Por Pablo Espinosa

El mundo es más hermoso desde que Rebecca Clarke compuso música para viola. La vida es más intensa cuando escuchamos las composiciones de esta autora, considerada por pocos críticos, los más exigentes y honestos, y por eso suficientes, una de las grandes compositoras en el mundo. La alegría de ver crecer el número de sus escuchas en todo el planeta es un regalo tardío, pero dádiva al fin. Justicia poética.

Rebecca Helferich Clarke nació en Londres el 27 de agosto de 1886 y falleció en Nueva York el 13 de octubre de 1979. Los 93 años en que respiró, sonrió, cantó, lloró, fue feliz y resistió los embates de la sociedad opresora machista y misógina, constituyen un periodo de fecundo regocijo.

Una de las maneras lindas de presentarla es con algunos episodios de su vida, que narra en su libro autobiográfico titulado I Had a Father Too (or the Mustard Spoon) y en los registros periodísticos donde relucientes reporteros y corruptos miembros de jurados de premios hicieron el ridículo como en las ocasiones que narro enseguida:

Cuando Rebecca Clarke era ya una figura de renombre internacional como ejecutante de viola y realizó giras mundiales con éxito rotundo, escribió la que es considerada su obra maestra: su Sonata para viola, de 1919, y la presentó como autora anónima en un concurso. Los jueces llegaron a la siguiente deliberación: hay dos obras ganadoras, dijeron, la una parece escrita, debido a su profundidad, por un filósofo; la otra, por su belleza, por un poeta.

Votaron por la obra escrita por un poeta y cuando abrieron el sobre lacrado descubrieron que el autor era Ernest Bloch, quien ese sí es reconocido como uno de los más importantes compositores en la historia.

Pero los jueces estaban tan impresionados por la belleza de la otra obra ganadora, que insistieron en abrir el correspondiente sobre lacrado. La patrocinadora del premio, la respetada dama Elizabeth Sprague, contó después a Rebecca Clarke, la autora calificada por los jueces como un filósofo, con las siguientes palabras, en medio de risas: Hubieras visto la cara de los jueces cuando vieron que el autor de esa obra que les gustó tanto, la escribió una mujer.

Trascendió que los integrantes del jurado juraban, válgase la votación tan anonadada, que el autor de esa obra tan bella era Maurice Ravel, y por eso insistieron en abrir el sobre lacrado.

Los reporteros que cubrieron el evento especularon que el nombre de Rebecca Clarke pudiera ser también un seudónimo de Ernest Bloch, o al menos que no pudo haber sido Clarke quien escribió tan hermosa pieza. La reportera especializada en música contemporánea nuestra, Leah Broad, dice, con vergüenza ajena, que para sus antecesores colegas reporteros la idea de que una mujer pudiera escribir una obra tan hermosa era socialmente inconcebible.

Los hechos:

Ahí tienen ustedes que hubo otra de muchas ocasiones semejantes. La primera obra que compuso, Morpheus, la firmó con el seudónimo Anthony Trent. De hecho, era conocida como la compositora Anthony Trent, anónimamente. Presentó esa obra en un recital al que asistieron reporteros que elogiaron con gran entusiasmo la obra de Anthony Trent y no hicieron alusión alguna al resto de las partituras, firmadas por Rebecca Clarke y estrenadas en ese recital.

La decisión de tomar un seudónimo masculino fue una de las muchas maneras creativas de Rebecca Clarke para superar los actos torpes de una sociedad que le fue adversa desde su nacimiento: su padre, que curiosamente se apellida Thatcher, le infringió maltrato toda su vida, frente a la angustia de su madre, Agnes Paulina Marie Amalie Helferich, alemana.

El señor Thatcher era un músico frustrado y como suele suceder, intentó que sus hijos sí lograran ese cometido y les impuso clases de música. A Rebecca la pusieron en segundo plano, como oyente en las clases de violín que recibía su hermano menor, Hans Thatcher.

Rebecca logró inscribirse en la Royal Academy of Music en 1903, pero su padre la obligó a dejar la escuela cuando se enteró que su profesor de armonía, Percy Hilder Miles, se enamoró de ella y le propuso matrimonio. Rebecca se quedó sin escuela y Percy con el amor. En su testamento, muchos años después, dispuso que su preciado violín Stradivarius pasara a ser propiedad de su amada Rebecca Clarke quien, muchos años después, cuando murió su enamorado, vendió el Stradivarius para crear una beca en apoyo a mujeres estudiantes de música.

