Una sucesión por elección 

Por Paola Flores

Gobierne quien gobierne, el sistema político mexicano no puede permitirse ser distinto. Un viraje brusco cimbraría las frágiles bases que lo sostienen y pondría en riesgo su supervivencia misma porque el poder que la Presidencia de la República emana es definitivo, pero no total. Hay otros poderes, otros factores que determinan el éxito o el fracaso de un proyecto de gobierno. Y el presidente Andrés Manuel López Obrador lo sabe. 

La historia reciente del presidencialismo mexicano nos ha enseñado que las sucesiones pueden ser por elección o decisión y por descarte o eliminación. De cada tipo se derivan consecuencias y procedimientos diferentes y no es una ciencia exacta. En determinado punto todas han sido en parte por eliminación, en parte por elección, y quien impone e imprime su sello al proceso entero es el presidente en turno. 

Y si hay algo que Andrés Manuel López Obrador cuidó desde el minuto uno de su sexenio, fue el momento de la sucesión. Él eligió y eso extrema los resentimientos al interior de Morena, pero garantiza, al menos en el panorama próximo la continuidad de su proyecto de nación.  Ambición de todo presidente saliente. 

Alguna vez Adolfo Ruíz Cortines explicó que el presidente no puede tener ni mas de tres candidatos, ni menos de tres. Si son dos y se inclina por uno desde el principio, la jauría lo hace pedazos y llega muy lastimado. Además, si el predestinado se enferma o tiene un escándalo, hay que echar mano de otro, y éste se va a creer o plato de segunda mesa, o que llegó por sí mismo, y los demás va a pensar que el presidente se equivocó. Nunca el número es superior a tres: lo demás es relleno para que se repartan los trancazos. 

No cabe duda que esta sucesión tuvo un ritmo propio, pero cuidadosamente vigilado por el gran elector. Desde 2022 se avisaba mas claramente el papel que cada una de las “corcholatas” tendría en el proceso. Todo fue meticulosamente cuidado, las encuestas, el anuncio oficial de los resultados, incluso la entrega del bastón de mando en las cercanías del Templo Mayor. 

La sucesión por elección del presidente fue un brillante juego, donde cada pieza interpretó su necesaria función de manera magistral. 

Adán Augusto López, hoy coordinador de campaña de Claudia Sheinbaum, era un sucesor natural, habiendo sido secretario de gobernación y cercano al presidente, cualquiera diría que su margen de operación era cómodamente amplio. 

Mientras que Marcelo Ebrard concluyó, lógicamente, que el presidente se hallaba muy satisfecho con su desempeño, pues actuaba con el visto bueno de éste, creyó (ciego) que estaba en el juego. 

Claudia, por su parte fue colocada en una posición riesgosa, pero estratégica. Su función como jefa de gobierno en la Ciudad de México fue un el lugar perfecto para supervisar sus movimientos, pero sobre todo su lealtad. 

Aspecto final que determinó la elección del presidente. Hasta ahora la lealtad de Claudia a los designios del gran elector supera con creces a la de sus rivales. 

Lo otros, lo que nunca figuraron en la terna: Noroña, Monreal y Manuel Velasco, fueron el relleno, no sin mérito político, pero relleno a fin de cuentas, piezas en este juego, en el imprescindible engaño de la sucesión presidencial en México. 

De ganar Claudia, en 2024 Obrador habría conseguido una sucesión casi perfecta, conservando gran parte del timón político. 

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