Por Paola Flores
En las comunidades de Oaxaca, la música es una forma de vida. Lo es para los jóvenes que se preparan en el Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe (Cecam); lo es para el director, Francisco Javier Vargas Luna, quien el 29 de junio ganó el 1er Lugar en el Concurso Internacional de Dirección de Banda, La Guardia, Toledo 2024.
En abril pasado grabaron juntos el disco Los ritmos de mi tierra, un álbum que regresa a los sonidos de las regiones de Oaxaca y eleva su singularidades.
Pese a la distancia geográfica y a la diferencia de horarios, organizamos una entrevista con el director Javier Vargas. Él vive en Estrasburgo, Francia, donde dirige y enseña. Y contó en entrevista que este proyecto es artesanal, él compuso las obras, preparó a los músicos, grabó y está editando. La distribución también va por su cuenta.
Para disfrutar esta charla, les dejó por aquí la primera pieza del álbum: Regada Zapoteca, un fandango istmeño.
¿Cómo surgió el proyecto Los Ritmos de mi Tierra?
Es un proyecto que tenemos en conjunto con la escuela del Cecam, donde yo estudié hace unos 15 años. Estaba buscando en Oaxaca una banda que tuviera un nivel artístico y disponibilidad para poder trabajar y la banda del Cecam era la banda indicada, por el nivel de exigencia que existe en la institución, por los lazos personales y sentimentales que tengo directamente con Tlahuitoltepec y yo sabía que era el mejor lugar para empezar a grabar mi música.
Yo no me consideraba un compositor hasta hace muy poco, he compuesto, pero muy poca de mi música la he sacado la luz, a veces porque soy un poco estricto, muy exigente en el tema de componer, además quería ser el director al momento de grabar, para darle el estilo de la música que yo quería escuchar, por eso me espere a estar en Oaxaca, para hacerlo ahí.
La mayor parte de la música que compongo está inspirada en Oaxaca, en la nostalgia que tengo, yo compongo por nostalgia.
Lo quería hacer desde antes, pero llegó la pandemia. La pandemia jodió todo y durante el tiempo que salimos de la pandemia, por 2022 cuando ya se veía la luz al final del túnel, empecé a tener muchas responsabilidades aquí con mi trabajo y entonces ya era más complicado ir a México. Se dio hasta ahora porque tuve la oportunidad de estar tres meses en Oaxaca.
El proceso de grabar 13 obras y alcanzar los niveles de exigencia que yo quería para la banda, no se hace en una semana o en dos, hay que conocer muy bien a la banda de música. Además no quería llegar al Cecam y decirles: miren aquí está mi música vamos a grabarla, creo que no es lo más correcto. Fui a darles clases, sin ningún costo y les propuse grabar mi música; les di clases de dirección, de clarinete, hablamos mucho de musica. Luego de dos o tres visitas, la última ya fue para dedicarnos a grabar mi música.
¿Cómo elegiste el nombre del álbum?
A partir de que llegué a Estrasburgo conocí a mucha gente de Latinoamérica, muchos chilenos, colombianos, argentinos, venezolanos. Gracias a la lengua que compartimos y también a la añoranza que sentimos por nuestra tierra he podido convivir con mucha gente, he aprendido mucho de ellos a través del tiempo.
Nos sentamos a hablar sobre los diferentes ritmos que hay en Latinoamérica, por ejemplo, para nosotros en Oaxaca una chilena es un ritmo normal, pero eso un chileno no lo entiende. Te pones a investigar y resulta que ese ritmo viene de la costa de Chile y que le pusimos chilena en Oaxaca y se parece a un ritmo que en Colombia le llaman son.
Me di cuenta que mucha de la musica latinoamericana esta ligada a este sincretismo que existe alrededor de la llegada de las musicas de Occidente, los ritmos africanos y los ritmos indigenas, se fue creando un bagaje enorme de ritmos que existen en Latinoamérica.
Tengo una lista de esos ritmos, en México existen muchísimos, no es lo mismo tocar un son jarocho, que tocar un son huasteco, no es lo mismo tocar un son istmeño, que tocar un son de la Sierra Juárez, o un fandango tehuano o uno de la Sierra Mixe, tiene diferentes cambios, matices y formas musicales.
No es lo mismo tocar un fandango en Santa Lucía, que tocar un fandango en Colombia o en Venezuela, hay una gran variedad y gracias a ese proceso de conocer a mucha gente me he puesto como proyecto de vida, hacer todos los ritmos de Latinoamérica hasta donde yo pueda. Ese es mi proyecto a largo plazo. Realmente el álbum, es un álbum de vida.
Ahora los discos ya no tienen tanto valor, no es como que sacas el volumen I el volumen II, quiero sacar a largo plazo todos los ritmos que pueda y a todas las obras que vaya sacando, les voy a poner de donde es el ritmo y a que región pertenece, como la primera obra del álbum que es un fandango istmeño.
Por la forma musical de esta obra y el tipo de orquestación que Javier Vargas usó, el instrumento que más sobresale es el sax-barítono.
