Yovegami Ascona Mora mira el cine como un lenguaje popular
Por Paola Flores
Por años, el director, Yovegami Ascona Mora regresó a la costa oaxaqueña como quien regresa a una parte olvidada de sí mismo. Boca Vieja, un pequeño pueblo en Bajos de Coyula resistió los embates del tiempo, del gobierno y del mar.
La película que nació de ese descubrimiento se construye en tres actos: la partida, el despojo y la reconstrucción. La gente empaca sus cosas, la corriente arrastra enramadas y casas, y luego, contra todo, el pueblo vuelve a levantar lo caído. Pero el documental Boca Vieja no se trata de una historia de superación romántica, sino de algo más hondo: una dignidad, una rebeldía cotidiana que se hereda de generación en generación.
En entrevista con paolaflores.org el cineasta compartió parte del proceso de inmersión, reconocimiento y apropiación de una identidad materna:
Quise hacer esta película desde hace mucho tiempo, como hace 10 o 15 años, cuando empecé a agarrar la cámara.
Yo nací y crecí en mi pueblo, en San Juan Guichicovi, y desde entonces me interesaba mucho hacer registros audiovisuales. Poco a poco fui entrando al mundo del documental. Mis primeros cortos, de hecho, son sobre mi pueblo, donde vive mi papá.
Tiempo después, me nació la idea de hacer una peli en el pueblo de mi mamá. Ella es de la costa de Oaxaca, aunque vive con mi papá en San Juan Guichicovi. Entonces pensé: “Va a ser un nuevo reto para mí, enfrentarme a algo que no conozco”, ¿no? Otra realidad, otro tipo de personas, otro ambiente, clima, una relación distinta con la tierra, con el mar, con los elementos…
Fue salirme de mi zona de confort y también un proceso de aprendizaje interno. Sigo redescubriendo esa parte de mi raíz materna, de mi raíz costeña. Y el mejor pretexto para acercarme fue la cámara, hacer un documental.

¿En qué momento decidiste que sí, que había una peli ahí?
Empecé a hacer viajes yo solo. Me iba una semana, cinco o seis días, y me quedaba con mis tíos y primos que viven allá. Poco a poco se fue dando la convivencia con otras personas que no conocía: pescadores, gente del campo, amigos y conocidos de mi mamá.
Y descubrí un universo súper rico, personas con una visión muy chida de la vida, muy adaptadas a los cambios del clima y la naturaleza. Ellos viven en el mar. Cuando llueve, la vida cambia; cuando hay sequía, también cambia drásticamente.
En la ciudad, podemos prender el ventilador o el aire acondicionado y ya. Pero allá, si hay sequía, la cosecha se pierde. Si hay demasiada lluvia, se inunda. Entonces los elementos están muy vivos allá. Y eso fue lo primero que me impactó: esa capacidad de adaptación y esa ligereza para vivir, con la esperanza de que el próximo año sea mejor.
Cuando vi todo eso tan profundamente dije: “Aquí hay elementos para hacer una peli”. Así que empecé a llevar la cámara. Eso fue en 2020. Iba solo cada dos meses y me quedaba unos 10 días, grabando cosas.
Luego, cuando por fin obtuvimos apoyo del IMCINE, ya pude armar un pequeño equipo: un sonidista, un asistente de cámara, alguien de producción local. Seguía siendo un equipo pequeño, pero ya no estaba solo y empezamos a hacer la peli más en serio.
Durante cuatro años, él, Mónica Cruz Arcos, Luis Manuel Hernández, Martha Uc y Nicolás Rojas, grabaron sin guión cerrado. La película fue haciéndose sola, como se hacen las cosas vivas. El mayor desafío fue elegir qué dejar dentro y qué no. “Había momentos en que la gente me hablaba directamente, como si la cámara también fuera parte del pueblo. Eso no lo consigue alguien de fuera”, dice Yove con los ojos brillantes.
Hablas de los elementos, del clima, de la relación de las personas con la tierra. ¿Qué historia cuenta el documental? ¿Es una historia de descubrimiento de la Costa?
La película retrata el espíritu de las personas que viven en un pueblo costeño, frente al mar. Muestra su entereza, pero también su fragilidad. Se enfrentan a inundaciones, lluvias, pero también a momentos de abundancia.

