Por Paola Flores 

El 16 de julio de 2026 marchamos por nuestros sueños. Con la esperanza de que en Oaxaca es posible vivir con dignidad. La cita fue en el mercado Benito Juárez, sobre la calle Flores Magón. 

A las cuatro en punto nos organizamos para salir. Éramos decenas. Nunca se apostó por la multitud, la protesta siempre debe ser consciente: vas porque crees, porque te importa. La dinámica de los acarreados es exclusiva de los gobiernos que no convencen a nadie. 

¿Por qué salimos?

Porque la vida en Oaxaca es desigual.  Los políticos viven su propia realidad, mientras la ciudadanía paga las consecuencias de cada improvisación. Estamos inconformes. No queremos vivir así. Y tenemos el derecho y la obligación de manifestar nuestro rechazo a las políticas públicas que privilegian a los de siempre y se olvidan de los que sostienen esta ciudad. 

Sí, la ciudad. Con sus 13 agencias y también los municipios conurbados a Oaxaca de Juárez. Este es nuestro territorio, golpeado una y otra vez por los fenómenos perniciosos de la gentrificación y turistificación. 

A las cuatro y media estábamos reunidos y entonces la artista y defensora, Edith Morales, del Colectivo Milpa Urbana desplegó el río, uno que simboliza la vida y también nuestra urgencia hídrica. No faltaron manos para coger la tela que se desenvolvió a lo largo de casi toda la cuadra. 

Desde la Miscelánea Oaxaqueña de Acción Común se identificó que el exceso de turismo afecta nuestra suficiencia hídrica. Un turista, según estudios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), gasta cuatro veces más que un local cuando viaja, pero en las colonias se espera hasta 90 días por el agua. 

Llegó la banda —si uno protesta puede hacerlo con alegría porque en la resistencia también hay júbilo— y también las marmotas en las que se leía: Oaxaca es nuestra, por el derecho a la ciudad.

El derecho a la ciudad es uno de los pocos derechos colectivos y defiende que todos los habitantes tenemos derecho a vivir, utilizar, producir, transformar y disfrutar ciudades justas, inclusivas, seguras y sostenibles. 

Este derecho garantiza el acceso equitativo a la vivienda, el espacio público, los servicios básicos, la movilidad y la participación democrática en el desarrollo urbano. 

Esa es nuestra exigencia. 

Y mientras avanzamos en la marcha-convite lo repetimos una y otra vez. Previo a salir en la movilización, lo explicamos en la lectura de Nuestros Sueños. Texto que comparto inédito al final de este texto. 

Avanzamos. 

La valla en la que colgaba un letrero que decía “prohibido el paso” fue retirada y las compañeras con la manta que rezaba: Oaxaca Ocupada fueron las primeras en dar vuelta sobre la calle de Las Casas. 

La campaña de concientización se llama Oaxaca Ocupada porque los integrantes de la Miscelánea Oaxaqueña, en coordinación con el NODO Oaxaca, investigaron durante un año la situación actual de nuestra ciudad, frente a los drásticos cambios que estamos viviendo, y concluyeron que en Oaxaca el espacio público lo ocupan los sindicatos, empresas privadas, el gobierno y sus intereses económicos, sin que la ciudadanía pueda opinar nada al respecto. Reorganizan la ciudad, le invierten dinero, “la embellecen” a conveniencia. Sus decisiones son arbitrarias y unilaterales. 

Conforme avanzamos, al frente de la marcha va un señor, que espontáneamente blande una bandera de México. Las consignas se escuchan con fuerza: «Oaxaca no se vende, se ama y se defiende».

Pasamos frente al Palacio de Gobierno, que el gobernador, Salomón Jara, ha utilizado por mil 325 días para atender sus obligaciones. Ahí volvemos a nombrar nuestras exigencias: En Oaxaca los alojamientos de corta estancia se han multiplicando en un 650% por ciento en los últimos años, al amparo del gobierno actual y el pasado, que firmó un contrato con la plataforma: Airbnb. 

En el sitio web de la marca global se presumen experiencias oaxaqueñas “únicas” y “profundas”, nuestra cultura es mera mercancía para todos los que se benefician de ese lucrativo negocio. Cada año que pasa se vacía de significado la tradición y la gueza. Ya basta. 

La caravana baila frente a Palacio, el río fluye al ritmo de La Inigualable y en unos pocos minutos se refleja la dualidad en la que vive Oaxaca: la fiesta y la protesta. En la retaguardia del convite se alzan letreros con la figura de la Virgen de la Soledad, con una petición: que nos libre de la turistificación. 

