Después de una catástrofe, hay tres caminos, explica uno de los forjadores del término resiliencia: seguir como antes, votar a un dictador que promete seguridad o evolucionar y renacer

Por Daniel Verdú

Esta entrevista se publicó primero en el diario EL PAÍS.

Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937) asoma por la puerta de uno de los despachos de la editorial francesa que publica su obra. Tiene un gesto extraño, cabizbajo. No es un estado mental, aclara, tiene una tortícolis que apenas le permite despegar la barbilla del pecho. Pero cuando lo hace, sonríe, bromea y mantiene intacta su ironía. 

Cyrulnik —quizá eso le ayude a seguir de buen humor pese al dolor— es uno de los padres de la idea de resiliencia. Etólogo y neuropsiquiatra, ha dedicado su vida a explicar cómo las personas pueden recomponerse después de un trauma como el que sufrió él mismo una noche cuando, con apenas seis años, cuatro oficiales alemanes armados lo detuvieron por ser judío. Estuvo escondiéndose de la Gestapo los siguientes años y logró sobrevivir, pero sus padres fueron deportados a Auschwitz y no los vio nunca más. “Muchas investigaciones, como la mía, parten de la propia experiencia”, aclara ya acomodado en una butaca.

Cyrulnik ha sido consejero del presidente Emmanuel Macron y presidió la Comisión de los primeros 1.000 días creada por el jefe del Estado a su llegada al Elíseo. Un artefacto administrativo y consultivo para comprender cómo esa primera etapa de vida afecta de forma irreversible al desarrollo de los niños, a su capacidad para hablar y para relacionarse con el mundo. Todo en ese tiempo es esencial, relata, especialmente un contacto con el padre y la madre lo más prolongado posible para desarrollar la evolución de nuestros víncu­los afectivos, una teoría que ha expuesto en Cuando el amor se vuelve apego (Paidós, 2026). Pero Cyrulnik, más allá de su gran resistencia al dolor cervical, tiene también una extraña capacidad para predecir el futuro basándose en datos científicos que descifran el comportamiento de los más jóvenes. Y esta vez no trae buenas noticias. 

Pregunta. ¿Cómo ha pasado esta canícula

Respuesta. Mal. Pero, al menos, donde vivo no hace tanto calor. 

P. Podríamos apelar a la resiliencia para entender lo que ha hecho falta en algunas casas francesas para soportarla. 

R. El término se inventó justamente para hablar de lo que ocurría después de una inundación o un incendio cuando otra forma de vida aparecía. Fueron los agricultores quienes forjaron la palabra a propósito de lo que les sucedía a las flores: cuando hace calor se encierran en sí mismas para evitar la evaporación de la poca agua que tienen, y si eso se prolonga se convierten en una flor con espinas. Esa transformación define la resiliencia. 

P. Parece aplicable a los humanos también. 

R. Por supuesto. Fue la psicóloga Emmy E. Werner la que trasladó ese concepto climatológico o de territorio a la psicología para explicar cómo los niños traumatizados logran vivir de otra forma después de ese golpe. 

P. ¿Hemos abusado del término? 

R. Sí, claro. Todos las palabras científicas han sufrido un abuso. El concepto ADN, por ejemplo. Cuando alguien dice: “Está en el ADN de la empresa”, es todo lo contrario de lo que significa. No conoce la fórmula química que lo define. O cuando alguien dice que determinada persona es un idiota olvida que esa fue una palabra científica. Ocurre lo mismo con la histeria, que hizo fortuna con Freud, pero hubo que retirarla de las clasificaciones de enfermedades mentales porque se convirtió en un insulto a las mujeres. Pero la resiliencia es un concepto sencillo: cómo comenzar un nuevo desarrollo después de un traumatismo. 

P. Se utilizó mucho durante la pandemia y dijimos que saldríamos mejor de aquello. ¿Aprendimos algo? 

R. La evolución de los seres vivos surge siempre después de una catástrofe. Actualmente estamos todavía en plena catástrofe, así que hay dos opciones: o no evolucionamos o adoptamos otra forma de vida en sociedad. El Renacimiento italiano, por ejemplo, empezó así, una epidemia de peste que se originó por la Ruta de la Seda. Las tripulaciones no respetaban las cuarentenas para ganar más dinero y por la noche desembarcaban con bacilos de peste. Dos años después, un europeo de cada dos murió, pero la cultura cambió. Eso es la resiliencia. 

