Redacción

Basada en la lógica de los sueños o las pesadillas, la obra de Franz Kafka es una de las más influyentes y perdurables de la literatura de todos los tiempos. A 100 años de la muerte del escritor checo –que se conmemora hoy, 3 de junio, precisamente– sus novelas La metamorfosis y El proceso siguen resultando tan singulares y desconcertantes como cuando se publicaron y leyeron por primera vez a principios del siglo XX.

Ahora bien, ¿cómo se puede definir la literatura kafkiana? Sergio Sánchez Loyola, académico del Departamento de Letras Alemanas del Colegio de Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Letras, responde: “El adjetivo kafkiano alude, me parece, a los espacios narrativos vacíos, poco claros, que colocan al lector en un estado de indefensión ante un mundo narrado a partir de una lógica a la que no parece tener acceso debido, en gran medida, a situaciones inesperadas e inauditas, como el despertar convertido en un bicho, esperar en vano frente a una puerta que nunca se abrirá o ser condenado sin culpa alguna por un poder plenipotenciario que de tan deshumanizado carece de rostro. Por otro lado, la literatura kafkiana trata, en muchos sentidos, de la indefensión del individuo ante una maquinaria social, política y económica cimentada en los preceptos regidos por la modernidad y para los cuales los deseos más íntimos de aquél son irrelevantes.”

Tres de los relatos más paradigmáticos de Kafka son, sin duda, La condenaLa metamorfosis y En la colonia penitenciaria; en ellos lo inesperado e inaudito ocupan un lugar importantísimo, esencial.

“Y es precisamente la aparición de lo inesperado y lo inaudito lo que distingue la obra de Kafka de las de sus contemporáneos, pues la ausencia de una conclusión clara de lo que se narra hace que el lector arribe por sus propios medios al posible significado que el escritor checo deseaba transmitir. De ahí el enorme cúmulo de interpretaciones de un mismo texto en distintos momentos.”

Narrativa testimonial

A decir de Sánchez Loyola, al igual que buena parte de la literatura expresionista de la época y de las vanguardias, muchos de los escritos de Kafka están conformados por historias en las que el foco narrativo se centra no tanto en las circunstancias externas de los personajes que viven en el anonimato que trajo consigo la Modernidad como en la representación de sus propias pulsiones internas.

Es conocida, por ejemplo, la difícil relación que Kafka mantuvo a lo largo de su vida con su padre y que recreó en la Carta al padre, escrita en 1919, pero no publicada hasta 1952.

“En ella detalla, con una sinceridad escalofriante, el desapego de su padre hacia su persona y el rechazo que mostraba a sus intereses literarios. De igual manera, las menciones y descripciones de los personajes femeninos en la narrativa de Kafka se empatan con las imágenes reales de su madre Julie y de sus hermanas Valli, Elli y Ottla, así como con las de Felice Bauer y Milena Jesenská, con quienes sostendría una extensa y fructífera relación epistolar publicada en Cartas a Felice y Cartas a Milena. Y no menos significativas y visibles son sus alusiones directas al judaísmo, que él mismo profesaba, por medio de los personajes masculinos de varias de sus narraciones, como Georg Bendemann en La condena, Karl Rossmann en América, Gregor Samsa en La metamorfosis y sus alter ego Josef K. en El proceso y K. en El castillo.”

De acuerdo con el académico universitario, en la obra de Kafka son escasos los comentarios sobre la situación por la que entonces atravesaba el Imperio Austrohúngaro y sobre las terribles consecuencias sociales y económicas provocadas por la derrota que éste sufrió en la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

“Este desinterés y mutismo dejan entrever la vocación unívoca del escritor checo por profundizar en los alcances comunicativos del lenguaje en un momento histórico caracterizado por la incomprensión y la sordera. De ahí el uso que hace Kafka de la prosa pausada, las oraciones cortas y el arribo de lo fantástico en historias propias del mundo factual”, agrega.

De ida y vuelta

El absurdo y la culpa aparecen continuamente en la obra de Kafka. Por lo que hace al absurdo, se manifiesta a la par de la aparición de un hecho inaudito, como el despertar convertido en un monstruoso insecto…

“Mas el efecto de lo absurdo es de ida y vuelta, pues no basta con la mención de lo inaudito. Es necesaria la complicidad del lector para aceptar como un hecho factual, propio de la realidad, lo que de por sí es imposible. Si bien se construye en la ficción, el absurdo no causaría el efecto de extrañamiento que requiere sin la complicidad total del lector. La labor interpretativa del lector a lo largo de las narraciones kafkianas se complica en extremo debido a las situaciones ilógicas y carentes de una explicación que permitan arribar, si bien tenuemente, al rol de los personajes y al posible significado del mundo narrado”, señala Sánchez Loyola.

En relación con la culpa, hay que tener en cuenta que Kafka profesaba la religión judía y que, ya desde el Nuevo Testamento, al pueblo judío se le viene atribuyendo una culpa de la que, hasta la fecha, no se ha podido desprender.

“La culpa que experimentan los personajes kafkianos tiene que ver, me parece, con la indefensión del ser humano frente a la opresión de los sistemas de poder en cualesquiera de sus vertientes: judicial, laboral, familiar e incluso amorosa. De llamar la atención son las relaciones homoeróticas camufladas y cargadas de una evidente culpa en la narrativa kafkiana.”

Atmósferas opresivas

Según el académico, los temas y motivos literarios que exploró Kafka son propios de la condición humana y, por ello, atemporales: la indefensión del individuo de a pie ante el poder en cualesquiera de sus vertientes y el absurdo de su existencia.

“La angustia existencial frente a un futuro aciago y la culpa de sabernos incapaces de modificarlo se corresponden con las atmósferas opresivas de las narraciones kafkianas, en las que los diversos caminos que se pueden tomar no conducen a ninguna salida”, apunta.

Es un hecho indudable que la literatura de Kafka sigue tan vigente hoy en día como hace un siglo, porque alude directamente a los conflictos que deben encarar los lectores actuales: el malestar generado por los sistemas de poder, la burocratización de todos los estratos de la vida, la pérdida de la individualidad y la enajenación impuesta por el apabullante devenir tecnológico.

“Asimismo, al dificultar el acceso directo al sentido de los textos que escribió, Kafka posibilitó, quizá sin imaginarlo, su revisión continua y los repetitivos intentos por acceder a una interpretación adecuada de cada uno de ellos”, finaliza Sánchez Loyola.

Libros que nos muerdan y nos arañen

Si bien Kafka hizo pocos comentarios sobre sus escritores favoritos o sus influencias literarias, en una carta dirigida a su amigo Oskar Pollak, en enero de 1904, puede uno enterarse qué tipo de obras prefería. En ella se lee: “En general, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo”.

Comenta, al respecto, Sergio Sánchez Loyola: “A partir de la lectura de esta carta, entonces, se puede inferir su interés por algunos autores representativos del romanticismo alemán, muy en particular Jean Paul Richter y Heinrich von Kleist, además de Goethe y Schiller, los clásicos de las letras alemanas. No menos notable, como algunos de sus biógrafos mencionan, fue su interés por Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer, Robert Musil, Gustav Meyrink y Rainer Maria Rilke”.

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