Por Miguel Ángel Vásquez de la Rosa

Leí en X, unos días después del anuncio sobre la investigación de la Corte del Sur de Nueva York contra Rocha Moya y otros nueve funcionarios, un post que me hizo mucho sentido: “Empeñaron su alma al diablo para tener tanto poder, que ahora deben más de lo que pueden pagar”. Se refería, por supuesto, a Morena. En la construcción de un partido hegemónico, Morena tuvo que hacer diversos pactos con actores muy distintos, incluso con algunos inconfesables. Esa boleta de empeño tuvo un costo muy elevado.

Esto no es privativo de Morena. Tanto dirigentes del PRI como del PAN también han hecho estos pactos (No se diga Verde y otros etcéteras). Los resultados saltan a la vista: gobernadores detenidos y procesados, la captura y enjuiciamiento de García Luna, militares en activo señalados. En fin, también es larga la lista de quienes permanecen impunes.

La diferencia es que Morena prometió terminar con la corrupción. No sólo no lo hizo.

El gobierno norteamericano, desde siempre, pero en especial en esta era Trump, ha mantenido una política injerencista y abiertamente hostil contra los gobiernos progresistas de América Latina. Nada nuevo. Sabemos cómo actúan y de qué son capaces. México y Estados Unidos tienen convenios, acuerdos y tratados que históricamente han sido desventajosos para nuestro país. Pesa sobre nosotros esa maldición de estar “tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios”.

Ahora que la relación con el gobierno norteamericano parece naufragar, recuerdo que, durante el sexenio pasado, muchos se preguntaban cuál había sido la fórmula de López Obrador para mantener a raya a Estados Unidos y evitar procesos de desestabilización política, como los ocurridos en Venezuela, Honduras o, en menor medida, Colombia y otros países de Centroamérica.

Participé en un conversatorio en la Ibero Puebla, en enero de 2024, en el que se analizaron los avances y retrocesos en materia de derechos humanos durante la administración de Andrés Manuel López Obrador. Una persona preguntó cuál había sido la clave para mantener esa estabilidad política. Mi respuesta se basó en lo que dijo uno de los principales ideólogos del obradorismo, Pedro Miguel, en el programa Debate Público de Canal 14 (29-11-22): “Este es un gobierno que ha tenido serias dificultades para gobernar. Para ello ha tenido que pactar con las Fuerzas Armadas, con el Departamento de Estado norteamericano y con un sector de la élite económica del país”. Esto permite que exista cierta “estabilidad política”. Dicho en voz de uno de sus principales asesores.

Ahora que el gobierno utiliza el discurso de la “soberanía” para defender a la Patria encarnada en Rocha Moya, bien valdría la pena reflexionar sobre lo que ha hecho, lo que ha dejado de hacer, los pactos que ha roto y aquellos que ha rehecho, así como sobre el rumbo al que pretende llevar al país con ese manido discurso. 

Sin dejar de señalar las aberraciones de la bestia naranja, también hay que decirle al gobierno de Sheinbaum: “no la chifles que es cantada”.