Este artículo presenta y celebra la nueva edición de Autobiografía de Carlos Monsiváis (1938-2010), el gran cronista, activista lúcido y peculiar de causas grandes y nimias, crítico literario y sabedor universal que dejó una huella profunda en las letras y la cultura mexicanas del siglo XX.
Por Carlos Martínez García
La sexagenaria autobiografía de Carlos Monsiváis está nuevamente en circulación, bajo el sello de Siglo XXI Editores. En diciembre de 1966 fue publicada la primera edición del libro, en la Colección Nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos. Entonces Monsiváis ya tenía reconocimiento del mundo literario mexicano por sus colaboraciones en distintas publicaciones periódicas y como conductor, desde 1960, del programa El cine y la crítica de Radio UNAM. En 1966 Carlos publicó sus primeros dos libros: uno como antologador, La poesía mexicana del siglo XX, y su obra inicial, la Autobiografía, con la cual dio comienzo a su amplia producción bibliográfica.
Después de la tercera edición de la Autobiografía, publicada en 1975, Carlos Monsiváis fue reticente a que se reimprimiera, así como a revisarla y ampliarla. Ahora el volumen será conocido por nuevas generaciones, que podrán enterarse de la génesis intelectual de quien dijo que le habría gustado vivir en “Manhattan esquina con Portales”. Leer cuidadosamente lo relatado por Monsiváis acerca de su proceso formativo y los principios internalizados que lo movieron a comprometerse con las causas que describe, revelará a los lectores lo consecuente que fue a lo largo de su vida con esos principios.
Nueva edición, dos prólogos
La nueva edición de la Autobiografía contiene dos prólogos, uno de Elena Poniatowska y otro de Rubén Sánchez Monsiváis, primo de Carlos. Ella recuerda que no pudo cumplir con el requerimiento de Emmanuel Carballo, director de la Colección, “porque corría de entrevista a entrevista para el periódico Novedades y la Revista de la Universidad”. Poniatowska recupera distintos momentos de su amistad con Monsiváis y confiesa que es “la última sobreviviente de aquella hermosa época”. Por cierto, el prólogo que redactó Emmanuel Carballo en 1966 no fue recuperado en la nueva edición. Creo que debió ser incluido.
El prólogo de Rubén Sánchez Monsiváis, “Carlos Monsiváis y su familia”, proporciona datos poco sabidos o desconocidos por el público lector del prolífico escritor y gran cronista. Inicia compartiendo que “Carlos siempre evitó hablar de su vida familiar, incluso con sus amigos más cercanos”. Rubén Sánchez Monsiváis quiso aportar información que, al desmenuzarla, permite a los interesados adentrarse en la comprensión de las fuentes de las que abrevó Carlos Monsiváis para tener un bagaje intelectual/cultural muy singular en el contexto mexicano.
Un componente toral de su singularidad se lo transmitió su madre, Esther, cuando, en 1939, un año después del nacimiento de Carlos (hijo único), se convirtió, en compañía de su hermana Beatriz (quien sería progenitora de Rubén) al protestantismo en un templo pentecostal en la calle de Carretones, en el barrio de la Merced.
En el primer capítulo de la Autobiografía, “Firmes y adelante, huestes de la fe”, línea de un himno que Carlos Monsiváis describiría, en una entrevista que le hice en 1997, como “pieza de resistencia de los sentimientos épicos del protestantismo”, él se presenta “sin más trámite como precoz, protestante y presuntuoso”. Su precocidad en cuanto a ser lector se la debe a doña Esther, quien, atestigua Luis Prieto (amigo de Carlos desde 1954), “era una maravilla, una protestante rigidísima y cultísima. Además de ser una persona generosísima, le pasaba los textos al Monsi y hasta le corregía el estilo. En estos homenajes al Monsi no debemos olvidarnos de doña Esther”. Prieto se refería a los homenajes organizados en 2008, al cumplir Carlos setenta años.

Estudioso de la Biblia
Sobre el ser protestante, Carlos Monsiváis deja constancia a lo largo de su Autobiografía de cómo tal identidad le dio un perfil excéntrico, el cual era estigmatizado y/o banalizado en el medio que le tocó vivir desde su infancia. Subraya su pertenencia “a una familia esencial total, férvidamente protestante y el templo al que aún ahora y con jamás menguada devoción sigue asistiendo, se localiza en Portales”. El templo forma parte de la Iglesia Cristiana Interdenominacional, que este año celebra un siglo de actividades.
