Por Miguel Ángel Vásquez de la Rosa
Soberano espectáculo dio la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum —ahora que la palabra está de moda— durante su visita a Huajuapan de León, Oaxaca. En un acto de entrega de viviendas salió a defender con uñas y dientes al senador Alejandro Murat Hinojosa, luego de los abucheos que recibió por parte del ‘pueblo bueno’, que rechazó su presencia en el evento.
Esto ocurrió en un acto con un público totalmente controlado. Imagínense lo que habría sucedido en un evento abierto. El mensaje fue claro: entre las bases de Morena sigue causando rechazo la presencia del exgobernador de Oaxaca, quien además dirigió el Infonavit y sobre cuya gestión pesan serias sospechas de corrupción.
Con su intervención, la presidenta terminó aplicándole al gobernador Salomón Jara la misma medicina que en su momento Andrés Manuel López Obrador le aplicó, exhibirlo en la plaza pública, dividir a las huestes de Morena y dejar en evidencia hacia dónde se inclinan realmente los afectos del poder.
En lugar de asumir el costo de gobernar, Claudia Sheinbaum opta por la politiquería. Razones sobran para aplicar la ley en Oaxaca, investigar a los funcionarios, revisar el manejo del presupuesto público y esclarecer cómo se están utilizando los recursos de las y los oaxaqueños. Pero prefiere evitar ese costo político. En su lugar, enfrenta a los grupos internos para que sea la propia militancia la que desplace a Salomón Jara, lo dé por políticamente desahuciado y abra paso a la nueva corriente que pretende gobernar el estado.
Desde la llegada de Salomón Jara al poder, Morena (y el gobierno federal) dejó hacer y dejó pasar. Toleró excesos, cerró los ojos ante las denuncias y hoy comienza a pagar las consecuencias de esa complacencia.
Si de verdad quisiera actuar, antes de poner a pelear al gobernador y al exgobernador en la plaza pública, la presidenta tendría que ordenar a la Fiscalía —que de autónoma tiene muy poco— una investigación seria, rigurosa, profesional y apegada a derecho sobre el asesinato del periodista Alejandro Leyva. Una indagatoria, sin cabos sueltos, seguramente haría rodar muchas cabezas.
Pero eso es precisamente lo que no quiere la presidenta. Es más rentable enfrentar a unos contra otros, desgastarlos frente a su propia militancia y, después, negociar posiciones y acuerdos políticos. Mientras tanto, la justicia seguirá durmiendo el sueño de los justos.
Pura politiquería.