P. Pues no se aprecian muchos cambios después de la pandemia. 

R. Ha pasado poco tiempo, pero llegarán. Se necesitan muchos años para la evolución. La píldora anticonceptiva fue descubierta en 1929, pero se autorizó en 1967. Solo entonces las mujeres fueron dueñas de su fecundidad. Se necesitaron 40 años de debate filosófico antes de aceptarla, mientras su descubrimiento había sido sencillo. 

P. ¿Y ahora en qué punto estamos? 

R. Después de una catástrofe hay tres caminos. Seguir como antes, no cambiar nada. Otra opción es votar por un dictador que promete seguridad y confianza. Un caudillo que dice: “Yo sé lo que hay que hacer”. Y una tercera vía que es el renacimiento. Hoy, lamentablemente, cada vez hay más países autoritarios, sociedades desorganizadas socialmente, violentas, que no saben qué hacer y le dan el poder a un dictador al que eligen en las urnas. Mire a Trump o lo que ocurrió con Bolsonaro. 

P. En Francia, Marine Le Pen se encuentra más cerca que nunca de lograr la presidencia

R. Ese es el peligro. Cuando una sociedad está desorganizada corremos el riesgo de buscar a políticos como Le Pen o Jordan Bardella [el presidente del ultraderechista Reagrupamiento Nacional]. Prometen que saben de dónde viene el mal y cómo combatirlo. Pero tradicionalmente siempre les basta con echar a los extranjeros, ir a por algunos judíos o matar a algunas brujas. 

P. Mucha gente que lamenta el antisemitismo en Francia no recuerda ahora que el RN fue un partido originalmente fundado por antisemitas, colaboracionistas y exmiembros de las SS. ¿Cómo es posible? 

R. Pétain fue elegido. Y Lavalle [su primer ministro] fue un antiguo responsable socialista. Es un clásico. No creen mucho en las ideas políticas, creen en las biológicas, psicológicas o culturales. Los políticos recuperan todo eso para llegar al poder, pero no para pensar.

P. Esa generación que iba a salir tan mejorada de la pandemia se ha vuelto más conservadora y religiosa

R. Están ansiosos. Hay demasiados cambios que generan trastornos. La escuela se ha convertido en un lugar que infunde miedo. A mí me salvó, pero hoy a los niños les genera inquietud. Los padres ponen demasiado peso en lo que ocurre ahí, les dicen que si fracasan están acabados. Y así lo convierten en un lugar de angustia. En países como Japón es directamente un territorio de maltrato que ha provocado muchos suicidios. ¿Qué pasa si se pierden un año o dos? Nada. Es mucho peor estresar a los niños, angustiarlos, robarles el sueño. Esa angustia es lo que termina derivando en opciones políticas autoritarias. 

P. Hay una cierta sensación generalizada de que somos más intolerantes, más violentos, más incultos, menos atentos… ¿Es así? 

R. Presidí por encargo de Macron la Comisión de los 1.000 primeros días: 300 días de embarazo, 300 en los brazos, el resto de nuestra vida en nuestras palabras. Son los tres nichos sensoriales y, cuando no están unidos, hay una disfunción cerebral. Cuando el medio es alterado, especialmente en los niños, la parte frontal del cerebro no es estimulada y queda atrofiada. Y ese es el lugar donde se genera la anticipación. 

P. ¿Qué quiere decir? 

R. Si se fotografía el circuito de las neuronas que crean algunos senderos se ve cómo están oscurecidas por el entorno. Si hay una alteración cerebral, la amígdala queda hipertrofiada y eso genera pulsiones violentas y sexuales que no pueden controlar. Si se fija, nunca ha habido tantas violaciones, tanta confrontación con padres o profesores. Francia ha aprobado recientemente la prolongación del permiso por paternidad. Y eso es muy bueno. Porque los análisis revelan que cuando el padre y la madre pueden pasar más tiempo al comienzo de la vida con el niño hay menos casos de depresión y se desarrollan en mejores condiciones. 