Monsiváis enfatiza un rasgo central del protestantismo que lo marcó: el papel que tuvo el estudio de la Biblia (traducida y publicada en 1569 por el protestante español Casiodoro de Reina, revisada por Cipriano de Valera en 1602 y posterior edición de 1909) en la vida familiar. Es así que, como dejó constancia en otra parte, “entre nosotros, la Biblia no sólo era el fundamento religioso, sino el lazo de unidad, de la razón de ser de la familia. Su papel era muy preciso, la fuente del conocimiento y del comportamiento”.
Otra institución protestante que lo cinceló fue la Escuela Dominical, a la que asistió a partir de los cuatro años, a la que consideraba “su verdadero lugar de formación”, ya que allí “en el contacto semanal con quienes aceptaban y compartían mis creencias, me dispuse a resistir el escarnio de una primaria oficial donde los niños católicos denostaban a la evidente minoría protestante, siempre representada por mí”.
En la iconografía heroica de Monsiváis era “notable la ausencia de la Morenita del Tepeyac”. En cambio sí figuraban personajes que iniciaron la Reforma protestante en el siglo XVI y la consolidaron en los siglos posteriores. Tal vez sea necesaria una edición de la Autobiografía con aparato crítico, con notas informativas sobre las personas, autores (as)y sus obras, acontecimientos históricos y movimientos religiosos/culturales citados por Monsiváis, ya que, por ejemplo, en el caso del protestantismo hace mención de los puritanos y los cuáqueros. Él mismo, ante las opciones insurreccionales violentas que tenían lugar, se declaraba “cuáquero pacifista”. Notas a pie de página que dieran a conocer el origen y posturas identitarias de los cuáqueros brindarían a los lectores conocimiento y comprensión de lo afirmado por Monsiváis acerca de su pacifismo.
Lector, editor y opositor
Caros Monsiváis se consideraba esencialmente un lector. En la Autobiografía hay un caudal de escritore(a)s y sus obras que menciona como fundamentales para él. Desde la infancia se distinguió por ser un lector ecléctico, y ya en la UNAM decidió dejar los estudios de economía y de letras españolas para hacerse “autodidacto” y así tener a su alcance un “desordenado y caótico desfile de lecturas e influencias”.
El inicio de la que Monsiváis llama “una supuesta carrera literaria” es datado por él en 1957. Fue cuando conoció a José Emilio Pacheco, quien lo invitó a dirigir Ramas Nuevas, suplemento de la revista Estaciones, dirigida por Elías Nandino. Entonces Monsiváis tenía diecinueve años y Pacheco dieciocho; ambos irrumpieron con vigor en el medio intelectual mexicano. De forma vertiginosa Monsiváis da cuenta de cómo él y Pacheco fueron estableciendo relaciones con quienes fundaron o revitalizaron publicaciones y cómo se les abrieron las puertas para colaborar en proyectos culturales que marcaron tendencias a fines de los años cincuenta y la primera mitad de los sesentas. A los dos “les interesaba conocer a quienes admirábamos y el trabajo sistemático de búsqueda, presentaciones, visitas, nos llevó a descubrir las posibles grandezas y miserias de la cultura mexicana”.
Un asunto que clarifica la Autobiografía es el de la participación de Carlos en movimientos opositores a la poderosa maquinaria gubernamental, dominada abrumadoramente por el PRI. El haber nacido, como escribió, “del lado de las minorías” y que “mi protestantismo duplicaba mi juarismo”, lo sensibilizó, junto con otras influencias, para hacer activismo en favor del henriquismo, manifestarse contra el golpe de Estado en Guatemala (1954), apoyar los movimientos magisterial y ferrocarrilero, así como solidarizarse con la huelga estudiantil contra el alza de tarifas camioneras. Fueron las primeras causas que adoptó, de una larga serie en las que se involucraría en las décadas posteriores.
Finalmente, un acierto de la nueva Autobiografía es haber incluido fotografías proporcionadas por la familia de Monsiváis, lo que agrega valor a lo escrito en 1966 por el autor, quien concluyó su recuento de vida así: “tengo 28 años y no conozco Europa.”