Además, en este primer álbum ha montado un bolero que viene de Cuba, un fandango istmeño, un son istmeño, un son zapoteco y el paso doble taurino que viene de España. También compuso una chilena, un son chilena y un ritmo colombiano que se llama sanjuanero. Según explicó Javier, ese le gustó mucho a los chicos del Cecam.
Y tengo todavía pendientes un huaino de Perú y un bambuco colombiano, hay muchísimos. Hace poco fui a Colombia y confirmé que cada región adapta las musicas de diferente forma, con una diferente instrumentación, con una variante rítmica que hace que todo sea diferente y eso es lo que hace rico mi proyecto a largo plazo, abarcar la mayor cantidad de ritmos posibles.
Al final toda la música se ha nutrido de otra música… es un intercambio de las diferentes culturas
Claro, nosotros tenemos una gran herencia de los ritmos africanos, una gran mezcla de las formas indígenas y una gran herencia de Occidente, hay que aceptarlo. Las bandas de música vienen de Occidente, de lo que fue la colonia, y en su momento de cuando llegó la intervención francesa. Esa influencia fue llegando a los pueblos y cada uno de los pueblos adapta la banda como ellos quieren, no es lo mismo una banda istmeña que una banda serrana, mixe, etc. La verdad es un proyecto que me ilusiona mucho. Cada día trato de escribir un poco…
¿Cuánto tiempo te tomó conformar las 13 piezas que son parte del álbum?
El proceso de composición es un proceso diferente en cada obra, hay algunas piezas que integre en este álbum que yo compuse hace 10 años y que las tenía ahí guardadas y hay otras que las compuse una semana antes de grabar el álbum, no hay como un orden, lo he compuesto así. En la pandemia yo extrañaba mucho Oaxaca, quería volver, pero no podía porque mi pueblo estaba cerrado y no tenía caso que fuera a México, entonces ahí comenzó todo.
¿Cómo fue el proceso de grabación?
Fue muy rápido, fui por primera vez a Tlahui en febrero, luego en marzo. Luego de los cursos, les compartía mis piezas y las tocábamos juntos y ellos las fueron conociendo y una vez que sucedió eso, en el mes de abril llegue un lunes, ensayamos toda la semana, dos horas por las tardes, y el lunes de la siguiente semana comenzamos a grabar, en una mañana hicimos tres piezas, por la tarde otras tres, y en dos días grabamos todo.
Ayudo mucho la preparación durante los meses anteriores, si yo hubiera llegado sólo a grabar, quizá me hubiese costado un poco más, siempre detrás de la música que las personas escuchan hay mucho trabajo, mucha química.
Los chavos del Cecam, son jóvenes, hay que ir hablando con ellos para que no se pongan nerviosos, tratamos de hacerlo de la forma más relajada, para que ellos se sintieran así y todo saliera bien. La verdad es que a mí me encantó el proceso.

Mencionas esta parte de la química, ¿cómo funciona? ¿Puedes ponerla en palabras?
La química necesita tiempo y madurez del director, por ejemplo, yo había pensando en grabar con la banda de música del estado, pero yo siento que con ellos es un poco complejo, al menos en este momento porque no tienen una buena situación, no hay una buena sala de ensayos, incluso grabar en Oaxaca hubiese sido más complejo porque son músicos que son asalariados y si les metes horarios extras y más exigencia a veces esa química se rompe porque quieras o no, ellos están acostumbrados a trabajar de una manera y cuando llega alguien como yo puede exigirles un poco más.
Y lo que me encantó del Cecam es la ilusión que se tiene cuando uno es joven. Desde el momento en el que yo les enseñé mis obras hubo un buen recibimiento, los clarinetistas despertaban a las cinco de la mañana y estudiaban las piezas y luego de estudiar se iban hacer el trabajo que se hace ahí todos los días y luego a las siete de la noche ya estaban ahí dandole y para mí eso fue regresar a cuando yo era joven, fueron muchos sentimientos encontrados.
Un director tiene la responsabilidad de conocer a la banda, conocer sus bemoles, sus sostenidos, me refiero a sus errores, sus defectos y sacar el mejor provecho de eso, entonces es eso y se logró porque los jóvenes tienen un gran entusiasmo por aprender. A parte existe un gran amor por la música, es una química muy especial la que se logró.
Ahora que volví a Francia me hace mucha falta porque aquí, los chicos vienen a mis clases y se van, es una materia mas y en Oaxaca no, en Oaxaca es una forma de vida. En los pueblos, la música es una forma de vida.
Los costos de la grabación corrieron por su cuenta, José Gómez, ingeniero de la radio comunitaria de Tlahuitoltepec le ayudó con equipo y a poner los micrófonos. Quince días después le envío los audios en bruto y ahora todo lo que es masterización, mezcla y edición, lo está haciendo desde casa. Cada semana sale una nueva pieza, que está disponible en casi todas las plataformas digitales.
El proyecto busca también recaudar fondos para apoyar a la Escuela de Musica con el mantenimiento de los autobuses que utilizan para trasladarse a los conciertos y actividades. Los detalles para apoyar se darán a conocer más adelante.




