Por Paola Flores
Leonor ha dedicado su vida al servicio a los demás. Llegó a la capital oaxaqueña en 1960, tenía seis años y desde entonces trabajó jornadas de hasta 17 horas. Ahora tiene 71 años y está construyendo su casa, le gustan mucho las plantas y dedica varias horas al día a cuidar de ellas. Les habla, porque dice que sino, se sienten y no crecen.
Platicar con ella es muy fácil porque te contesta franca y directa a todo. Vive en una colonia que se llama 3 de mayo y hoy que es el Día del Trabajo, sus vecinos y vecinas van y vienen, alistando todo para la celebración del Día de la Santa Cruz. Han pasado a su casa para recoger su cooperación.
Le pregunto qué significa para ella trabajar y su respuesta es inmediata:
Trabajar es trabajar, desde tempranito hasta la noche, mi papá así nos enseñó a las siete que desayunábamos ya le habíamos dado de comer a las vacas, los chivos y las gallinas, ellos eran primero. Nada de andarse apareciendo en la mesa a las diez, todos acedos. Para mí siempre fue trabajar, yo sí nunca respete los días festivos ni nada.
¿Cuál fue el trabajo que más disfrutó?
La cocina, guisar es lo que me ha gustado más porque soy mil usos, pero me gustó más cocinar. Cuando tenía a mis hijos chiquitos y todavía tenía marido, cosía ajeno, ropa, uniformes, lo que me daban y ahí tenía a mis nenes. También camisas típicas de hombre, las cosía por docena. Luego cuando mis nenes crecieron trabajé en la cafetería del Carlos Gracida.
Ahí pasé por todo, en la refresquería, preparé desayunos, tortas, aguas, de todo, nos rolábamos. Ahí trabajé como 13 años, me gustó porque me dejaban vender mis galletas, vendía besitos. Me pagaban a cinco pesos el día y de mis galletas me llevaba 60 pesos, era buen dinero en ese entonces. Guardaba todo lo que podía y con ese dinero pude comprar un terreno y hacer una casita.
Luego abrí mi cocina en avenida Ferrocarril, se llamaba Cocina Bety, porque así se llama mi hija más chiquita. Y me fue rebién. Me dejaba más que la costura y que trabajar en restaurantes o en la escuela. La cocina me dejó más.
Ella trabajó por más de diez años en el restaurante Colonial, frente a Correos de México, en el centro de Oaxaca. Ahí empezó como mesera, luego se dieron cuenta que también sabía cocinar y entró a la cocina.
Trabajaba en la mañana en el Carlos Gracida, pasaba por mis hijos y los llevaba a la casa a darles de comer y me iba al restaurante, ahí entraba a las tres y de ahí hasta tarde, en la noche regresaba a mi casa.
Leonor tuvo seis hijos, cinco mujeres y un hombre. En 1972 tuvo a su primera hija, luego nacieron cinco más, con dos años de diferencia cada uno. Se separó de su esposo (que tuvo muchos otros hijos con otras mujeres) y todo lo que ganaba era para mantenerse.
¿Cuál es la comida que más le gusta cocinar?
Me gusta preparar todo, pero lo que más me gusta son los desayunos, preparar jugos, cocteles, tortas, ese trabajo se acaba más rápido, pero yo vendía desayunos, comidas y cenas. Cuando abrí la cocina trabajaba más porque ahí si no tenía horario, ni fecha en el calendario, pero con eso salí adelante, pude comprar otro terreno.
Por eso digo que vender comida es muy bueno. Ahorita porque no tengo un lugar, pero si encontrara uno, voy a vender. Ese trabajo no me cansaba, bueno sí, pero no tanto.
Ella dice que hay costumbres que conserva de ese tiempo, ahorita tiene ya preparado su puré de tomate. Lo prepara para tenerlo listo si quiere preparar chilaquiles, salsa de huevo o entomatadas.
Toda mi vida he trabajado, por eso para mí se puede hacer de todo, lo que salga, en la cocina puedes preparar muchas cosas. Yo vendí comidas para bodas, quince años, bautizos, me llamaban y hacía yo la comida, el pastelito o iba a servir.
¿Cómo aprendió a cocinar?
Aprendí viendo nomás, viendo y apuntando todo. Luego me metí a un curso de cocina que dio el gobierno. Te pagaban por aprender, yo fui más por el dinero, pero sí aprendí mucho. Nos daban dos mil pesos.

Recuerda los pagos que recibió y se sorprende como le alcanzó para mantener a sus hijas y a su hijo. Recuerda a las señoras que le regalaban fruta en el mercado Benito Juárez y dice que también la dejaban llevarse comida cuando sobraba en el Carlos Gracida o en el Colonial.
Mis hijos nunca se dieron cuenta de que no había dinero, porque no tenía yo dinero, pero sí cosas para hacer comida. La señora Tere, ella me regalaba comida, sabía que tenía yo los hijos y por eso me daba a mí más que a todos. Y la señora Tinita me regalaba tomate, cebolla, rábanos, lo que tenía porque sabía que tenía yo un montón de hijos.
Y ya en la noche llegaba y cuál dormir, me ponía a preparar la comida para el otro día los chamacos, yo fui mil usos por eso ya estoy toda desconchinflada… pero a mucha honra, ni me arrepiento ni nada, ahorita estoy buena y sana, fresca.
Yo tuve un trabajo muy valioso, un oficio muy bonito además de que siempre tienes el buche lleno. Tengo mis reconocimientos, mis diplomas. Mis clientes me los encuentro y todavía se saborean, me ven con cara de comida.
En 1976, uno de cada siete hogares estaba encabezado por una mujer, en 2005 había aumentado a casi uno de cada cuatro hogares. En mayo de 2018 el INEGI estimó el número de hogares en México en 34.1 millones y 28.5% tenía una mujer como jefa de familia.
Para 2020, el Censo de Población y Vivienda informó que, a nivel nacional, en 33 de cada 100 hogares las mujeres eran reconocidas como jefas de la vivienda, esto significa 11 millones 474 mil 983 hogares.





