humo del brasero de leña mermó la fuerza de su temperamento. 

Qué difícil debió ser para mi madre amar y soportar al marido, los trabajadores y seis muchitos glotones entre machismo y pobreza. 

¿El amor puede ser un fardo?

Leo sobre el nombre de mi madre: Irene era la hija de Zeus y Temis, le fue asignada la personificación de la Paz, la riqueza (abundancia), y la primavera. Esto para los griegos. Los romanos la llamaban “Pax”, que era la virtud de la serenidad, la paz. 

Un día la soñé leyéndome un poema de Wislawa Szymborska:

FIN Y PRINCIPIO

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes…

Irene con su vida escribía poesía, amaba llevando un fardo en la espalda. 

Escucho al facho Javier Milei hablar de las jubilaciones, pretende justificar jubilaciones de miseria para las viejas y viejos de la Argentina, balbucea algo así. 

Mi papá y mi mamá tienen la misma jubilación, ¿Como puede ser? Mi mamá no trabajó y mi papá sí.

Escucho al presidente López Obrador explicar un mecanismo para aumentar sustancialmente las pensiones. Un fondo de pensiones para el bienestar, propone. Después se refiere a la pensión universal para adultos mayores. 

Viene a mi mente una imagen mítica: 

Sísifo castigado empuja eternamente una roca cuesta arriba. 

La derecha, los machos y los fachos (Milei, entre otros), pretenden convertir a las mujeres en Sísifas. 

Para ellos las mujeres no trabajan y deben empujar eternamente una roca cuesta arriba. 

Pobre Argentina, tan lejos de Dios y tan cerca del fascismo.

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