La primera parte es pura celebración: mariscos, fiestas, baile, pesca, cumpleaños en el mar… Y a partir de la segunda mitad, vienen las lluvias. Hay una pausa dramática en la vida. La peli refleja cómo la naturaleza marca el ritmo de todo. Es un retrato del tiempo, de la adaptación y del alma de esas personas.
¿Cómo describirías la relación de las personas que viven en Boca Vieja con su territorio?
Es como un ciclo. La corriente crece y se lleva las enramadas, las pertenencias de quienes viven cerca del río o del mar. Luego viene la reconstrucción. Es el momento en que la gente dice: “Bueno, vamos a seguir aquí porque esta es nuestra tierra”. Todo está permeado por esta amenaza constante del despojo del territorio.
Esa zona de Huatulco siempre ha sido de interés para el gobierno federal. Desde 1984, con el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), hubo un decreto para que esas tierras pasaran a manos del gobierno. Coyula y su playa, Boca Vieja, fueron de los pocos lugares donde no permitieron que entrara Fonatur. Hay una historia de lucha muy fuerte ahí, de los abuelos, de la gente de antes, que aparece también en la película. Ahora muchos de los personajes son sus hijos o nietos, y ese orgullo de haber defendido su territorio se percibe durante toda la peli.

¿Esa amenaza sigue presente?
Sí, totalmente. De hecho, mientras terminábamos de filmar, el gobierno mexicano decretó que Coyula y Boca Vieja formarían parte de un “polígono” de área natural protegida. Eso implica que la gente del pueblo ya no podría tener acceso libre a ciertos espacios. La película cierra con ese dato, como un punto suspensivo… No sabemos qué va a pasar en el futuro…
En ese proceso, ¿la situación de violencia en la zona influyó en algo?
Afortunadamente no. Coyula y Boca Vieja, aunque están dentro del municipio de Huatulco, son como un mundo aparte. Son pueblos olvidados por las autoridades: sin calles pavimentadas, sin luz hasta hace poco. Pero también muy seguros. No sentimos la violencia que ha golpeado a otras partes de la costa, como Puerto Escondido. Aunque sí hay una transformación rápida en el contexto de inseguridad en Oaxaca y en todo el país.
¿Qué esperas que se lleven las personas que vean la película?
Que vivan la experiencia de entrar a las entrañas de un pueblo, que sientan esa picardía costeña, los ciclos de la vida, la capacidad de adaptación. Que se sientan como si hubieran vivido ahí. Es una película de instantes cotidianos, de vínculos reales con el mar y la tierra. No hay hoteles, los restaurantes son de los pescadores. Es un pueblo en resistencia que habita su territorio todos los días.
¿Y cómo lograste evitar que la película se convirtiera en una idealización del lugar?
Eso era muy claro para mí: no quería romantizar ni hacer un documental turístico. En 2023 fuimos seleccionados en Impulso Morelia, y la retroalimentación fue que todos querían mudarse a ese pueblo [ríe]. Ahí supe que debía girar la película, hacerla más desde adentro. El editor, Nicolás Rojas, descubrió momentos donde la gente me hablaba a mí, a la cámara. Esos gestos íntimos se volvieron el sello de la película. No fue planeado así, pero se construyó en el montaje.
Al artista, le interesaba más el proceso que el resultado. Trabajó con un equipo pequeño, gente cercana. Filmó con total libertad, con apertura, el producto final lo ha dejado muy satisfecho: «Es una película que quería hacer desde hace muchos años. Me gusta mucho. Estoy contento con el resultado y con que su estreno sea en Guadalajara. Pero lo más importante es la presentación en Coyula, porque la película pertenece ahí. Vamos a hacer una función con pantalla inflable gigante, para todo el pueblo, el 16 de junio. Ese día quiero estar ahí con todas y todos.»
Yove admite que se siente mucho más nervioso por el estreno del documental en Boca Vieja, que por el estreno mundial en el Festival del Cine de Guadalajara, programado para el 8 de junio de 2025.