Damos vuelta en los portales y subimos la calle de Alcalá, mal llamada Andador Turístico. Desde lejos se aprecian los estandartes con piezas de gráfica, hechas para este día en los talleres de la Unión Revolucionaria de los Trabajadores del Arte (Urtarte). En ellos se denuncia la ocupación físico-espacial de la ciudad.

Vienen a nuestro encuentro turistas, algunos se tapan los oídos. ¿Qué les molesta? Una disculpa si los oaxaqueños y oaxaqueñas le somos incómodos, esta ciudad es nuestra. 

La multitud corea: ¿Qué queremos? —Vivir con dignidad. Y llegamos a la explanada de Santo Domingo, de dónde cada fin de semana salen decenas de calendas, muchas de ellos vendidas a extranjeros para sus bodas. 

Para ese momento se despliega una manta en la que se lee: “SE RENTA”, una forma de evidenciar que esa zona está a merced de quien pueda pagarla. Uno de los símbolos religiosos más importantes de la capital ha sido captado por las wedding planners y los guías de turistas, pero no esta tarde. Desde aquí lanzamos nuestro posicionamiento y exigencias al gobierno estatal y capitalino. 

Y se escuchan las voces que protestan contra el extractivismo: La señora Consuelo, una de las vecinas de la colonia Reforma cuenta los cambios que su vida y vecindario han experimentado por la llegada de Fibra Danhos con la mega obra, plaza Parque Oaxaca. 

«No hay nada de legalidad en lo que están haciendo. El mismo representante de Fibra Danhos, que ahora llaman Fibra Daños reconoció que hacían algo y pedían permiso, sólo tienen el permiso de excavación y ya están construyendo. Ese es el conflicto. Este gobierno trabaja para ellos, pero para la gente no. Nos dicen que eso es desarrollo, pero no es desarrollo», comenta frente a la multitud. 

Otra compañera, toma el micrófono y advierte que estas problemáticas no desaparecen sólo porque se ignoren y que afectan a todos y todas de una forma u otra: «Porque un vecino menos, es una herida a la comunidad, una comunidad que cuando hay un problema, se unen, organizan, protestan y generan un cambio. Nos quieren callados, bonitos, en una vitrina, con una etiqueta de precio. Quieren nuestros colores, nuestra comida, nuestra cultura, pero no quieren nuestra identidad grillera ni resistente. Oaxaqueño no olvides tus raíces, recuerda que el sur existe porque resiste. Porque no se deja, porque alza la voz….»

Luego viene la compartencia y el baile en la barricada cultural. Se reparten tamales y café y nos seguimos escuchando. Para cerrar la jornada, el músico, Fernando Guadarrama canta: Oaxaca no es mercancía, ni Guelaguetza alquilada, somos memoria y origen, no somos tierra tomada. 

Nuestros sueños: 

¿De qué manera transitamos por la esperanza en medio de un diagnóstico tan desolador para nuestra ciudad y nuestro estado? La utopía parece una tarea titánica.  

Y sin embargo, somos capaces de imaginar otras vidas posibles. Otra forma de habitar nuestro territorio. Queremos regresar a los rituales que nos conformaron en lo que somos. Queremos vincular nuestra lucha desde un lugar distinto. El que nace desde las redes de confianza. 

Queremos articularnos en un mismo propósito: la dignidad de los pueblos de Oaxaca. Desafiar al sistema que nos divide y nos confronta. Ocupar el espacio público para reencontrarnos y reconocernos: pedir la lluvia, rezarle a nuestros muertos, guardar los días sagrados, pero también compartir la gozona, organizar la fiesta. 

Abolir la idea rídicula de que somos folklor. Restringir la participación de extranjeros en la vida pública, limitar la compra de inmuebles para convertirlos en restaurantes, hoteles, airbnbs, mezcalerías. En nuestro Oaxaca ideal no hay extractivismo, los políticos no se coluden con el crimen organizado, los empresarios y las mineras canadienses. Y no existen sindicatos que devoran todo a su paso.

En el Oaxaca de nuestros sueños no recibimos agua cada 70 días, hay suficiente para todas y todos porque se ha invertido de forma preventiva en el mejoramiento de la red pluvial. Y como manifestación poética de nuestra suficiencia hídrica también se reduce la pobreza. 

En el Oaxaca que anhelamos, todas las familias llegan a fin de mes. No hay precarización laboral, recibimos una remuneración justa por nuestro esfuerzo. Vamos a la chamba en un transporte público asequible y decente. Bajamos de él sin temor a la violencia, a las balaceras, a la inseguridad. 

Soñamos. Sí, en ese Oaxaca que no se conforma, que se levanta como los vientos de febrero y protesta: reclama lo digno, vuelve a lo esencial, a lo colectivo. 

Quizá la lucha por alcanzar esa otredad no culmine en triunfo, pero la utopía nos servirá para seguir andando.