Rebecca nunca se rindió. Consiguió inscribirse ahora en el Royal College of Music para convertirse en una de las primeras estudiantes de composición. Su maestro en esa materia, el notable Charles Villiers Stanford, fue decisivo en la vida de Rebecca. Gracias a su ayuda, ella escribió su primera obra: Theme and Variations, para piano. Pero el apoyo más trascendente del sabio Villiers fue convencer a su alumna de transitar del violín a la viola. El argumento que la hizo decidirse fue: Desde la viola te puedes ubicar exactamente en el centro del sonido, y desde ahí puedes contar al mundo cómo está hecho todo el sonido, toda la música.

Y es que la viola es un instrumento supremo. Posee misterio, encanto, magia. Poesía. Se ubica en el centro, efectivamente. Desde ahí, desde la viola, uno puede descubrir las infinitas posibilidades del color. Ubicado en la línea divisoria entre el blanco y el negro, uno puede distinguir el gris, el sepia, el intersticio, el axis mundi.

La viola es uno de los grandes inventos de la humanidad. Su historia está llena de episodios nobles y bonitos. Su origen data del anhelo. En música, todos los compositores buscan hacer hablar al sonido. Y la viola es la más cercana a la voz humana.

De hecho, surgió por la necesidad de completar la paleta de colores que ya se habían juntado en los coros y ensambles canoros, integrados por cuatro categorías: soprano, contralto, tenor y bajo. Así, la viola vino a tomar el lugar de la contralto y tomó formas femeninas: la viola a spalla se llama así porque se coloca en el hombro para hacerla cantar; la viola da braccio es la más parecida a la actual, acunada en el brazo; la viola da gamba es la reina.

Rebecca Clarke y su viola.

El escritor francés Pascal Quignard es uno de los grandes ejecutantes de viola en la historia y es quien ha puesto en palabras su misterio. El ejemplo más bonito es su novela (luego hizo el guion para la película) Todas las mañanas del mundo, donde su personaje monsieur de Sainte-Colombe vierte lágrimas sobre el encordado de su viola mientras nosotros lo hacemos sobre la página del libro.

Sainte-Colombe es el gran ejecutante de viola en la historia entera. Su alumno, Marin Marais, es el siguiente en importancia y junto al violista Pascal Quignard figura el mejor de la historia moderna, su entrañable amigo Jordi Savall, quien ejecuta la música en esa película.

La lista de ejecutantes de viola en la historia es notable: Antonin Dvorak, Danka Nikolic, Tania Davis y de manera muy especial la armenia Kim Kashkashian, de quien recomiendo con furor el disco Rothko Chapel, donde ella participa en la puesta en vida de la obra de Morton Feldman, inspirada y en homenaje a las obras que plasmó Mark Rothko en una capilla.

Nuestra Rebecca Clarke se hizo ejecutante profesional de viola obligada por el maltrato de su padre, el señor Thatcher, quien consideró que más de un novio a la vez era demasiado y la desheredó y la lanzó a la calle, así que ella comenzó a tocar la viola en restaurantes, en la calle, donde se pudiera, para sobrevivir.

Y desde ahí, desde la dignidad y la resistencia, se convirtió en una diosa. Medía 1.80 de estatura y, describe el pianista Arthur: en el proscenio, ejecutando la viola, Rebecca lucía como una diosa. La gloriosa Rebecca Clarke.

Hoy celebramos su belleza, física y de alma. Escuchamos su música nacida de sus entrañas y de su corazón. Las partituras que escribió para sus muchos amores, como el que dedicó a John Goss luego de terminar una tumultuosa relación y recurrió al poeta Dylan Thomas (Tyger! Tyger! Burning bright / In the forest of the night, / what inmortal hand or eye / dare frame thy fearful symmetry?) y logró el efecto: el amante regresó.

La música de la diosa Rebecca Clarke también se mueve como el mar: viene y va. Su belleza, la de su música, la de ella, flota suavemente en la eternidad.

@PabloEspinosaB

disquerolajornda@gmail.com

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