Por Paul Meixueiro (Esko)
Cuando comenzó el crew —o, en este caso, el Klan— no me di cuenta de lo diverso que era. Yo conocí a Wons en los talleres de la Casa de la Cultura (2003, 2004) y nunca supe exactamente cómo “las pegas” fueron creciendo tanto. Sin duda, uno de los que más invitaba gente era él. Con el tiempo, creo que Bemba Klan fue de los primeros crews en aprovechar el internet: los chats, los blogs y todas esas herramientas que entonces apenas comenzaban a formar comunidades.
Convocatoria tras convocatoria fueron llegando grafiteros que trabajaban más el esténcil, estudiantes de diseño interesados en la serigrafía, estudiantes de artes que nos inclinamos por el dibujo. Entre todos empezamos a experimentar con esténcil, serigrafía, dibujo, fotocopias, pintura acrílica y plumones; sobre papel revolución, papel bond, papel craft, directamente en los muros o sobre papel calcomanía, con el que hicimos lo que probablemente fueron algunos de los primeros stickers que aparecieron en las calles de Oaxaca.

Todo era nuevo. La gente se acercaba a felicitarnos o simplemente a preguntarnos cómo hacíamos las piezas porque querían intentar esas técnicas. Fue hasta que una artista nos dijo que ella había hecho arte urbano y esténcil antes que nosotros cuando entendimos que, quizá, estabamos siendo pioneros de algo. Con eso nos bastó. Hicimos de todo. Los viernes nos citábamos a las seis de la tarde afuera de la Casa de la Cultura. A veces éramos dos o tres; otras, siete u ocho. Caminábamos durante horas buscando dónde pegar o intervenir con lo que hubiéramos preparado esa semana.
No todo fue bueno siempre. Muchos grafiteros nos criticaban diciendo que lo nuestro no era grafiti, que no arriesgábamos nada porque nos movíamos en esa línea aparentemente inofensiva de pegar un cartel o un esténcil. Otra cosa es que nuestro trabajo era muy efímero, a la semana siguiente casi el ochenta por ciento ya había desaparecido: lo retiraban, lo arrancaban o simplemente el viento hacía lo suyo.
Así pasó el tiempo. Todo ocurrió antes de 2006 y, cuando ese año llegó, ya no estábamos juntos; al menos yo ya estaba dedicado a otras cosas. Aun así, aquel primer impulso abrió el camino para que de ahí surgieran imágenes tan icónicas como la Virgen de las Barricadas y muchas otras intervenciones que marcarían la gráfica de aquellos años. Bemba Klan fue uno de los colectivos que formó parte de esa primera generación de arte urbano que transformó la ciudad desde distintos lenguajes visuales.

Con los años entendí que lo más importante de Bemba Klan no fueron solamente las imágenes que hicimos, sino la manera en que nos encontramos. Éramos personas distintas, con intereses distintos, pero había una curiosidad compartida por probar, equivocarnos, aprender y salir a la calle a ver qué pasaba. Esa espontaneidad fue nuestra mayor fuerza. El tiempo hizo que cada quien encontrara su propio camino y que el colectivo cambiara de forma, como era natural. Sin embargo, ese fuego inicial nunca desapareció; simplemente encontró otras maneras de mantenerse vivo. Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que aquello que entonces parecía sólo un grupo de amigos experimentando terminó construyendo una forma de trabajar en colectivo que sigue teniendo sentido en la ciudad.
Quizá eso es lo más valioso de Bemba Klan: no una estética específica ni una técnica en particular, sino la capacidad de reunir personas con miradas distintas alrededor de una misma inquietud. Mantener vivo ese espíritu de curiosidad, experimentación y colaboración es, para mí, la mejor manera de entender todo lo que ha sucedido desde aquellos primeros viernes hasta hoy.

Wons, Jena, Line, Esko, Sueño, Orca y Pepitas fuimos quienes conformamos ese primer Bemba Klan. Aunque no todos continuamos dedicándonos a la gráfica, quienes han seguido de cerca las calles de Oaxaca durante las últimas décadas podrán reconocer a varios de ellos por su persistencia en el arte urbano. Esa continuidad permite dimensionar la relevancia de un grupo que nació desde la experimentación, la amistad y el deseo de hacer cosas nuevas. El primer Bemba Klan fue tan efímero como muchas de las piezas que pegábamos en los muros, pero su huella permaneció. Quizá ahí radica su verdadera importancia: en haber demostrado que incluso lo más fugaz puede dejar una marca duradera en la ciudad y en quienes la habitan.