P. ¿Y eso qué implica? 

R. Que ya no votan a la derecha [se ríe]. No, en serio, significa que no son violentos, tienen confianza en ellos, en sus compañeros y en sus padres. Ese es el problema principal. Nunca ha habido tanto sexismo entre los adolescentes: chicos y chicas. Nunca ha habido tanto incesto en Francia, y eso es un buen marcador de la desorganización de la sociedad. 

P. ¿Cómo debería ser el entorno perfecto para esos 1.000 días? 

R. Los niños tienen que estar todo el tiempo rodeados, en seguridad. Y eso lo hacen muy bien los africanos. Ellos creen que se necesita crear un pueblo para hacer crecer a los hijos. Y John Bowlby, mi maestro, que inventó la teoría del apego, sostenía que hace falta un grupo familiar de seis a ocho personas. Y eso ya no existe en Francia o en Estados Unidos. Los niños nunca están solos porque entonces pueden ser víctimas de depredadores u otros peligros. 

P. ¿Las pantallas forman parte hoy de esos peligros? 

R. Son instrumentos mágicos, de comunicación. Pero no de relación. Más de tres horas al día para un adulto implican un riesgo de depresión multiplicado por cuatro. En un niño preverbal, antes de tres años, significa un retraso del lenguaje parecido al de un autista. 

P. ¿Está a favor de prohibirlas como ha hecho Francia antes de los 15 años? 

R. Se hizo en Australia y no sirvió de nada. Fue un fracaso. Ven la pantalla de al lado, cogen el teléfono de sus padres… 

P. ¿Y qué hacemos? 

R. Los padres deben ser un ejemplo y no estar todo el día con el teléfono o la pantalla. Hay que desarrollar las otras relaciones: el teatro, el deporte… Las pantallas son instrumentos útiles, pero hay que luchar contra los efectos secundarios. No hay progreso sin efectos secundarios. Y en este caso son el aislamiento, la alteración de las relaciones. Los bebés, por ejemplo, dejan de entender determinadas reacciones de los adultos cuando están con la pantalla, pierden el rastro de la comunicación. 

P. Usted habla del apego en su libro y lo distingue del amor. 

R. En neuroimagen y psicología se establece una gran diferencia entre el amor y el apego. El amor es psicológicamente un trueno. Usted no sabe qué hace esa persona en la vida ni cómo se llama, pero le hace feliz. El apego, en cambio, es el amor intenso, prolongado. Y cuando obtenemos imágenes neurológicas vemos que el apartado de la recompensa está sobreestimulado en esos casos. El apego es el sistema de la memoria, hace falta una estabilidad afectiva para que el niño o la pareja aprenda a desarrollarlo. Y cuando sucede, tiene un efecto tranquilizador. Y eso, volviendo a la política, hace que no tengamos necesidad de dictadores. 

P. ¿Por qué? 

R. Cuando hay incertidumbre, la gente da el poder a un dictador. Si tienes un grupo, una familia o compañeros que proporcionan seguridad, optarás por un programa, el desarrollo de ideas. Algo que aquí no ocurre. ¿Usted conoce el programa de Le Pen o Bardella? Hoy importan solo las alianzas para llegar al poder. 

P. ¿Teme lo que pueda ocurrir en Francia en las próximas elecciones? 

R. Sí, porque están muy bien colocados. No se puede discutir con ellos porque tienen convicciones. No se puede debatir con los fanáticos religiosos, políticos o económicos, como Trump. Si no piensas como él, eres un idiota. Mire en Colombia, acaban de elegir a otro extremista. 

P. La violencia de la que habla se expresa de forma más evidente en los hombres. ¿Cree que si hubiera más mujeres gobernando habría menos conflictos? 

R. No, hay muchas mujeres seducidas por Trump y este tipo de líderes. Y, además, mire Margaret Thatcher, Catalina de Rusia o Margarita de Francia… Cuando acceden al poder son tan violentas como los hombres, pero acceden de forma menos frecuente.